Archivos para Diciembre, 2007

Izar la mayor

Diciembre 27, 2007

La multitud de materiales con la que se construyen actualmente (y no tan actualmente) los barcos da que pensar. Cascos de acero, Quillas de proa de crepitante madera, esqueletos de fibra de carbono.  La madera flota; el acero no. Quizá el ejemplo sea extensible, más si cabe, a los aviones.

Los que escribimos somos de muy diferentes materiales. Les hay que salen a flote con facilidad. Otros consiguen hacer flotar exigentes estructuras de un material a primera vista soporífero. Hay naufragios. El mar está lleno de arrecifes provocados por los desbarajustes de unos y otros. También hay submarinos, aunque son estos una especie rara, facilmente confundible con simple naufragio en transcurso, cogiendo profundidad y justificándose a cada metro ganado.

Es normal. No todo va a ser flotar.

Cada material flota de una manera. No es fácil encontrar el modo, pero nadie ha dicho que lo sea. Mientras tanto no queda más que acodarse en las barandas del puerto tras el enésimo naufragio, resoplar, ver el trabajo de los calafateadores, romper una botella en el casco y zarpar.

Conozco los fondos marinos, paso allí la mayoría del tiempo. A veces, creo, tengo la suficiente lucidez y saco el periscopio a superficie, tímido.  Esto es así. Algún día flotaré. Entonces la pregunta será otra:

-¿Y el rumbo?

-Todo recto y la derecha. A la deriva, por favor.

Cuando aviste tierra me enteraré dónde he llegado.

Jungleland

Diciembre 26, 2007

Cuando te quedas solo la jungla te mira. Te conoce como si te hubiera parido. Sabe de tus dudas y secretos. No hay nada que se le pueda ocultar a la jungla. Te recorre por dentro como una endoscopia salvaje,  tachando con una equis todo aquello que no vas a necesitar para sobrevivir allí.  A mí ya me ha quitado la voz. No la necesitaría. Por mucho que gritara nadie me iba a oír. La jungla es la sordina del dolor.
Te mide.
Te calla.
Te hace a su medida y luego, si aún sobrevives, te lanza a un  ruedo verde  para que te las apañes como puedas. Se oyen ruidos de movimiento entre la floresta de vez en cuando. Y es que no somos los únicos  que tenemos hambre.
La jungla siempre tiene el estómago vacío.

Luto por el tercer gemelo

Diciembre 22, 2007

Compartimos un alma entre los tres. Lo supimos al nacer;  en el útero de nuestra madre no había espacio para más. Así crecimos, así vivimos y así ha muerto uno de los tres.  Pero la herida mortal la llevamos  en el mismo alma. Y nos escuece a los que quedamos vivos.

Si la herida ha de escocer, que escueza porque se está curando.  Hay dos tipos de dolores en esta vida. Suena sentencioso. Uno purifica y otro pudre. Por eso no lo sabemos. Puede que los dos que quedamos  nos estemos pudriendo o nos estemos curando.
Sospecho que cada uno tiene su teoría.
Mi otro hermano insinuó que el  tema estaba zanjado (no aclaró en que sentido). Acababa de pasar. Se giró, dejó atrás las puertas de la UVI y me dijo:
-Se acabó –se frotó las manos.
 Y no nos hemos vuelto a hablar. Ni falta que hace cuando se tienen ojos. De hecho él no ha vuelto a hablar con nadie. Vamos ahora los dos hermanos de luto integral, en un autobús urbano, sin mediar palabra.
Hay un viejo que nos mira mal por no dejarle asiento. Hay más asientos libres, pero él quiere el nuestro. Puede imaginármelo, cuando por fin lo consiga, presumiendo del asiento de los gemelos de luto.
 Y una muchacha que no sabe con cual de nosotros dos quedarse.  Yo no tengo vergüenza y mi alma escuece. Al bajar en la parada acerco mi cabeza y le digo a la muchacha:
-¿Ya te decidiste? –ella se sonroja-, pues antes éramos tres. Imagínate.
Tres con el mismo alma.
El viejo ocupa uno de los asientos que dejamos libre con un bufido.

Tenemos  que andar un rato, no demasiado.  El ambiente fúnebre, ya se puede adivinar. En la entrada, los vendedores de coronas no intentan nada  con nosotros. Se quedaron con nuestra cara, la semana pasada. Nada ha cambiado.
¿Y el alma?
 El alma escuece sin remisión.
-¿Creías que venir al cementerio iba a arreglar algo? –increpo a mi hermano.
No va responder. Ni me mira. Bueno, es mejor que estar en casa.

 Sabemos llegar hasta el nicho eficazmente; hace menos de una semana que enterramos aquí a nuestro tercer gemelo. 
Hemos venido por iniciativa de mi hermano vivo, aunque no hable. Camina derecho y serio. Hace una hora se comenzó a poner el traje y lo imité. Luego lo seguí hasta el autobús. No me gusta dejarlo solo.
Se para ante la lápida y no hace nada.
Esperamos.

La noche del incidente yo dormía. No había salido por ahí. Mis hermanos, en cambio, sí.  Estaban de marcha por distintas zona del centro.
Nunca salimos juntos. Cada uno tiene (él también tenía) su grupo de amigos y su zona. Sin embargo, si alguna vez nos encontrábamos en la calle, borrachos los tres, resultábamos un curioso reclamo para las mujeres. Si uno no era feo, ninguno lo era. Tres gemelos idénticos, dónde se ve eso.
Llamaron sobre las cuatro de la mañana. Oí como mi madre se ponía a llorar y mi padre se vestía rápidamente.
Mi padre me encontró sentado en la cama. Con las manos en el estómago.
-Es tu hermano –me dijo sin concretar. –Lo han apuñalado.
Fue a las tres y veinticinco, en una calle del barrio. Se me congeló el estómago y el frío me subió por la garganta, como si la mano desnuda de un nepalí masturbase mi esófago y luego tirase hacia abajo. Después el escozor. Mi tercer gemelo no duró mucho.
-Llama al otro, llama al otro –gritó mi padre.
No dudé a quién llamar.
En la UVI nos encontramos la familia al completo. El hospital de noche parece sumido en un coma indiferente. Mi hermano me agarró y me dijo eso de:
-Se acabó, -frotándose las manos. Tenía frío.

Escuece, escuece. El día que deje de escocer me temeré lo peor.
En el cementerio, como en todo, la rutina se impone. Hay trasiego de plañideras y enterradores bebidos. También hay un tipo que se encarga de recoger las flores más recientes e indefensas, y de revendérselas a los comerciantes de la entrada. Con este frío parece que duran más. Dos o tres entierros, calculo.
Para la ceremonia de mi hermano las elegimos de primera mano, yo mismo me encargué.

Han detenido a tres individuos que deambulaban por la zona, pero aún no se sabe nada.
También interrogaron a la familia, haciéndonos preguntas incómodas. Teníamos coartada. Mi hermano, aunque no ha respondido a ninguna pregunta (por el shock, según el sicólogo), tenía testigos, yo sueño. Mucho sueño. Los detectives de la policía no han tenido huevos para preguntar si teníamos alguna buena razón para matarlo. Pues claro que no. Por lo visto lo han matado tres individuos. Tres hombres: cada uno con su alma.

En casa el ambiente es sofocante.
Mi padre clama contra la inmigración, por si acaso.
Mi madre se encarga a  de recordarnos lo monos que éramos los tres de pequeños. Suele derrumbarse a los cinco minutos. Además, no hace falta. Nos acordamos de muchos detalles.
La tumba es de un color blanco nacarado, no está nada mal, pero prefiero que a mi cadáver lo incineren cuando llegue el momento. Soy claustrofóbico. Ayer lo comenté con mi padre, nunca se sabe. Mi  hermano no sé lo que habrá decidido al respecto.
De momento sigue ahí plantado.
Recuerdo que cuando mamá no miraba me decía:
-Tenemos que matarlo. Si no, él acabará con nosotros.
El otro siempre jugaba solo y nos miraba,  tramando algo. Era enrevesado. Calculador. Frío. Una pareja de hermanos por un lado y uno solo por otro, tirados por la alfombra del salón, jugando con el lego.
-Tenéis que jugar los tres juntos –decía la abuela.
Mi hermano cómplice hacía una pistola con los bloques y  apuntaba.
-¡Pun!, ¡pun!
El otro observaba en silencio. La misma historia cada vez.
A mí me parecía particularmente bien. El truco estaba en sobrevivir.
A los doce mi hermano compró un puñal en un tienda de empeños Me lo enseñó al llegar a casa, con secreta devoción, en la litera de arriba. Dormíamos en la misma habitación, por iniciativa propia. Ambos recorrimos su filo con entusiasmo. Lo escondió en alguna parte.
-Llegará el día, -me dijo.
Asentí.
Hasta la semana pasada nos hemos mirado igual. Dos hermanos sentados en un lado de la mesa para comer, uno en el otro lado. Un mismo alma para los tres platos. 
La abuela con el paso del tiempo lo acabó dejando estar.

Mi hermano saca algo del bolso.
Sé que es el puñal, porque lo ha estado buscando antes de que saliésemos de casa. Está recubierto de un paño blanco, tan inmaculado como el mármol de la tumba. Se asegura de que el tipo que roba flores no está mirando y lo entierra junto al sepulcro, a una decena de centímetros de la superficie. Cuando termina observo que las uñas le están sangrando.
Se gira, me mira y dice:
-Se nos adelantaron –titubea de cariño-. Mierda.
Asiento nuevamente. No acierto a adivinar con que connotaciones lo dice.

Puede que el escozor no dure siempre. Cesará al cabo de un tiempo, como una amputación. El alma seguirá siendo para dos, pero en vez de arrastrar un cadáver, poseerá un muñón. Me siento mejor al pensar esto último.
Tanto, que casi puedo palpar su futura ausencia.

El descanso del pescador

Diciembre 20, 2007

Disfrutar de un día de calma chicha en tierra, masticando el sedal de un palangre viejo. Y esperar nada. Que cambie el signo del cielo, quizá, o que la mar se enturbie y me mande a casa a despedirme de mi familia, pues mañana toca faenar y han predicho mar gruesa.
 Mi mujer y yo nos despedimos con devoción esas noches del trueno.
Me hacen gracia mis hijos, que acuñan gesto de hombres por lo que pueda pasar allá, lo que se quede para siempre en salazón o por lo que, quién sabe, no vuelva ni tieso a la playa.
La mar da, pero también quita demasiado.
El hombre allí recoge y muere.
En tierra roba o recoge -según sus oportunidades- y mata.
La mar se nos traga, pero perdonamos si los hombres le sacamos ventaja en eso de engullir vidas. Y todos sabemos que es así. Ahora más que nunca.
Hay mares de sangre ahí fuera. Pero el rojo no se ve por la noche y en la mañana lo diluyen las olas.

Por eso me gusta ver sentado un día de calma chicha, apoyado en el muro norte de la lonja. Es el reposo del pescador.
 
Hoy no hay jaleo, ni gente gritando. Huele a miedo en vez de a pescado vivo.
Yo no tengo miedo, para qué. No me ufano. Les he dicho a mis hijos que tampoco tengan miedo, que es mejor  no vivir que hacerlo con miedo. 

Ha llovido estos días. Nadie ha estado por faenar.
Las calles estás húmedas. La mar se quiso meter, pero al final no pudo. Hubo disparos y gritos. Mi vecino salvó la vida; dijo que al lado vivía un rojo. Mi mujer y yo nos despedimos con la misma devoción que un día de mar gruesa y mis hijos fueron hombres una vez más: entre los dos me empujaron al agujero que está al final del desván y lo cubrieron con un  armario.
Entraron en casa.
-¿¡Dónde está el rojo!? –preguntaron.
¿Rojo? Pensé. Lo rojo baja calle abajo y lo limpia el agua.
-Se hizo a la mar –contestó mi mujer.
La abofetearon.
-¿Con este tiempo? –dijeron.
-Prefiere morir allí. ¡Qué quiere!
Registraron la casa, las camas, abrieron el armario y nada. Yo respiraba en mi agujero.
Dijeron que volverían.
Las guerras deben ser así.

Pero, han parado las lluvias y llegado la calma, el sol. El reposo del pescador un día de calma chicha en tierra. Y yo me he cansado de estar en el agujero.
He salido a hurtadillas, no lo niego, y por la puerta de atrás. Mi familia no lo hubiera permitido. Estaban todos disimulando mi muerte en el zaguán. Ellos, mi último cabo en tierra. No lo me lo van a perdonar.
Salgo. Mejor dicho, zarpo.
Una mujer mayor, que me ha querido toda la vida me ha visto por la calle y señalándome ha dicho claramente:
-Muerte andando.
-Buena tarde, –he respondido. Demonios, hace una temperatura estupenda.
Camino hacia la lonja y me siento.
 La gente pasa a mí alrededor como fantasmas. Sólo mujeres y niños, a la expectativa e incrédulos de verme. Alguno se acerca y me dice que me vaya. Una niña se despega del brazo  de su madre e intenta levantarme tirando del mío. No le asustan las asperezas de mi mano.
-Yo sólo quiero mascar  sedal, -le digo, y se pone a llorar.
Aparece otro hombre. Nos conocemos, hemos compartido patrón. Toma asiento a mi lado.
-Buena tarde –me dice.
-Sí, -respondo.
Atardece rápidamente, como si el día tuviera prisa por irse y no ver más. El resto de la gente ha desaparecido. La lonja más muerta que de madrugada.
Es el descanso del pescador.

Al final llegan dos hombres, con camisas azules desabotonadas y fusiles. Caminan con decisión hacia nosotros, como un buque hacia su  naufragio. De cerca observo que no son de aquí, me lo dicen sus manos. El sol se va definitivamente.
Preguntan nuestros nombres y afirmamos con la cabeza. Nos obligan a levantarnos.
Ellos también tienen miedo, como  mi vecino, pero lo disimulan detrás de los gritos. No tendrán más de dieciocho años. Recuerdo lo que les dije a mis hijos y eso me reconforta.
Me atan las manos por la espalda.
Nos preguntan que dónde nos habíamos metido ayer.
-Nos hicimos a la mar –respondo.
-¿Con ese tiempo?
-Probamos nuestra suerte.
Mi compañero asiente.  De pronto nos están llevando a la playa.
El más joven de los dos se interesa:
-¿Por qué volvisteis?
Casi lo dice con tierna incomprensión.
-Chico, ¿Has visto qué día hace? –responde el otro hombre.

Hay marea baja. La mar está lisa como una cama recién hecha. Se podría caminar sobre ella.
En cambio los pies  se nos hunden en la arena.
-¡Quietos! -Grita uno.
Qué día.
Las playas no se tiñen de rojo. No de noche.

La broma

Diciembre 18, 2007

Tino no era el único en la oficina que no sabía hablar inglés, pero era el que peor lo llevaba. Ante un texto anglosajón se encontraba como un niño en una habitación oscura. Acudía a su rostro una palidez mórbida y la voz le temblaba, desconfiada, al pedirle a alguno de nosotros que por favor se lo tradujera. Antonio, por ejemplo, tampoco dominaba el inglés, pero pedía ayuda sin temor o se perdía durante horas entre los consejos de un diccionario bilingüe. Tino era incapaz. Si lo intentaba, devolvía el diccionario a su sitio con las páginas arrugadas por el sudor.
-Tino –le decíamos- ¿Un viajecito a Londres en el puente?
-Iros a cagar –respondía.
Por lo demás Tino era un tipo normal, jocundo incluso, ni feo ni guapo, que vivía solo en un apartamento sin  pretensiones de picadero, y que visitaba a sus padres (viven en otra ciudad) el primer domingo de cada mes.

La idea fue de Joaquín, el de marketing. Todos estuvimos de acuerdo. En realidad la chispa original no fue suya. Había leído algo sobre una experiencia parecida en internet y nos persuadió sobre lo bien que  podíamos llevarlo a cabo. Alguno se carcajeó pensando en el resultado, e inmediatamente fue reprimido por las miradas cómplices de los demás. Tino estaba a unos metros y la discreción resultaba ser un ingrediente fundamental. Joaquín conocía a la suficiente gente, sólo necesitaba tiempo para correr la voz. Pusimos una fecha límite. Lo que tuviera que ser que fuera. Luego cada uno desapareció detrás de su monitor con una sonrisa maliciosa.
Con el tiempo me he preguntado alguna vez qué fue lo que impulsó a Joaquín promover aquella descabellada  empresa. El hecho de que un tipo como él, con varias titulaciones en lengua extranjera y años en la escuela de idiomas a sus espaldas, se cebara con alguien como Tino debería haber hecho temblar a los demás, que nos ufanábamos  (y en menor medida seguimos haciendo) en exceso de nuestro, llamémoslo, burbujeo británico. Burbujeo, ya que es fácil ver como naufragamos en medio de  una conversación. Saber poco no es mejor que saber nada. Saber poco te hace pretender lo que aún no puedes y en consecuencia fracasar. Tino no sabía inglés. Los demás sabíamos poco inglés. Que un hombre docto en idiomas se confabulara con una panda de medio ignorantes para gastarle una broma al más ignorante de todos era sospechoso, pero nadie lo vio así. Puede que Joaquín empezara de esta manera su particular exterminio. Y bien pensado, cualquiera puede ser el siguiente.

¿La broma? Bueno, cabría declarar que la receta para el éxito de cualquier broma es la sencillez. Esparcir un bote de nocilla por el picaporte interior de un baño público en el que todavía queda gente y dar un portazo desde fuera es sencillo y tiene una alta probabilidad de éxito. Por extensión, llevar a término una broma en la que participará gran cantidad de personas, debe regirse por la misma norma: sencillez. Algo que todos puedan entender y acatar.
Otra de las claves de una broma reside en conocer el punto débil del embromado. Algo que poder explotar. Con Tino fue fácil. La fase de la observación nos la saltamos.
Joaquín se esmeró en lo suyo. Contactó  con toda la gente que fue necesaria, incluso con más. Llegó a convencer a los padres de Tino para que colaboraran. La totalidad de sus amigos ayudó con gusto, clientes, incluso una ex novia en la que Tino aún confiaba. Sus vecinos, la gente con la que habitualmente se encontraba cuando iba al trabajo (por suerte vivía cerca) y los dependientes de todos los establecimientos abiertos en esa ruta también aceptaron participar. La gente solía anteponer la desconfianza a la colaboración, como si fueran ellos la víctima de la broma, pero la sonrisa de Joaquín y sus dotes como orador entusiasmado disuadían al más cetrino.
-¿Conocéis a Tino? –preguntaba.
Si la respuesta era afirmativa, les explicaba el asunto. Si no era así, les entregaba una fotocopia de una foto reciente.
-Y –continuaba- ¿sabéis algo de inglés?

Todos hablaríamos inglés durante un día. Todos, todos, todos. Desde el bedel de la comunidad de Tino hasta el más que mostrenco dependiente de la ferretería “Dolmen” que hacía esquina frente al que fue su apartamento. Daba igual que no supiéramos nada del idioma. Tino tampoco. Con que barbotáramos cuatro palabras ininteligibles entre las que luciera un universal “yes” o “house”, bastaba. Joaquín nos aprovisionó a todos de un lista de palabras recurrentes, por si las moscas. Incluso recomendó a varios de los medio- ignorantes, yo incluido, que si nos atascábamos, no dudásemos en decir cualquier incoherencia léxica, con tal de no perder la fluidez.
Tino, previsiblemente, enloquecería ante dicha circunstancia, y alguno disimuló una cámara por la oficina con el fin de inmortalizar el momento.
A nadie se le ocurrió que se nos pudiera ir la mano y, llegado el momento,  nadie tuvo valor de terminar con ello antes de que, efectivamente, se nos fuera de las manos.
Todos, todos, todos hablamos inglés hasta el final.

Llegó la fecha.
Tino despertó como todos los días. No encendió la radio, ni la televisión, aborrecía de esas cosas por la mañana. Desayunó de pie, un vaso de leche sola y un par de galletas maría. Se duchó, vistió y salió a la calle. El bedel, que a esas horas fregaba el portal lo despidió con un sonoro “goodbye” que a Tino  extrañó y pareció excesivo a partes iguales.
Durante el trayecto se topó con un grupo de escolares camino al colegio, que canturreaban una canción infantil en inglés. Tino sacudió la cabeza, contrariado.
En la oficina,  esperábamos su llegada. Alguno practicaba frente al espejo del baño el genitivo sajón.
Lo saludamos.
-Hello.
-Good morning.
-How are you?
Etcétera.
No pusimos demasiada afectación. Hubo unos bostezos y fingimos estar demasiado ocupados para bromear, como todas las mañanas a primera hora. Lo observamos por el rabillo del ojo, viendo como se quedaba un momento mirando a su alrededor, conteniendo para sí un comentario malhumorado. Aguantamos la risa. Se sentó y comenzó a trabajar.
Tras resolver sus tareas, aún cabreado, se dispuso a revisar la correspondencia de la empresa. Completamente en inglés. Los clientes que escribían eran patrios, pero la correspondencia estaba en inglés. De la primera a la última línea.
-Mecagüendios –se escuchó por la oficina.
Aquí empezó el grueso de la farsa.
Tino se dirigió a Joaquín para que le tradujese las dichosas cartas y éste le contestó que todo estaba bien, que dónde estaba el problema. En inglés, claro.
-What´s the problem? –dijo.
Tino palideció, sumiso, y volvió a su plaza. El resto comenzó a interactuar fingidamente como si de un lobby anglosajón se tratase. “What´s up” por allí, “let´s go” por allá. Colabrorábamos con Tino como si de un día normal se tratase, pidiendo los encargos normales  que él solía hacer, con la particularidad de que ese día  lo pedíamos en inglés o, en su defecto, en un dialecto ininteligible. Ante nuestra sorpresa Tino, blanco como el mármol de una tumba recién puesta, continuó con sus quehaceres diarios, fingiendo normalidad, pero con un temblor preocupante en las cejas. No se molestaba en hablar, sólo asentía.
Sudaba. A lo largo de la mañana visitó varias veces el baño, víctima de un apretón o una nausea. Luego comenzó con las llamadas telefónicas. Cada poco salía de la oficina, marcaba un número en su móvil y tras intentar hablar con alguien, colgaba.
Por lo que sabemos habló o intentó hablar con todos sus amigos, también con su más reciente  ex novia. Nadie se había olvidado de la fecha y todos actuaron con sutileza y efectividad. Habíamos dado en el clavo. Tino caminaba con el rostro desencajado y circuló una nota por la oficina pidiendo que termináramos con la broma. Joaquín se negó.
Faltaba la familia, pero Tino, que ya a esas horas se habría convencido de su locura se opuso a llamarles.
A las tres en punto propusimos “some beer” en el bar de al lado, que frecuentábamos, y donde habíamos adoctrinado a los parroquianos para que nos siguieran  el juego. Allí la broma debía alcanzar su punto álgido y finalizar. Para ganarnos su perdón lo invitaríamos a comer.
Contra todo pronóstico (¿contra todo?) Tino huyó hacia su casa sin tan siquiera despedirse. Algunos lo seguimos a cierta distancia, preocupados por su estado. Joaquín se enfadó.
-Ya se le pasará, –dijo- mañana nos disculpamos y fin.
Una vez más Joaquín fue convincente.

A Tino no lo hemos vuelto a ver.

Hizo escala en la ferretería, donde compró, tras entenderse a duras penas con el dependiente,  tres metros de soga gruesa.  El tipo  se reía mientras nos lo contaba.
Que si menuda cara ponía cuando  le dijo “damacahcu jamien yes jello” o algo así. Sospechamos que al dependiente le faltaba un hervor. Venderle una soga a un hombre tan desquiciado como lo fue Tino aquel día. Uno de nosotros quiso abofetearlo.
-¿Por qué? –preguntó tras la narración- ¿aún seguís con la bromita?

Otros testigos (pues medio barrio lo conocía  e incluso es probable que alguno guarde la fotocopia de su fotografía  que Joaquín se encargó de repartir) aseguran haber estado muy al tanto de sus movimientos tras su salida de la oficina.
Andaba desvaído, como borracho. Si interpelaba a alguien éste le respondía en inglés. Luego entró en la ferretería y media calle aprovechó para reírse y compartir impresiones sobre la buena marcha de la broma. Completos desconocidos hablaban entre sí sobre otro desconocido y le sacaban punta al asunto. Cuando salió de la ferretería, armado con la soga, hubo malas caras, pero nadie se atrevió a pararle los pies.
Dobló la esquina, enfiló su portal y un matrimonio de inmigrantes suramericanos le preguntó sobre la localización de cierta calle.
Eran las primeras palabras en castellano que Tino escuchaba ese día.
Resolvió su duda y, presto, subió a casa.
El bedel lo recibió con un sonoro “hello”.

Ya era tarde cuando escuchamos todo esto, pero igualmente salimos corriendo hacia su casa y tiramos la puerta abajo. Vi a alguno de mis compañeros llorar de miedo. En el apartamento encontramos la soga con un dogal a medio a hacer, pero de Tino, vivo o muerto, ni rastro.
Lo más real de la vida viene con la muerte, pero ya es demasiado tarde, pensé.
Tino, medio loco, había encontrado otra opción.
-¿Dónde está? –gritó alguien -¿Dónde?
Joaquín nos esperó en la oficina, y repasó nuestras miradas de una en una.
-Nadie está libre de pecado –dijo temiéndose lo peor.

Sus padres comenzaron a llamar y nadie quiso contestar al teléfono.

El coche de Tino apareció días después cerca del aeropuerto internacional de Lisboa. Desde allí había  comprado un billete de ida  hacia una importante capital suramericana castellano-hablante, según nos informó el mismo aeropuerto. No podían decirnos más, entraba en conflicto con la confidencialidad de datos de la aerolínea.

Mi vecino

Diciembre 12, 2007

Mi vecino tiene un don con las mujeres. Es fascinante.  Cada fin de semana registro tres tipos de voces femeninas distintas al otro lado del tabique que compartimos. Voces que se van tornando gemidos con el paso de las horas. Gritos que me hacen abandonar los libros de contabilidad y empañan mis gafas.
Unos el viernes, en la noche. Otros el sábado, también en la noche. Los terceros el domingo, después del vermú. Quizá sean estos los más desgarradores de los tres. En cualquier caso mi vecino es un tipo organizado. Nunca tiene deslices entre semana. Su trabajo es un misterio para mí.
Con frecuencia me topo con las susodichas tras lo que parece una frugal despedida, que poco tiene que ver con lo que se escucha tras la pared. Cada vez más, de un tiempo a esta parte, ya que un servidor se ha encargado de propiciar estos encuentros.  Más que nada por comprobar si se trataba de profesionales, y así, lo que parecía un auténtico donjuanismo  extremo, podía haberse visto reducido a una generosa cuenta en los numerosos burdeles de la ciudad. Con el plus del servicio a domicilio, además.
Pero no.
La mayoría, chicas jóvenes, (de intachable  virtud), con perfil universitario, atractivas y casi atractivas. Todas serias al entrar y serias al salir. Mujeres que me sacan la lengua con total solemnidad cuando coincido con ellas en el ascensor. También alguna mujer madura. En cuanto a esto último (no son las más usuales) supuse que cuando no le quedara más remedio, tendría que sumergirse en las profundidades de un local oscuro, donde divorciadas y solteronas luchasen por el mismo pez gordo. Un lugar donde valiese lo mismo una visa oro que un curso de ilusionismo sobre las visas oro, y cómo parecer el poseedor de una de ellas.
Pues tampoco.
Una observación más escrupulosa me reportó la sorpresa de que las maduras eran mujeres casadas, con alianza, (ergo de intachable virtud) curtidas en el cuadrilátero del casto y salvaje lecho marital. Por supuesto, se  encaraban conmigo en el ascensor o en el rellano de la escalera y, graves, sacaban su lengua con un leve siseo.
Una de experiencia y dos de tersa novedad, me dije. Menudo pastel.
Y qué tiene de extraño.
Pensaréis: es un guaperas, les hace tilín a todas con su segunda frase. Se parece a George Clooney. Y en luna llena a Brad Pitt.
Qué no.
No es muy alto, ronda los cincuenta, su ropa interior amarillea y esa chupa de cuero que insiste en vestir, ha dejado de luchar por su color original. Lo de la ropa interior lo sé por el tendedero. Intimidades vecinales.
Yo, mientras, a dos velas.

Es verdad que no se puede convivir demasiado tiempo con una duda. No con una que puedes resolver. Así que un viernes me puse manos a la obra. Chupa de cuero, calzoncillos amarillentos y las gafas de lejos.  Diez pasos más atrás de lo que iba él.
Dejé que utilizara el ascensor, salí de casa y bajé las escaleras andando. Al trote por no perder detalle. Lo seguí hasta un bar. Allí se pidió una copa, y yo pedí que me sirvieran lo mismo. Los camareros me miraban extrañados y sorteé el asunto haciendo vagas referencias a una falsa apuesta. Luego lo seguí a otro bar y, de nuevo, tomé lo mismo que él. No hacía ascos a nada. Dulce y cítrico. Repetimos la misma jugada por incontables antros de la ciudad. Para mi asombro no hacía nada. Simplemente bebía mirando hacia el interior de la barra y cambiaba de sitio. Tenía una gran tolerancia al alcohol.
En el décimo o undécimo bar yo ya caminaba como en un velero, a merced de la tempestad.
Ebrio perdido, asumí mi fracaso e intenté abandonar mi vigilancia. Fue entonces que (esto lo entreví a duras penas y en un inicio lo quise atribuir a mi borrachera) levantó la cabeza, olisqueó un par de veces al azar, para finalmente  girarse hacia una muchacha unos veinticinco años menor que él. Susurró unas palabras. Inmediatamente pagó su consumición y ambos abandonaron el bar. Él delante, a unos dos metros de su nueva presa, serios y en silencio.
Al pasar por mi lado se percató de mi presencia y con voz cazallera me dijo algo jovial. Me limité a sonreír, beodo perdido. Ella, en cambio, sacó su lengua y siseó.
 La resaca fue bíblica.
No cejé. La respuesta podía encontrarla en su profesión. Lamentablemente las búsquedas de su nombre en las páginas amarillas resultaron infructuosas.
 La sensación de haber dejado las cosas a medias me carcomía, por lo que no encontré mejor remedio que fingir una gripe y ausentarme un par de días del trabajo. El jefe me llamó, notablemente preocupado, pero al conocer mi dolencia no dudó en concederme otro par de días libres. Recupérese, me dijo, la salud lo primero.  
Sólo así pude averiguar a qué se dedicaba mi vecino.
Salía de casa a las seis,  una hora antes de la  que yo llegaba del trabajo, razón por la que me había sido imposible localizarlo antes. Andando, recorría media ciudad, hasta un café espectáculo de la periferia. Allí lo perdí en la puerta trasera.
Paciente esperé a que abrieran el garito en cuestión. Eso fue sobre las ocho. Tomé asiento al final de la barra, lejos del escenario y, precavido, pedí una fanta. Luego otra.
Hacia las diez fue llegando más gente. Apagaron la música y las luces, dejando sólo un haz hacia el escenario.  Apareció mi vecino, con sus canas y su chupa de cuero, también con los ojos vendados, solitario cual depredador. 
El camarero dejó lo que estaba haciendo y portó un cesto de mimbre hacia el escenario.
Encendió un cigarro y tomó un par de caladas, resignado. Su cara parecía decir: todo vale, vaya. A continuación abrió el cesto y derramó su contenido alrededor de mi vecino.
Aquello no era  un truco de pega. Las serpientes eran de verdad.
 La tensión aterió a los presentes.
Él, con los ojos vendados y rodeado de serpientes que parecían venenosas, olisqueó un par de veces en derredor.  Agachó la cabeza hasta casi rozar a una de ellas (soy un profano del tema, pero me pareció una cobra) y susurró unas palabras, las palabras.
El animal se dejó hacer a partir de ese momento.
 Mi vecino comenzó a jugar con un animal potencialmente  mortal como si se tratase de una marioneta. Tras depositarlo de nuevo en el suelo, la cobra se giró hacia el resto del garito, sacó su lengua bífida y siseó. Las demás serpientes parecían distraídas.

El público rompió el silencio reinante con un fuerte aplauso.

Rebeca, ¿estás?

Diciembre 9, 2007

Tengo costumbre de  doblar la esquina por donde la plaza de San Pablo concluye en un puesto de castañas, que a estas horas humea. Antes lo regentaba una anciana, pero últimamente parece haber cambiado de dueño. Cuando hace frío  me gusta respirar por la boca y que el vaho me dé en la cara. Parezco un viejo vapor con bufanda,  hecho un manojo de nervios, mirando  atrás cada poco.
Además hoy me he dejado los guantes en el trabajo y las manos se están volviendo moradas por momentos.
Utiliza el vapor, Don Locomotora, pienso.
 Es peor. Al llevarme las manos a la cara me percato de que las uñas han crecido y me felicito por ello, pero dos calles más tarde apenas resisten intactas las de ambos pulgares. 

No he pensado en Rebeca durante el día. Por la noche es distinto, el cielo no te distrae. En invierno el ambiente se conjura y anochece antes.

-¿Ha llegado Rebeca? –pregunto al llegar a casa. Mi madre está bordando.
-No –tuerce el gesto- no ha llegado.
Llevo un par de meses viviendo con mi madre. Insistió al principio y no me pude negar. A veces recuerdo la época en que murió papá y nos dejó solos a los dos. Al volver a casa del instituto nos abrazábamos y  prometíamos salir adelante. Lo hicimos. No fue una época fácil. 
-¿Sabes dónde está? –insisto. Cuando era pequeño mi madre lo sabía todo.
-Se la llevó el río. –responde.
-Ah.
No sé qué quiere decirme con eso.
-Voy a bajar a tomar algo con los del trabajo, –miento. No le gusta que salga solo por ahí. Mi madre sigue siendo una mujer severa, a pesar de los años. Los míos y los suyos.
-Está bien. No vuelvas tarde.
-No, mamá.

A veces no recuerdo con claridad el rostro de Rebeca y me gusta asociar sus invocaciones  con cosas agradables. Un chocolate caliente, la lluvia en el tejado, el vaho en mi cara.  Otras veces, siento que me clava la mirada en la nuca y me pongo nervioso. Y me muerdo las uñas.

Atravieso San Pablo por segunda vez, en esta ocasión en dirección contraria. Creo reconocer en la castañera novata un semblante alucinado, pillado in fraganti, pero un nuevo reconocimiento indica lo contrario. Ya no es una anciana. Ahora es una mujer joven. Su nieta quizá.
Está disimulando, pienso. Sabe dónde está Rebeca.
Un acceso de timidez me impide preguntárselo. Aún así, rodeo la caseta, por si acaso.
Nada.

De San Pablo al trabajo hay cinco minutos. Todavía hay luz.
-Francisco, -me interpela el bedel al verme llegar- ¿qué haces aquí? Estoy a punto de cerrar.
-Me he dejado los guantes –respondo mirándome las manos- Será un momento.
Asiente con la cabeza y paso dentro. La oficina está muerta a estas horas.
Al salir, enguantado, me dirijo al bedel de nuevo. Se llama Tomás y ambos sentimos una simpatía recíproca por el otro. Desde el primer día.  A veces me habla de sus hijos, que atraviesan una conflictiva edad del pavo.
-Tomás ¿Has visto a Rebeca?, pregunto.
Deja a un lado la fregona y se frota la cara con las dos manos, lentamente.
-No –responde.
Ah, pienso.
-Paco, –dice bajando la voz y agarrándome del hombro- se la llevó el río.
Ah.
Dicen que se la llevó el río.

Pero yo hablo con Rebeca por las noches. Tenemos los dos dieciséis años. No se inquieta al verme llegar.
-¿Jugamos al escondite? –le digo.
-¿A nuestra edad?-responde.
Los dos nos reímos y yo empiezo a contar desde cien. A mí no me cuesta encontrarla. A ella no le cuesta besarme.
Otras veces es en nuestra casa y los dos somos ya algo más mayores. Mi madre aún no ha venido a vivir conmigo. Estamos desnudos, pero sentimos un gran calor dentro. Y nos buscamos sin parar.
-Rebeca, -le pregunto entonces- dicen que te llevó el río.
Ella me tapa los ojos y dice:
-Cuenta hasta cien.
Cuando los abro ya no está. Sin embargo siento que me mira sin que pueda verla, y me como las uñas.

Del trabajo a San Pablo hay cinco minutos. Tengo las manos calientes y me olvido de la timidez.
-¿Has visto a Rebeca? Le pregunto a la joven castañera. Ella, nerviosa, comienza a reírse.
-¿Quiere castañas? –responde.
-Sé que es trampa, pero me da igual. No tiene por qué enterarse. ¿Dónde está?
Ahora se ríe a carcajada limpia. Es baja, pizpireta y al reír se le disparan unos coloretes gratificantes.
-Espera –me dice en un tono misterioso- A lo mejor podemos encontrarla juntos.
Me da un cucurucho de castañas. En el fondo del cono de papel, su teléfono.
Empiezo a sospechar que  no sabe dónde está Rebeca.

Así que vuelvo a casa.
-Mamá, traigo castañas.
-No has tardado mucho.
-Ya. He cambiado de idea por el camino, -respondo y pelo una castaña- Están calientes.
Mi madre no despega la vista de bordado que desde hace una semana acomete.
-¿Ha llegado Rebeca? –pregunto.
-No.  –responde.
-Se la llevó el río, ¿no? –me anticipo.

Dicen que no llegará, que se la llevó el río.
Pero a veces hablamos por la noche, mientras duermo. A veces no tenemos edad.
 -Rebeca, ¿estás?
-Sí.
-Déjate ver
Ella  cambia de tema.
-Cariño, deberías dejar de morderte las uñas -me dice- mira qué desastre de dedos.
-Pues sal. Y deja de mirarme.

Radios

Diciembre 5, 2007

Empecé de vendedor con mi padre, aquí mismo, antes de que la guerra se llevara la música por un tiempo. Por entonces mi padre era un hombre joven, disciplinado y tenaz, consciente del riesgo de innovar y capaz de colocarle un radio transistor de último modelo al ciudadano más colmilludo. Era otra época, claro, y no se vendía calidad, ni estéreo, ni lector de mp3. Se vendía felicidad, pretensiones, drama. A secas. O eso es lo que vendía mi padre.

He pasado gran parte de mi vida tras este escaparate.  Primero cargando cajas y quitando el polvo de las estanterías de arriba. Luego bregando con los transportistas.
Así comencé a estudiar al cliente, sus gestos e inquietudes.
 La poca gente que venía de los pueblos quería música. El secreto radicaba en encontrar una emisora con ritmo. Los buscavidas de  ciudad, buscaban impresionar. Luego buscarían un picadero, pero lo más seguro es que no pudieran permitirse ninguna de las dos cosas. El más sibarita, se medio revolvía tras su sobretodo pardo ante tanto ingenio radiofónico similar. El cateto más ahorrador podría hacerse con uno igual o mejor que el suyo. A este tipo de cliente se le trataba con gran formalidad y deferencia. Yo actuaba de botones disciplinado y si era menester me ofrecía a limpiarle las botas. Mi padre lo medía con la mirada, decía: usted es un gran hombre, y tras un sobreactuado dudar lo llevaba a la trastienda, donde escondía mercancía para gente de su nivel.
Los modelos eran más caros, pero el esfuerzo de mi padre en cambiar de orden las letras metálicas de la marca de la radio, para crear una supuesta marca alemana de calidad superior, y de embellecer el dial con purpurina dorada, quedaba recompensado.
-Sé  austero. –Me decía siempre, cuando nos terminábamos de reír.

Lo he sido.

En la guerra, antes de irnos a Francia (donde mi padre fallecería), vendimos noticias de dos colores distintos. En Francia pasamos miedo, sin más.
Cuando volví, tuve la oportunidad de adquirir de nuevo el local que regentó mi padre y así recomenzar el negocio.  Un cliente antiguo me reconoció.  Tras sabernos los dos vivos, apagué todas las radios, y lloramos juntos. Hace más de treinta años de eso. Quizá desde hace treinta años  no he vuelto a llorar igual.

El mes pasado llegó a mis manos una carta del ayuntamiento. El edificio es más viejo que yo y lo tienen que derribar. Eso dicen. Mi tienda será trasladada a un barrio joven, a las afueras, hasta que me puedan devolver el equivalente en metros cuadrados útiles, en un nuevo edificio. Incluso ha venido un joven muy amable de patillas prominentes a explicármelo todo. Lo he mandado al carajo y luego me he disculpado por mi reacción. Sé lo suficiente como para tener la seguridad de que no veré el próximo local.

-Es usted mayor –me ha dicho- Jubílese, haga viajes con gente de su edad.
-He viajado lo suficiente –respondo- Moriré con las botas puestas.

Conozco cada aparato de esta tienda. Algunos clientes se sorprenden al verme hablar de tecnología digital con más agilidad de la que ellos tendrán.
 Conozco a los clientes. Hay un equipo de música para cada persona. A unos les conquisto con Radio Tres como sonido de fondo. Otros consideran ese  hecho como un hallazgo en sí mismo y me doy por satisfecho. A unos pocos les leo la letra pequeña del fabricante y a otros, los más, les engatuso con tecnologías inservibles. 
Ayer entró un hombre con traje, hablando a voces por su teléfono móvil, discriminando a gran velocidad lo que estaba a su altura y lo que no. Tan rápido como pude, tomé un paño y me agazapé para limpiar sus zapatos.
-Es usted un gran hombre –dije.
 El tipo desapareció corriendo. Parecía aterrado.

-Ya está todo –me dice el tipo de la mudanza. Es un hombre gordo y honrado. Escucha música clásica por su radio-transmisor.
Finjo, no haberlo escuchado y me concentro por última vez en los estantes vacíos de la tienda. Toda una vida allí.
-Ya está todo, -Insiste el hombre.
Entre las cajas de los equipos estéreo del camión,  queda un espacio.
-Falta algo, -respondo.  
Monto en el camión, amoldándome entre las cajas. El hombre cierra la puerta y sólo queda espacio para la luz y voz de un pequeño transistor portátil que antaño me regaló mi padre.
 

Volver.

Diciembre 3, 2007

Llega la hora de volver. Siempre llega la hora de volver, de no redimirse. O siempre se espera esa hora.

No dramaticemos.

El caso es que yo, por ejemplo, vuelvo. ¿A dónde? A este merendero, que con el tiempo (el mal tiempo) se ha ido quedando progresivamente marchito. Bueno, en realidad Cuenterías comenzó en verano, entre merendolas familiares y bosques de pino. En otoño se vació. Sólo lo visitaba algún corredor de fondo, en perpetuo entrenamiento. Ahora llega la navidad,  los niños vuelven al merendero a desalojar el otoño y crear muñecos de nieve. Muñecos que comienzan a moverse.

Alguien pregunta a los muñecos:

-Hombres de nieve ¿Dónde váis?

-¿Ir? -responden al unísono- Estamos de vuelta.

Coño, como yo. 

 Tengo un colega que insiste en decir que el escritor (o el que intenta verse como escritor) siempre escribe, aunque no sepa lo que es un bolígrafo desde hace años.  Supongo que sí. Que las historias que antes o después terminas por escribir son  un enjambre de abejas persiguiéndote. Un paso en falso y zas. Ya tienes el veneno en el cuerpo. Y no de una o de dos.

Habérlo pensado antes de meter la mano en la colmena.

 Para no perder las buenas costumbres, los hombres de nieve se han llevado todos los textos anteriores. También han guardado meticulósamente  esos comentarios, que en su día algún lector se molestó en redactar y que constituyen una información exquisita de mis debilidades como escribidor.

 El blog irá tomando forma, de poco en poco, ya que el tiempo es un bien escaso este invierno de hombresnieve y abejasgérmen. El formato será relajado, mas para eliminar la tensión del contador amordazado que por otra cosa. Los moldes indefinidos. La temática dispersa. Contar por contar. Qué hippy.

El objetivo es volver. ¿A donde lo dejaste? No, mucho antes. Quiero volver más atrás. ¿A donde empezaste? Más atrás aún.

Quiero volver a ese merendero, donde aprendí que la nieve puede hacerte arder las manos. Donde otros críos se volaban la cabeza a bolazos de nieve y sonreían. Allí yo hacía mis hombres de nieve. Tipos que me sacaban dos cabezas. Hombres que no se sabían nieve pura, si no una mezcla de barro y hielo, y aún así lo llevaban con una dignidad envidiable. Cuando les daba mi visto bueno, avanzaba hacia ellos y con una palmadita en la espalda les decía:

-Ahora muévete.

Y, creánme,  aquellos tipos de hielo perdían el culo.