El descanso del pescador

Diciembre 20, 2007

Disfrutar de un día de calma chicha en tierra, masticando el sedal de un palangre viejo. Y esperar nada. Que cambie el signo del cielo, quizá, o que la mar se enturbie y me mande a casa a despedirme de mi familia, pues mañana toca faenar y han predicho mar gruesa.
 Mi mujer y yo nos despedimos con devoción esas noches del trueno.
Me hacen gracia mis hijos, que acuñan gesto de hombres por lo que pueda pasar allá, lo que se quede para siempre en salazón o por lo que, quién sabe, no vuelva ni tieso a la playa.
La mar da, pero también quita demasiado.
El hombre allí recoge y muere.
En tierra roba o recoge -según sus oportunidades- y mata.
La mar se nos traga, pero perdonamos si los hombres le sacamos ventaja en eso de engullir vidas. Y todos sabemos que es así. Ahora más que nunca.
Hay mares de sangre ahí fuera. Pero el rojo no se ve por la noche y en la mañana lo diluyen las olas.

Por eso me gusta ver sentado un día de calma chicha, apoyado en el muro norte de la lonja. Es el reposo del pescador.
 
Hoy no hay jaleo, ni gente gritando. Huele a miedo en vez de a pescado vivo.
Yo no tengo miedo, para qué. No me ufano. Les he dicho a mis hijos que tampoco tengan miedo, que es mejor  no vivir que hacerlo con miedo. 

Ha llovido estos días. Nadie ha estado por faenar.
Las calles estás húmedas. La mar se quiso meter, pero al final no pudo. Hubo disparos y gritos. Mi vecino salvó la vida; dijo que al lado vivía un rojo. Mi mujer y yo nos despedimos con la misma devoción que un día de mar gruesa y mis hijos fueron hombres una vez más: entre los dos me empujaron al agujero que está al final del desván y lo cubrieron con un  armario.
Entraron en casa.
-¿¡Dónde está el rojo!? –preguntaron.
¿Rojo? Pensé. Lo rojo baja calle abajo y lo limpia el agua.
-Se hizo a la mar –contestó mi mujer.
La abofetearon.
-¿Con este tiempo? –dijeron.
-Prefiere morir allí. ¡Qué quiere!
Registraron la casa, las camas, abrieron el armario y nada. Yo respiraba en mi agujero.
Dijeron que volverían.
Las guerras deben ser así.

Pero, han parado las lluvias y llegado la calma, el sol. El reposo del pescador un día de calma chicha en tierra. Y yo me he cansado de estar en el agujero.
He salido a hurtadillas, no lo niego, y por la puerta de atrás. Mi familia no lo hubiera permitido. Estaban todos disimulando mi muerte en el zaguán. Ellos, mi último cabo en tierra. No lo me lo van a perdonar.
Salgo. Mejor dicho, zarpo.
Una mujer mayor, que me ha querido toda la vida me ha visto por la calle y señalándome ha dicho claramente:
-Muerte andando.
-Buena tarde, –he respondido. Demonios, hace una temperatura estupenda.
Camino hacia la lonja y me siento.
 La gente pasa a mí alrededor como fantasmas. Sólo mujeres y niños, a la expectativa e incrédulos de verme. Alguno se acerca y me dice que me vaya. Una niña se despega del brazo  de su madre e intenta levantarme tirando del mío. No le asustan las asperezas de mi mano.
-Yo sólo quiero mascar  sedal, -le digo, y se pone a llorar.
Aparece otro hombre. Nos conocemos, hemos compartido patrón. Toma asiento a mi lado.
-Buena tarde –me dice.
-Sí, -respondo.
Atardece rápidamente, como si el día tuviera prisa por irse y no ver más. El resto de la gente ha desaparecido. La lonja más muerta que de madrugada.
Es el descanso del pescador.

Al final llegan dos hombres, con camisas azules desabotonadas y fusiles. Caminan con decisión hacia nosotros, como un buque hacia su  naufragio. De cerca observo que no son de aquí, me lo dicen sus manos. El sol se va definitivamente.
Preguntan nuestros nombres y afirmamos con la cabeza. Nos obligan a levantarnos.
Ellos también tienen miedo, como  mi vecino, pero lo disimulan detrás de los gritos. No tendrán más de dieciocho años. Recuerdo lo que les dije a mis hijos y eso me reconforta.
Me atan las manos por la espalda.
Nos preguntan que dónde nos habíamos metido ayer.
-Nos hicimos a la mar –respondo.
-¿Con ese tiempo?
-Probamos nuestra suerte.
Mi compañero asiente.  De pronto nos están llevando a la playa.
El más joven de los dos se interesa:
-¿Por qué volvisteis?
Casi lo dice con tierna incomprensión.
-Chico, ¿Has visto qué día hace? –responde el otro hombre.

Hay marea baja. La mar está lisa como una cama recién hecha. Se podría caminar sobre ella.
En cambio los pies  se nos hunden en la arena.
-¡Quietos! -Grita uno.
Qué día.
Las playas no se tiñen de rojo. No de noche.

Una respuesta para “El descanso del pescador”


  1. Un cuento excelente a mi modo de ver. Preciso y justo. Otra vez de fantasmas y muertos reales. Con la materia de la historia dosificada para dar justo donde hay que dar. En la inteligencia. Enhorabuena.


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