Tino no era el único en la oficina que no sabía hablar inglés, pero era el que peor lo llevaba. Ante un texto anglosajón se encontraba como un niño en una habitación oscura. Acudía a su rostro una palidez mórbida y la voz le temblaba, desconfiada, al pedirle a alguno de nosotros que por favor se lo tradujera. Antonio, por ejemplo, tampoco dominaba el inglés, pero pedía ayuda sin temor o se perdía durante horas entre los consejos de un diccionario bilingüe. Tino era incapaz. Si lo intentaba, devolvía el diccionario a su sitio con las páginas arrugadas por el sudor.
-Tino –le decíamos- ¿Un viajecito a Londres en el puente?
-Iros a cagar –respondía.
Por lo demás Tino era un tipo normal, jocundo incluso, ni feo ni guapo, que vivía solo en un apartamento sin pretensiones de picadero, y que visitaba a sus padres (viven en otra ciudad) el primer domingo de cada mes.
La idea fue de Joaquín, el de marketing. Todos estuvimos de acuerdo. En realidad la chispa original no fue suya. Había leído algo sobre una experiencia parecida en internet y nos persuadió sobre lo bien que podíamos llevarlo a cabo. Alguno se carcajeó pensando en el resultado, e inmediatamente fue reprimido por las miradas cómplices de los demás. Tino estaba a unos metros y la discreción resultaba ser un ingrediente fundamental. Joaquín conocía a la suficiente gente, sólo necesitaba tiempo para correr la voz. Pusimos una fecha límite. Lo que tuviera que ser que fuera. Luego cada uno desapareció detrás de su monitor con una sonrisa maliciosa.
Con el tiempo me he preguntado alguna vez qué fue lo que impulsó a Joaquín promover aquella descabellada empresa. El hecho de que un tipo como él, con varias titulaciones en lengua extranjera y años en la escuela de idiomas a sus espaldas, se cebara con alguien como Tino debería haber hecho temblar a los demás, que nos ufanábamos (y en menor medida seguimos haciendo) en exceso de nuestro, llamémoslo, burbujeo británico. Burbujeo, ya que es fácil ver como naufragamos en medio de una conversación. Saber poco no es mejor que saber nada. Saber poco te hace pretender lo que aún no puedes y en consecuencia fracasar. Tino no sabía inglés. Los demás sabíamos poco inglés. Que un hombre docto en idiomas se confabulara con una panda de medio ignorantes para gastarle una broma al más ignorante de todos era sospechoso, pero nadie lo vio así. Puede que Joaquín empezara de esta manera su particular exterminio. Y bien pensado, cualquiera puede ser el siguiente.
¿La broma? Bueno, cabría declarar que la receta para el éxito de cualquier broma es la sencillez. Esparcir un bote de nocilla por el picaporte interior de un baño público en el que todavía queda gente y dar un portazo desde fuera es sencillo y tiene una alta probabilidad de éxito. Por extensión, llevar a término una broma en la que participará gran cantidad de personas, debe regirse por la misma norma: sencillez. Algo que todos puedan entender y acatar.
Otra de las claves de una broma reside en conocer el punto débil del embromado. Algo que poder explotar. Con Tino fue fácil. La fase de la observación nos la saltamos.
Joaquín se esmeró en lo suyo. Contactó con toda la gente que fue necesaria, incluso con más. Llegó a convencer a los padres de Tino para que colaboraran. La totalidad de sus amigos ayudó con gusto, clientes, incluso una ex novia en la que Tino aún confiaba. Sus vecinos, la gente con la que habitualmente se encontraba cuando iba al trabajo (por suerte vivía cerca) y los dependientes de todos los establecimientos abiertos en esa ruta también aceptaron participar. La gente solía anteponer la desconfianza a la colaboración, como si fueran ellos la víctima de la broma, pero la sonrisa de Joaquín y sus dotes como orador entusiasmado disuadían al más cetrino.
-¿Conocéis a Tino? –preguntaba.
Si la respuesta era afirmativa, les explicaba el asunto. Si no era así, les entregaba una fotocopia de una foto reciente.
-Y –continuaba- ¿sabéis algo de inglés?
Todos hablaríamos inglés durante un día. Todos, todos, todos. Desde el bedel de la comunidad de Tino hasta el más que mostrenco dependiente de la ferretería “Dolmen” que hacía esquina frente al que fue su apartamento. Daba igual que no supiéramos nada del idioma. Tino tampoco. Con que barbotáramos cuatro palabras ininteligibles entre las que luciera un universal “yes” o “house”, bastaba. Joaquín nos aprovisionó a todos de un lista de palabras recurrentes, por si las moscas. Incluso recomendó a varios de los medio- ignorantes, yo incluido, que si nos atascábamos, no dudásemos en decir cualquier incoherencia léxica, con tal de no perder la fluidez.
Tino, previsiblemente, enloquecería ante dicha circunstancia, y alguno disimuló una cámara por la oficina con el fin de inmortalizar el momento.
A nadie se le ocurrió que se nos pudiera ir la mano y, llegado el momento, nadie tuvo valor de terminar con ello antes de que, efectivamente, se nos fuera de las manos.
Todos, todos, todos hablamos inglés hasta el final.
Llegó la fecha.
Tino despertó como todos los días. No encendió la radio, ni la televisión, aborrecía de esas cosas por la mañana. Desayunó de pie, un vaso de leche sola y un par de galletas maría. Se duchó, vistió y salió a la calle. El bedel, que a esas horas fregaba el portal lo despidió con un sonoro “goodbye” que a Tino extrañó y pareció excesivo a partes iguales.
Durante el trayecto se topó con un grupo de escolares camino al colegio, que canturreaban una canción infantil en inglés. Tino sacudió la cabeza, contrariado.
En la oficina, esperábamos su llegada. Alguno practicaba frente al espejo del baño el genitivo sajón.
Lo saludamos.
-Hello.
-Good morning.
-How are you?
Etcétera.
No pusimos demasiada afectación. Hubo unos bostezos y fingimos estar demasiado ocupados para bromear, como todas las mañanas a primera hora. Lo observamos por el rabillo del ojo, viendo como se quedaba un momento mirando a su alrededor, conteniendo para sí un comentario malhumorado. Aguantamos la risa. Se sentó y comenzó a trabajar.
Tras resolver sus tareas, aún cabreado, se dispuso a revisar la correspondencia de la empresa. Completamente en inglés. Los clientes que escribían eran patrios, pero la correspondencia estaba en inglés. De la primera a la última línea.
-Mecagüendios –se escuchó por la oficina.
Aquí empezó el grueso de la farsa.
Tino se dirigió a Joaquín para que le tradujese las dichosas cartas y éste le contestó que todo estaba bien, que dónde estaba el problema. En inglés, claro.
-What´s the problem? –dijo.
Tino palideció, sumiso, y volvió a su plaza. El resto comenzó a interactuar fingidamente como si de un lobby anglosajón se tratase. “What´s up” por allí, “let´s go” por allá. Colabrorábamos con Tino como si de un día normal se tratase, pidiendo los encargos normales que él solía hacer, con la particularidad de que ese día lo pedíamos en inglés o, en su defecto, en un dialecto ininteligible. Ante nuestra sorpresa Tino, blanco como el mármol de una tumba recién puesta, continuó con sus quehaceres diarios, fingiendo normalidad, pero con un temblor preocupante en las cejas. No se molestaba en hablar, sólo asentía.
Sudaba. A lo largo de la mañana visitó varias veces el baño, víctima de un apretón o una nausea. Luego comenzó con las llamadas telefónicas. Cada poco salía de la oficina, marcaba un número en su móvil y tras intentar hablar con alguien, colgaba.
Por lo que sabemos habló o intentó hablar con todos sus amigos, también con su más reciente ex novia. Nadie se había olvidado de la fecha y todos actuaron con sutileza y efectividad. Habíamos dado en el clavo. Tino caminaba con el rostro desencajado y circuló una nota por la oficina pidiendo que termináramos con la broma. Joaquín se negó.
Faltaba la familia, pero Tino, que ya a esas horas se habría convencido de su locura se opuso a llamarles.
A las tres en punto propusimos “some beer” en el bar de al lado, que frecuentábamos, y donde habíamos adoctrinado a los parroquianos para que nos siguieran el juego. Allí la broma debía alcanzar su punto álgido y finalizar. Para ganarnos su perdón lo invitaríamos a comer.
Contra todo pronóstico (¿contra todo?) Tino huyó hacia su casa sin tan siquiera despedirse. Algunos lo seguimos a cierta distancia, preocupados por su estado. Joaquín se enfadó.
-Ya se le pasará, –dijo- mañana nos disculpamos y fin.
Una vez más Joaquín fue convincente.
A Tino no lo hemos vuelto a ver.
Hizo escala en la ferretería, donde compró, tras entenderse a duras penas con el dependiente, tres metros de soga gruesa. El tipo se reía mientras nos lo contaba.
Que si menuda cara ponía cuando le dijo “damacahcu jamien yes jello” o algo así. Sospechamos que al dependiente le faltaba un hervor. Venderle una soga a un hombre tan desquiciado como lo fue Tino aquel día. Uno de nosotros quiso abofetearlo.
-¿Por qué? –preguntó tras la narración- ¿aún seguís con la bromita?
Otros testigos (pues medio barrio lo conocía e incluso es probable que alguno guarde la fotocopia de su fotografía que Joaquín se encargó de repartir) aseguran haber estado muy al tanto de sus movimientos tras su salida de la oficina.
Andaba desvaído, como borracho. Si interpelaba a alguien éste le respondía en inglés. Luego entró en la ferretería y media calle aprovechó para reírse y compartir impresiones sobre la buena marcha de la broma. Completos desconocidos hablaban entre sí sobre otro desconocido y le sacaban punta al asunto. Cuando salió de la ferretería, armado con la soga, hubo malas caras, pero nadie se atrevió a pararle los pies.
Dobló la esquina, enfiló su portal y un matrimonio de inmigrantes suramericanos le preguntó sobre la localización de cierta calle.
Eran las primeras palabras en castellano que Tino escuchaba ese día.
Resolvió su duda y, presto, subió a casa.
El bedel lo recibió con un sonoro “hello”.
Ya era tarde cuando escuchamos todo esto, pero igualmente salimos corriendo hacia su casa y tiramos la puerta abajo. Vi a alguno de mis compañeros llorar de miedo. En el apartamento encontramos la soga con un dogal a medio a hacer, pero de Tino, vivo o muerto, ni rastro.
Lo más real de la vida viene con la muerte, pero ya es demasiado tarde, pensé.
Tino, medio loco, había encontrado otra opción.
-¿Dónde está? –gritó alguien -¿Dónde?
Joaquín nos esperó en la oficina, y repasó nuestras miradas de una en una.
-Nadie está libre de pecado –dijo temiéndose lo peor.
Sus padres comenzaron a llamar y nadie quiso contestar al teléfono.
El coche de Tino apareció días después cerca del aeropuerto internacional de Lisboa. Desde allí había comprado un billete de ida hacia una importante capital suramericana castellano-hablante, según nos informó el mismo aeropuerto. No podían decirnos más, entraba en conflicto con la confidencialidad de datos de la aerolínea.