Me lo prometió mi hermano en el hospital. Te voy a llevar por ahí de marcha, me dijo, cuando te recuperes de esta mierda. Todavía pasaron un par de meses en los que perdí la esperanza en que esto se produjera, esos meses en los que la gente pasa de preocuparse por tu cicatriz y contarte antecedentes, a preguntar una y otra vez qué tal estás, para al final mirarte con duda e interrogar precavidos si acaso te han operado de algo últimamente. Que te notan distinto. Pero apareció un día en casa, cagándose en no sé qué del primer mundo y me dijo que nos íbamos a Berlín. Soltó lo necesario. “¿Estás ya bien?” y “coge justo para sobrevivir”. Se había cortado la cresta y dejaba crecer su pelo voluptuosamente. También había cambiado su chupa de cuero por una chaqueta de lana y los vaqueros ajustados por otros de pana que le daban un medido aire bohemio. Me dio un pasquín comunista y le pregunté si creía en eso. Él me miró con suficiencia, como si yo no comprendiera que detrás de toda la parafernalia panfletaria se escondía algo más importante que no supe determinar.
Entonces preguntó si lo quería pasar bien.
Mi hermano no creía en nada. Eso no quiere decir que fuera un asesino.
A mi edad quizá creyó en algo, quizá se dejó engañar, pero por entonces lo único que le quedaba, más que las ganas de cambiar el mundo, era la adrenalina de correr delante de la policía y de tirarse a alguna revolucionaria liberal. Por otra parte yo no aspiraba más que a esas dos últimas cosas.
En Berlín nos esperaba un grupo, en su mayoría franceses, que vestían como mi hermano, lo cual les confería una uniformidad casi militar. Uno de ellos le miraba con recelo y se deshacía en morreos con una tal Chantal. Cuando él y mi hermano hablaban las cosas subían de intensidad. En el grupo también había una chavala de Sevilla, Ana, mona pero sin exagerar, con dos rastas que se me antojaron pueriles. Le caí bien desde la primera broma. Dormiríamos en casa de unos estudiantes alemanes que habían cedido su piso a la causa. Allí mi hermano mayor ejerció como tal y me pidió que llevara siempre un par de limones y un pañuelo, para el lacrimógeno. No te dejes coger, me dijo, que luego es un coñazo. Le pregunté si alguna vez le habían cogido a él. Sí, en París, respondió, hace un par de años, y me dieron hostias hasta en el carné de identidad. Luego cambió de tema y me dio una ristra de condones. Las pensiones del centro no están mal, miró a Ana y me guiñó un ojo.
Por alguna razón mi hermano y yo jamás llegamos a conectar.
Nos tratamos siempre con camaradería e hicimos notables esfuerzos por ser colegas, pero los intentos terminaban como un torpe disimular lo imposible. Y sin embargo nos caíamos bien, nos hacíamos gracia. Él tenía algo de mí y yo, indefectiblemente, algo suyo.
Cuando volvía de algún viaje se pasaba días encerrado, taciturno, ido. Por las noches gritaba. Mis padres hablaban de las drogas que se habría tomado e intentaban hacerlo confesar. Pero él lo negaba.
Me inquietaba pensar si tendría algo que ver con esa faceta. Cómo se presentaría en mí.
Las protestas comenzaron de forma pacífica y espontánea.
Las manifestaciones son predecibles si hay gente con ganas de partirse la cara. Se dijo por el noticiario que un manifestante había resultado herido, le sucedieron unas imágenes comprometedoras para las fuerzas del orden, y ya está. Cataplum. Ana se frotó las manos y se puso el pasamontañas. El resto del grupo, yo incluido, hicimos lo propio. Salimos a las calles, nos guiamos por los destrozos y comenzamos a cargar. Recuerdo que Chantal no le quitaba los ojos de encima a mi hermano. Se lo hice saber y él me comunicó que tenía un plan. Ana también me miraba, pero parecía preocupada en impresionarme gritando consignas. El francés que no tragaba a mi hermano, François, estaba concentrado en quemar contenedores. Actuaban ordenadamente, lo que me hizo pensar que sólo se reunían para ocasiones como ésta y que cada uno tenía claro su cometido. En comparación, el resto, una panda de punkarras y okupas y algún piquete obrero desorientado que miraba con desconfianza a todo el mundo, daban la impresión de ser unos aficionados, unos cristianos en el coliseo, esperando a que soltaran los leones. Mi hermano arrancaba adoquines del pavimento y probaba puntería. Sonará simple, pero Chantal se derretía como uno de esos contenedores cada vez que mi hermano hacía blanco. Ella se encargaba de los molotovs. Se lo tomaba con calma, la artillería era limitada.
Los antidisturbios eran cojonudos. Llevaban dispositivos de alta tecnología, armaduras compactas, casi indestructibles, como un pushing humanoide. No se les veía la cara por lo que las posibilidades de tener remordimientos eran limitadas en caso de que el pretexto ideológico flojeara. Deberían llevar en el escudo o en la porra algún patrocinador, pensé. Sería una forma de hacer la oferta redonda. Esta lucha social la patrocina ikea, o algo así.
Comenzaron los saqueos por parte de unos desaprensivos que ni allí tenían claro su papel y la cosa se puso fea de verdad. Yo, que había estado un tanto a la expectativa hasta ese momento, tomé la iniciativa con los adoquines. Los anarcos trabajaban las armaduras del personal con una señal de stop arrancada. Mi hermano me aconsejó desparecer del mapa. Cada uno por su lado. Agarré a Ana de la mano y salimos cagando leches de allí. Uno de los aficionados había caído y los romanos se desquitaban con él. Al torcer la esquina nos deshicimos de los pasamontañas y entramos en un pub desierto. No hablamos, a ella le temblaba el labio inferior y no paraba de mirar a la calle. Luego le pregunté que hacía allí y no supo que contestar. Me besó. Estuvimos enrollándonos un buen rato de forma aparatosa. El barman no sabía dónde meterse; propuso invitarnos a una ronda si nos controlábamos.
Le mandamos a tomar por el culo en un alemán amateur.
Me alegró encontrar de nuevo a mi hermano discutiendo acaloradamente con François en el piso de los alemanes. Chantal liaba un porro y alguien se había preocupado de llevar cerveza. Me hice con una. Ana me explicó que era abstemia cuando le ofrecí. Mi hermano me llevó un aparte, por lo visto la cosa había empeorado con cierta rapidez y se habían librado por los pelos. Me comentó que lo mejor era estarse tranquilo hasta el vuelo de regreso y no llamar la atención. François no estaba de acuerdo, pero François era un cretino. Le volví a preguntar si creía en algo y se echó a reír. Mira, me dijo, mañana da un discurso Simone (supuso que la conocía) y acudiremos. Bueno, acudiremos. Chantal y yo nos escaparemos a un sitio más apetecible. Me recomendó que hiciera lo mismo con Ana.
La velada se prolongó hasta las cinco de la madrugada. Se habló de muchas cosas, de la naturaleza humana, de nuestro papel en el mundo, pero no se llegó a ninguna conclusión. Nos despertamos por la tarde. Pronto nos vimos andando hacia el discurso de la tal Simone. Chantal y mi hermano desaparecieron. François no tardó en percatarse. A nadie le pasó desapercibido su gesto triste, desilusionado, como el de un estudiante brillante ante un examen facilón.
Comenzó la conferencia. Susurré algo a Ana y nos evaporamos. Las pensiones del centro no estaban mal y no eran caras. Por un momento pensé con cierta culpabilidad que podríamos coincidir con mi hermano y Chantal. Qué hubiese importado. Nos habríamos sonreído pícaramente y cada uno por su lado.
La tarde, qué tarde. Los dos teníamos algo de experiencia y nos desenvolvíamos con soltura. Fue agradable y cálido, como el abrazo de una madre tras un berrinche sin importancia. Decidimos pasar la noche allí. Volvimos al piso de los alemanes por la mañana, agarrados por la cintura.
Mi hermano apareció con ojeras.
Fumaba un cigarrillo en el portal y lo vi llegar.
Le pregunté si había sido una noche muy larga. Me contestó que ni me lo imaginaba. Eso refrenó mis ansias de contarle los detalles de la pensión en la que había pasado la noche con Ana. El tono fue lapidario, fúnebre. Qué coño pasa, le pregunté saltándome los preámbulos. Percibí su nerviosismo, cómo se le desdibujaba el rostro con cada palabra. Me dijo que había pasado algo, que no se lo explicaba. No habían tomado nada raro, sólo un poco de hachís. Le pregunté por Chantal. Esta mañana, me dijo, estaba helada. No se despertó. Simplemente no se despertó.
Había abandonado el cadáver en la pensión. No se lo podía explicar. Lo repetía continuamente. Luego habló de coger algún avión, de desaparecer una temporada. Me preguntó si podría volver a España solo y le contesté que no habría problema. ¿Tienes dinero? Le dije. No te preocupes, contestó, ya me pondré en contacto con papá. ¿La has matado? Pregunté. Se desmoronó llorando y juró que no. Dijo que nunca había tocado un muerto, frotándose las manos contra la chaqueta. Se marchó corriendo hacia un taxi.
Terminé el cigarrillo, al cabo llegó François. Me preguntó si había visto a Chantal. Contesté que no y encendí otro cigarrillo.