Compartimos un alma entre los tres. Lo supimos al nacer; en el útero de nuestra madre no había espacio para más. Así crecimos, así vivimos y así ha muerto uno de los tres. Pero la herida mortal la llevamos en el mismo alma. Y nos escuece a los que quedamos vivos.
Si la herida ha de escocer, que escueza porque se está curando. Hay dos tipos de dolores en esta vida. Suena sentencioso. Uno purifica y otro pudre. Por eso no lo sabemos. Puede que los dos que quedamos nos estemos pudriendo o nos estemos curando.
Sospecho que cada uno tiene su teoría.
Mi otro hermano insinuó que el tema estaba zanjado (no aclaró en que sentido). Acababa de pasar. Se giró, dejó atrás las puertas de la UVI y me dijo:
-Se acabó –se frotó las manos.
Y no nos hemos vuelto a hablar. Ni falta que hace cuando se tienen ojos. De hecho él no ha vuelto a hablar con nadie. Vamos ahora los dos hermanos de luto integral, en un autobús urbano, sin mediar palabra.
Hay un viejo que nos mira mal por no dejarle asiento. Hay más asientos libres, pero él quiere el nuestro. Puede imaginármelo, cuando por fin lo consiga, presumiendo del asiento de los gemelos de luto.
Y una muchacha que no sabe con cual de nosotros dos quedarse. Yo no tengo vergüenza y mi alma escuece. Al bajar en la parada acerco mi cabeza y le digo a la muchacha:
-¿Ya te decidiste? –ella se sonroja-, pues antes éramos tres. Imagínate.
Tres con el mismo alma.
El viejo ocupa uno de los asientos que dejamos libre con un bufido.
Tenemos que andar un rato, no demasiado. El ambiente fúnebre, ya se puede adivinar. En la entrada, los vendedores de coronas no intentan nada con nosotros. Se quedaron con nuestra cara, la semana pasada. Nada ha cambiado.
¿Y el alma?
El alma escuece sin remisión.
-¿Creías que venir al cementerio iba a arreglar algo? –increpo a mi hermano.
No va responder. Ni me mira. Bueno, es mejor que estar en casa.
Sabemos llegar hasta el nicho eficazmente; hace menos de una semana que enterramos aquí a nuestro tercer gemelo.
Hemos venido por iniciativa de mi hermano vivo, aunque no hable. Camina derecho y serio. Hace una hora se comenzó a poner el traje y lo imité. Luego lo seguí hasta el autobús. No me gusta dejarlo solo.
Se para ante la lápida y no hace nada.
Esperamos.
La noche del incidente yo dormía. No había salido por ahí. Mis hermanos, en cambio, sí. Estaban de marcha por distintas zona del centro.
Nunca salimos juntos. Cada uno tiene (él también tenía) su grupo de amigos y su zona. Sin embargo, si alguna vez nos encontrábamos en la calle, borrachos los tres, resultábamos un curioso reclamo para las mujeres. Si uno no era feo, ninguno lo era. Tres gemelos idénticos, dónde se ve eso.
Llamaron sobre las cuatro de la mañana. Oí como mi madre se ponía a llorar y mi padre se vestía rápidamente.
Mi padre me encontró sentado en la cama. Con las manos en el estómago.
-Es tu hermano –me dijo sin concretar. –Lo han apuñalado.
Fue a las tres y veinticinco, en una calle del barrio. Se me congeló el estómago y el frío me subió por la garganta, como si la mano desnuda de un nepalí masturbase mi esófago y luego tirase hacia abajo. Después el escozor. Mi tercer gemelo no duró mucho.
-Llama al otro, llama al otro –gritó mi padre.
No dudé a quién llamar.
En la UVI nos encontramos la familia al completo. El hospital de noche parece sumido en un coma indiferente. Mi hermano me agarró y me dijo eso de:
-Se acabó, -frotándose las manos. Tenía frío.
Escuece, escuece. El día que deje de escocer me temeré lo peor.
En el cementerio, como en todo, la rutina se impone. Hay trasiego de plañideras y enterradores bebidos. También hay un tipo que se encarga de recoger las flores más recientes e indefensas, y de revendérselas a los comerciantes de la entrada. Con este frío parece que duran más. Dos o tres entierros, calculo.
Para la ceremonia de mi hermano las elegimos de primera mano, yo mismo me encargué.
Han detenido a tres individuos que deambulaban por la zona, pero aún no se sabe nada.
También interrogaron a la familia, haciéndonos preguntas incómodas. Teníamos coartada. Mi hermano, aunque no ha respondido a ninguna pregunta (por el shock, según el sicólogo), tenía testigos, yo sueño. Mucho sueño. Los detectives de la policía no han tenido huevos para preguntar si teníamos alguna buena razón para matarlo. Pues claro que no. Por lo visto lo han matado tres individuos. Tres hombres: cada uno con su alma.
En casa el ambiente es sofocante.
Mi padre clama contra la inmigración, por si acaso.
Mi madre se encarga a de recordarnos lo monos que éramos los tres de pequeños. Suele derrumbarse a los cinco minutos. Además, no hace falta. Nos acordamos de muchos detalles.
La tumba es de un color blanco nacarado, no está nada mal, pero prefiero que a mi cadáver lo incineren cuando llegue el momento. Soy claustrofóbico. Ayer lo comenté con mi padre, nunca se sabe. Mi hermano no sé lo que habrá decidido al respecto.
De momento sigue ahí plantado.
Recuerdo que cuando mamá no miraba me decía:
-Tenemos que matarlo. Si no, él acabará con nosotros.
El otro siempre jugaba solo y nos miraba, tramando algo. Era enrevesado. Calculador. Frío. Una pareja de hermanos por un lado y uno solo por otro, tirados por la alfombra del salón, jugando con el lego.
-Tenéis que jugar los tres juntos –decía la abuela.
Mi hermano cómplice hacía una pistola con los bloques y apuntaba.
-¡Pun!, ¡pun!
El otro observaba en silencio. La misma historia cada vez.
A mí me parecía particularmente bien. El truco estaba en sobrevivir.
A los doce mi hermano compró un puñal en un tienda de empeños Me lo enseñó al llegar a casa, con secreta devoción, en la litera de arriba. Dormíamos en la misma habitación, por iniciativa propia. Ambos recorrimos su filo con entusiasmo. Lo escondió en alguna parte.
-Llegará el día, -me dijo.
Asentí.
Hasta la semana pasada nos hemos mirado igual. Dos hermanos sentados en un lado de la mesa para comer, uno en el otro lado. Un mismo alma para los tres platos.
La abuela con el paso del tiempo lo acabó dejando estar.
Mi hermano saca algo del bolso.
Sé que es el puñal, porque lo ha estado buscando antes de que saliésemos de casa. Está recubierto de un paño blanco, tan inmaculado como el mármol de la tumba. Se asegura de que el tipo que roba flores no está mirando y lo entierra junto al sepulcro, a una decena de centímetros de la superficie. Cuando termina observo que las uñas le están sangrando.
Se gira, me mira y dice:
-Se nos adelantaron –titubea de cariño-. Mierda.
Asiento nuevamente. No acierto a adivinar con que connotaciones lo dice.
Puede que el escozor no dure siempre. Cesará al cabo de un tiempo, como una amputación. El alma seguirá siendo para dos, pero en vez de arrastrar un cadáver, poseerá un muñón. Me siento mejor al pensar esto último.
Tanto, que casi puedo palpar su futura ausencia.
Diciembre 27, 2007 a 6:25 pm
Un relato impecable, borgiano, pero de Diego.