Tengo costumbre de doblar la esquina por donde la plaza de San Pablo concluye en un puesto de castañas, que a estas horas humea. Antes lo regentaba una anciana, pero últimamente parece haber cambiado de dueño. Cuando hace frío me gusta respirar por la boca y que el vaho me dé en la cara. Parezco un viejo vapor con bufanda, hecho un manojo de nervios, mirando atrás cada poco.
Además hoy me he dejado los guantes en el trabajo y las manos se están volviendo moradas por momentos.
Utiliza el vapor, Don Locomotora, pienso.
Es peor. Al llevarme las manos a la cara me percato de que las uñas han crecido y me felicito por ello, pero dos calles más tarde apenas resisten intactas las de ambos pulgares.
No he pensado en Rebeca durante el día. Por la noche es distinto, el cielo no te distrae. En invierno el ambiente se conjura y anochece antes.
-¿Ha llegado Rebeca? –pregunto al llegar a casa. Mi madre está bordando.
-No –tuerce el gesto- no ha llegado.
Llevo un par de meses viviendo con mi madre. Insistió al principio y no me pude negar. A veces recuerdo la época en que murió papá y nos dejó solos a los dos. Al volver a casa del instituto nos abrazábamos y prometíamos salir adelante. Lo hicimos. No fue una época fácil.
-¿Sabes dónde está? –insisto. Cuando era pequeño mi madre lo sabía todo.
-Se la llevó el río. –responde.
-Ah.
No sé qué quiere decirme con eso.
-Voy a bajar a tomar algo con los del trabajo, –miento. No le gusta que salga solo por ahí. Mi madre sigue siendo una mujer severa, a pesar de los años. Los míos y los suyos.
-Está bien. No vuelvas tarde.
-No, mamá.
A veces no recuerdo con claridad el rostro de Rebeca y me gusta asociar sus invocaciones con cosas agradables. Un chocolate caliente, la lluvia en el tejado, el vaho en mi cara. Otras veces, siento que me clava la mirada en la nuca y me pongo nervioso. Y me muerdo las uñas.
Atravieso San Pablo por segunda vez, en esta ocasión en dirección contraria. Creo reconocer en la castañera novata un semblante alucinado, pillado in fraganti, pero un nuevo reconocimiento indica lo contrario. Ya no es una anciana. Ahora es una mujer joven. Su nieta quizá.
Está disimulando, pienso. Sabe dónde está Rebeca.
Un acceso de timidez me impide preguntárselo. Aún así, rodeo la caseta, por si acaso.
Nada.
De San Pablo al trabajo hay cinco minutos. Todavía hay luz.
-Francisco, -me interpela el bedel al verme llegar- ¿qué haces aquí? Estoy a punto de cerrar.
-Me he dejado los guantes –respondo mirándome las manos- Será un momento.
Asiente con la cabeza y paso dentro. La oficina está muerta a estas horas.
Al salir, enguantado, me dirijo al bedel de nuevo. Se llama Tomás y ambos sentimos una simpatía recíproca por el otro. Desde el primer día. A veces me habla de sus hijos, que atraviesan una conflictiva edad del pavo.
-Tomás ¿Has visto a Rebeca?, pregunto.
Deja a un lado la fregona y se frota la cara con las dos manos, lentamente.
-No –responde.
Ah, pienso.
-Paco, –dice bajando la voz y agarrándome del hombro- se la llevó el río.
Ah.
Dicen que se la llevó el río.
Pero yo hablo con Rebeca por las noches. Tenemos los dos dieciséis años. No se inquieta al verme llegar.
-¿Jugamos al escondite? –le digo.
-¿A nuestra edad?-responde.
Los dos nos reímos y yo empiezo a contar desde cien. A mí no me cuesta encontrarla. A ella no le cuesta besarme.
Otras veces es en nuestra casa y los dos somos ya algo más mayores. Mi madre aún no ha venido a vivir conmigo. Estamos desnudos, pero sentimos un gran calor dentro. Y nos buscamos sin parar.
-Rebeca, -le pregunto entonces- dicen que te llevó el río.
Ella me tapa los ojos y dice:
-Cuenta hasta cien.
Cuando los abro ya no está. Sin embargo siento que me mira sin que pueda verla, y me como las uñas.
Del trabajo a San Pablo hay cinco minutos. Tengo las manos calientes y me olvido de la timidez.
-¿Has visto a Rebeca? Le pregunto a la joven castañera. Ella, nerviosa, comienza a reírse.
-¿Quiere castañas? –responde.
-Sé que es trampa, pero me da igual. No tiene por qué enterarse. ¿Dónde está?
Ahora se ríe a carcajada limpia. Es baja, pizpireta y al reír se le disparan unos coloretes gratificantes.
-Espera –me dice en un tono misterioso- A lo mejor podemos encontrarla juntos.
Me da un cucurucho de castañas. En el fondo del cono de papel, su teléfono.
Empiezo a sospechar que no sabe dónde está Rebeca.
Así que vuelvo a casa.
-Mamá, traigo castañas.
-No has tardado mucho.
-Ya. He cambiado de idea por el camino, -respondo y pelo una castaña- Están calientes.
Mi madre no despega la vista de bordado que desde hace una semana acomete.
-¿Ha llegado Rebeca? –pregunto.
-No. –responde.
-Se la llevó el río, ¿no? –me anticipo.
Dicen que no llegará, que se la llevó el río.
Pero a veces hablamos por la noche, mientras duermo. A veces no tenemos edad.
-Rebeca, ¿estás?
-Sí.
-Déjate ver
Ella cambia de tema.
-Cariño, deberías dejar de morderte las uñas -me dice- mira qué desastre de dedos.
-Pues sal. Y deja de mirarme.
Diciembre 10, 2007 a 8:22 am
Me parece que estás atravesando una etapa fértil, muy imaginativa. Un viejo narrador vasco dijo en cierta ocasión que ‘en una narración lo difícil es inventar’ y yo añado ‘e interesar al lector’. Con este cuento lo consigues, intrigas al lector con Rebeca, que se pregunta si realmente ha existido ésta, si fue un amor temprano que se ausentó, una compañera de instituto quizás, o un amor buscado y no encontrado aún, o la mujer ideal que se espera,…
Desde otro punto de vista, el relato roza levemente el mundo de lo absurdo, ’se la llevó el río’, contestan todos sin haberse puesto de acuerdo.
Y en lo de comerse las uñas (me recuerda tesis elaboradas por Freud), ¿busca el protagonista satisfacer un deseo sexual insatisfecho en el que Rebeca actúa como metáfora? Como ves, el relato me sugiere infinidad de cuestiones que podría seguir desgranando.
Me ha parecido bueno y diferente. Has vuelto con fuerza.
Hasta aquí lo serio.
Ahora, dime, por favor, ¿cómo puede un hombre cercano al medio siglo escribir así? Ya me lo dirás otro día…
Saludos.
Diciembre 10, 2007 a 11:09 am
Un fantasma en el mundo real hecho pesadilla.
Diciembre 11, 2007 a 6:18 pm
Gracias, Antonios, por pasar por aquí.
Antonio, me estimula a la par que me preocupa el que mi relato sugiera tantas cosas. Ojalá tengas razón en lo de fértil y creativa. Y lo de medio medio siglo me lo vas a tener que explicar…
Hombredebarro, en el clavo, claro.
Gracias, otra vez, a los dos por vuestro tiempo y comentarios.
Diciembre 13, 2007 a 12:00 pm
Lo del ‘medio siglo’ es por la apariencia que dejas de cuentista experimentado en el lector, que no se corresponde en absoluto con tu edad real (que no he revelado nunca a nadie porque no estaba autorizado y porque la edad que uno tenga importa en un plano muy secundario). Fue, en definitiva, un modo de decir, una metáfora oculta, muy enrevesada quizás, muy escondida, una expresión exagerada que presumí que pillarías.
Aclarado.
Saludos.
Diciembre 13, 2007 a 1:32 pm
Hala, !exagerao¡¡
Otro saludo.