Archivos para Enero, 2008

Molotov

Enero 31, 2008

Me lo prometió mi hermano en el hospital. Te voy a llevar por ahí de marcha, me dijo, cuando te recuperes de esta mierda. Todavía pasaron un par de meses en los que perdí la esperanza en que esto se produjera, esos meses en los que la gente pasa de preocuparse por tu cicatriz y contarte antecedentes, a preguntar una y otra vez qué tal estás, para al final mirarte con duda e interrogar precavidos si  acaso te han operado de algo últimamente. Que te notan distinto. Pero apareció un día en casa, cagándose en no sé qué del primer mundo y me dijo que nos íbamos a Berlín. Soltó lo necesario. “¿Estás ya bien?” y “coge justo para sobrevivir”.  Se había cortado la cresta y  dejaba crecer su pelo voluptuosamente. También había cambiado su chupa de cuero por una chaqueta de lana y los vaqueros ajustados por otros de pana que le daban un medido aire bohemio. Me dio un pasquín comunista y le pregunté si creía en eso. Él me miró con suficiencia, como si yo no comprendiera que detrás de toda la parafernalia panfletaria se escondía algo más importante que no supe determinar.
Entonces preguntó si lo quería pasar bien. 

Mi hermano no creía en nada. Eso no quiere decir que fuera un asesino.
A mi edad quizá creyó en algo, quizá se dejó engañar, pero por entonces lo único que le quedaba, más que las ganas de cambiar el mundo, era la adrenalina de correr delante de la policía y de tirarse a alguna revolucionaria liberal. Por otra parte yo no aspiraba más que a esas dos últimas cosas.
En Berlín nos esperaba un grupo, en su mayoría franceses, que vestían como mi hermano, lo cual les confería una uniformidad casi militar. Uno de ellos le miraba con recelo y se deshacía en morreos con una tal Chantal. Cuando él y mi hermano hablaban las cosas subían de intensidad. En el grupo también había una chavala de Sevilla, Ana, mona pero sin exagerar, con dos rastas que se me antojaron pueriles. Le caí bien desde la primera broma.  Dormiríamos en casa de unos estudiantes alemanes que habían cedido su piso a la causa. Allí mi hermano mayor ejerció como tal y me pidió que llevara siempre un par de limones y un pañuelo, para el lacrimógeno. No te dejes coger, me dijo, que luego es un coñazo. Le pregunté si alguna vez le habían cogido a él. Sí, en París, respondió, hace un par de años, y me dieron hostias hasta en el carné de identidad. Luego cambió de tema y me dio una ristra de condones. Las pensiones del centro no están mal, miró a Ana y me guiñó un ojo.

Por alguna razón mi hermano y yo jamás llegamos a conectar.
Nos tratamos siempre con camaradería e hicimos notables esfuerzos por ser colegas, pero los intentos terminaban como un torpe disimular  lo imposible. Y sin embargo nos caíamos bien, nos hacíamos gracia. Él tenía algo de mí y yo, indefectiblemente, algo suyo.
 Cuando volvía de algún viaje se pasaba días encerrado, taciturno, ido. Por las noches gritaba. Mis padres hablaban de las drogas que se habría tomado e intentaban hacerlo confesar. Pero él lo negaba.
Me inquietaba pensar si tendría algo que ver con esa faceta. Cómo se presentaría en mí.

Las protestas comenzaron de forma pacífica y espontánea.
Las manifestaciones son predecibles si hay gente con ganas de partirse la cara.  Se dijo por el noticiario que un manifestante había resultado herido, le sucedieron unas imágenes comprometedoras para las fuerzas del orden, y ya está. Cataplum. Ana se frotó las manos y se puso el pasamontañas. El resto del grupo, yo incluido, hicimos lo propio. Salimos a las calles, nos guiamos por los destrozos y comenzamos a cargar. Recuerdo que Chantal no le quitaba los ojos de encima a mi hermano. Se lo hice saber y él me comunicó que tenía un plan. Ana también me miraba, pero parecía preocupada en impresionarme gritando consignas. El francés que no tragaba a mi hermano, François, estaba concentrado en quemar contenedores. Actuaban ordenadamente, lo que me hizo pensar que sólo se reunían para ocasiones como ésta y que cada uno tenía claro su cometido. En comparación, el resto, una panda de punkarras y okupas y algún piquete obrero desorientado que miraba con desconfianza a todo el mundo, daban la impresión de ser unos aficionados, unos cristianos en el coliseo,  esperando a que soltaran los leones. Mi hermano arrancaba adoquines del pavimento y probaba puntería. Sonará simple, pero Chantal se derretía  como uno de esos contenedores cada vez que mi hermano hacía blanco. Ella se encargaba de los molotovs. Se lo tomaba con calma, la artillería era limitada.
Los antidisturbios eran cojonudos.  Llevaban dispositivos de alta tecnología, armaduras compactas, casi indestructibles, como un pushing humanoide. No se les veía la cara por lo que las posibilidades de tener remordimientos eran limitadas en caso de que el pretexto ideológico flojeara. Deberían llevar en el escudo o en la porra algún patrocinador, pensé. Sería una forma de hacer la oferta redonda. Esta lucha social la patrocina ikea, o algo así.
 Comenzaron los saqueos por parte de unos desaprensivos que ni allí tenían claro su papel y la cosa se puso fea de verdad. Yo, que había estado un tanto a la expectativa hasta ese momento, tomé la iniciativa con los adoquines. Los anarcos trabajaban las armaduras del personal con una señal de stop arrancada.  Mi hermano me aconsejó desparecer del mapa. Cada uno por su lado. Agarré a Ana de la mano y salimos cagando leches de allí. Uno de los aficionados había caído y los romanos se desquitaban con él. Al torcer la esquina nos deshicimos de los pasamontañas y entramos en un pub desierto. No hablamos, a ella le temblaba el labio inferior y no paraba de mirar a la calle. Luego le pregunté que hacía allí y no supo que contestar. Me besó. Estuvimos enrollándonos un  buen rato de forma aparatosa. El barman no sabía dónde meterse; propuso invitarnos a una ronda si nos controlábamos.
Le mandamos a tomar por el culo en un alemán amateur.

Me alegró encontrar de nuevo a mi hermano discutiendo acaloradamente con François en el piso de los alemanes. Chantal liaba un porro y alguien se había preocupado de llevar cerveza. Me hice con una. Ana me explicó que era abstemia cuando le ofrecí. Mi hermano me llevó un aparte, por lo visto la cosa había empeorado con cierta rapidez y se habían librado por los pelos. Me comentó que lo mejor era estarse tranquilo hasta el vuelo de regreso y no llamar la atención. François no estaba de acuerdo, pero François era un cretino. Le volví a preguntar si creía en algo y se echó a reír. Mira, me dijo, mañana da un discurso Simone (supuso que la conocía) y acudiremos. Bueno, acudiremos. Chantal y yo nos escaparemos a un sitio más apetecible. Me recomendó que hiciera lo mismo con Ana.
La velada se prolongó hasta las cinco de la madrugada. Se habló de muchas cosas, de la naturaleza humana, de nuestro papel en el mundo, pero no se llegó a ninguna conclusión. Nos despertamos por la tarde. Pronto nos vimos andando hacia el discurso de la tal Simone. Chantal y mi hermano desaparecieron. François no tardó en percatarse. A nadie le pasó desapercibido su gesto triste, desilusionado, como el de un estudiante brillante ante un examen facilón.
Comenzó la conferencia. Susurré algo a Ana y nos evaporamos. Las pensiones del centro no estaban mal y no eran caras. Por un momento pensé con cierta culpabilidad que podríamos coincidir con mi hermano y Chantal.  Qué hubiese importado. Nos habríamos sonreído pícaramente y cada uno por su lado. 
La tarde, qué tarde. Los dos teníamos algo de experiencia y nos desenvolvíamos con soltura.  Fue agradable y cálido, como el abrazo de una madre tras un berrinche sin importancia. Decidimos pasar la noche allí. Volvimos al piso de los alemanes por la mañana, agarrados por la cintura.

 Mi hermano apareció con ojeras.
 Fumaba un cigarrillo en el portal y lo vi llegar.
 Le pregunté si había sido una noche muy larga. Me contestó que ni me lo imaginaba. Eso refrenó mis ansias de contarle los detalles de la pensión  en la que había pasado la noche con Ana.  El tono fue lapidario, fúnebre. Qué coño pasa, le pregunté saltándome los preámbulos. Percibí su nerviosismo, cómo se le desdibujaba el rostro con cada palabra. Me dijo que había pasado algo, que no se lo explicaba. No habían tomado nada raro, sólo un poco de hachís. Le pregunté por Chantal. Esta mañana, me dijo, estaba helada. No se despertó. Simplemente no se despertó.
Había abandonado el cadáver en la pensión. No se lo podía explicar. Lo repetía continuamente. Luego habló de coger algún avión, de desaparecer una temporada. Me preguntó si podría volver a España solo y le contesté que no habría problema. ¿Tienes dinero? Le dije. No te preocupes, contestó, ya me pondré en contacto con papá. ¿La has matado? Pregunté. Se desmoronó llorando y juró que no. Dijo que nunca había tocado un muerto, frotándose las manos contra la chaqueta. Se marchó corriendo hacia un taxi.
Terminé el cigarrillo, al cabo llegó François. Me preguntó si había visto a Chantal. Contesté que no y encendí otro cigarrillo.

Cuando tu padre viajó a Johannesburgo.

Enero 23, 2008

Soñaba con niños muertos. Todas las noches. Niños con kalashnikovs que mataban a otros niños, a sus propias familias. Los niños eran negros. Delgados y cabezudos, como cerillas de ébano. Él estaba allí, palpando el horror.  No hacía nada. Simplemente miraba. Y sobrevivía. Al blanco nunca le hacían daño. Le sonreían y le hacían muecas propias de un chaval de once años que empieza saber lo que es un coño de lejos, mientras sujetaban un machete chorreando sangre, con algún trozo de entraña clavado en la punta. Como en una barbacoa. Luego le pasaban a una joven mayor que ellos, a la que habían estado violando por turnos, formalmente, aguantando la ley de la selva,  y le volvían a hacer gestos obscenos. Le invitaban. Él no quería hacer eso con ella y se negaba. La chica reía y lloraba, enloquecida. El semen de varios cientos le escurría por las piernas como un río desbocado. De ella germinará más dolor. Luego los chicos encogían los hombros y seguían con su juego de mutilación y exterminio. Se disparaban. Algunos caían con la cabeza reventada. Él estaba de pie en medio del tiroteo. No le acertaba ninguna bala. Nada, ni queriendo. Los chicos caían y caían. Una granada. Vientres reventados. Estómagos vacíos, hinchados, volando por los aires.  Pero no había metralla con su nombre. Llegado un momento se acercaba  a ver el bando contrario. Quién disparaba. Entonces se encontraba con los mismos niños negros, las mismas armas y la misma muchacha violada por mil negritos y enloquecida. Dónde estaba él. Dónde. En los dos lados y en ninguno. Luego se despertaba, se sentía culpable por soñar con atrocidades y se secaba el sudor. Mares de sudor. Es difícil volver del infierno y no sudar. El sueño se repetía cada vez con más asiduidad, llegó a repetirse cada día. Era insoportable vivir así. Fuimos al siquiatra. Era un hombre de mediana edad. Evitó muecas de repulsión durante el relato de su sueño. Le recetó unos sedantes. Insinuó algo sobre el  stress. Le invitó a buscarse un hobby, a distraerse. Luego me quedé sola con el siquiatra. Me aconsejó que dejáramos de ver la televisión. Y eso que todavía no había un bombardeo mediático de barbaridades, como lo hay ahora. De hecho todavía no se sabía lo de los niños soldado. El siquiatra siguió hablando. Me tuteaba. Tú eres aún joven, no te puedes amargar. Me dio su teléfono personal, por si lo quería llamar a cualquier hora.  Sin compromiso. Un niñita hubiera pensado qué hombre más bueno, pero lo dos éramos adultos.

Las pastillas lo noqueaban. Cada noche moría, cada mañana resucitaba. Compramos una cámara fotográfica y montó un cuarto oscuro en el desván. Me hacía fotografías y las revelaba en el cuarto oscuro. Yo posaba para él y hacíamos el amor. Hicimos mucho el amor esa temporada. Me dio por pensar que follaba con un bote de pastillas. Nueve meses después naciste tú. No lo conociste. Hizo amistad con una panda de fotógrafos hippis que trabajaban en un periódico regional. Al poco estalló la crisis en Sudáfrica, las revueltas de Johannesburgo, el apartheid, mucha gente cabreada con razón. Toda una matanza. Cogió el primer avión y se presentó allí, con su cámara fotográfica. Años después conocí a otro hombre, un reportero, que coincidió allí con él. Me dijo que era impresionante verlo en medio de los tiroteos. No se protegía de las balas tras los parapetos improvisados. Simplemente andaba en una dirección entre el fuego cruzado y hacía sus fotos. Luego fotografiaba a los muertos y a las personas que lloraban a los muertos. Nadie le decía nada porque él mismo lloraba mientras tomaba sus fotos y eso imponía respeto. Salía ileso el muy cabrón, me dijo con cierta envidia. Sus fotos eran cojonudas.  Tu padre me escribió varias cartas. No le dije que estaba embarazada.  Se le notaba alterado, excitado, inmortal. Había conocido a los miembros del bang bang club y trabajaba con ellos. No se molestaba en explicarme ni quién componía ese club. Hablaba de su sueño y hacía comparaciones. No todo era igual. No todo. Yo sabía que acabaría muriendo, por lo que dejé de preocuparme. En Sudáfrica sí que había una bala con su nombre. El incidente salió en los noticiarios. Volvió en un cajón de pino bastante cutre, que enseguida cambiamos por otro más opulento. Su madre me llamó enfurecida. Le dije que estaba encinta, de tres meses, y se calmó. Tras el funeral busqué el número personal del siquiatra. Y hasta hoy. Bastaría con que lo llamases papá de vez en cuando. No sé que te cuesta.

Plan para el sábado

Enero 20, 2008

Saboteaba naves en dique seco,
tras calafatear.
Te gustaba.
Juntos íbamos a ver los naufragios
 al atardecer.
A condecorar a los náufragos
que sabían nadar.
A los otros les condecoraban
el mar y las rocas.
 

En un vaso de agua

Enero 18, 2008

No había pensado más que en Dolores, esos días, y en el agudo conflicto que ella me planteaba. Llovía, sí, llovía mucho, pero sólo los demás parecían darse cuenta de eso. Yo caminaba por la calle inundada, haciendo surcos como un fueraborda, contado los veintipocos años de Dolores. Pensaba en mi mujer y en mis hijos, y me sentía inmadurísimo, abocado a cometer una estupidez. Me pregunté si en realidad ella era la mujer de mi vida. Entonces dejó de llover y se conjuró una respuesta.

Qué sabía Dolores de mis tribulaciones. Ella apenas hablaba. A veces se le escurría un poco de miel en forma de palabras estúpidas por la barbilla y yo contestaba, a merced de sus ocurrencias. No me había enamorado de su locuacidad, claro. Eran sus ojos y su cara, que parecían echar a rodar en cualquier momento. Su fijación. Su seguridad, rallando lo ingenuo, lo idiota e impensable.  Sus veintipocos años me llevaban al abismo. 
Me infringía pequeñas laceraciones por la noche, en varios puntos del cuerpo a la vez, para recordar su nombre a fuego. Mi mujer  me veía retorciéndome en la cama y me preguntaba:
-Cariño ¿Qué pasa?
-Nada, nada. Lo de siempre.
 Mucho más tenía que decir.
 “Nuestro matrimonio se ha acabado. Quédate con los niños que yo paso. Iré a decirles que les quiero una vez al mes. Puedes hacerme quedar como el malo, si te apetece. Da igual.”
Pero callaba.
-Te lo tienes que ir a mirar.
-Ya cede, ya.
-¿Has visto? –me dijo- Hoy ha dejado de llover.
-Deberíamos apuntar a los niños a un curso de natación, por si las moscas.
-Ay, no. Quita, quita. Que se mojan.

También supe por esas fechas que alguien me seguía por la calle, al salir de la consulta. No me importaba, vivíamos en un país libre, y además me gustaba pensar que era Dolores quien lo hacía. Que se deshacía de su novio con alguna burda excusa, y que me esperaba entre los contenedores de enfrente de la consulta, mientras observaba mi silueta a través del cristal, dando chapa y pintura a la enésima caries, pensando en comprar alguna sábana opaca para la cama, (todas son opacas) o no, mejor con transparencias, para jugar, y a colación,  qué me dices de la mampara de la ducha.
Que yo salía con aire resignado y sexy, dejándome regar por una lluvia infatigable, surcando la calle cual titanic. Y ella detrás, con miedo a ahogarse en mí. Y delante yo, con miedo a ahogarme en ella.

-¿Cuándo? ¿Cuándo pasará Dolores por la consulta a que le revise su tardía ortodoncia? -Preguntaba al secretario. Acuñaba una mueca de desaprobación y decía que mañana. Suspiros.
-Ays.
-No es por meterme en nada pero…
-Pues no se meta.
-Punto en boca, jefe.
-¿Y qué tenemos para hoy?
-¿No huele la naftalina?

Alguna nube rota, nada más. Un cielo que invitaba al conformismo optimista.  La cohorte de viudas esperando sus dentaduras postizas avanzaba lentamente, cada una relatándome sus propios problemas de salud y los de sus allegados, como si por llevar bata fuese un superman del reuma. Ays, Dolores.
-¿No puede hacer nada, Doctor?
-No soy médico, soy dentista.
-¿Y? –me miraba la bata.
-Sería intrusismo laboral. Me metería en un lío.
-No me sea usted como el cura. Deje de decir cosas raras.
-¡Pero…!
-Claro, claro.
De claridad nada. Parecían no haberme oído y seguían con la perorata.
La sexta viuda se negó a pagarme el postizo.
-No se lo voy a pagar –me dijo.
Opté por escuchar. Las excusas siempre son interesantes.
-No merece la pena que le pague nada. A usté le sobra y lo que me ahorro me viene bien para disfrutar de lo que queda. Me voy a comer tres lechazos enteros. Sola.
Yo atónito, claro.
-Que sí. No me mire con cara de muerto, que no tengo nada contra usté, que ya sabe que lo aprecio mucho por su trabajo y dedicación, pero ya no me merece la pena pagar ná. Pero, ¿No se ha enterao?
-La verdad es que no.
-Lo dijo el cura el domingo. Y es verdad que los obispos están revueltos y de viajes y más viajes, que mi sobrino trabaja en el aeropuerto y ha visto mucho movimiento de santurrones últimamente.
-¿Puede concretar?
-¡Se nos acaba el mundo, don dientes! Va venir un segundo diluvio y nos va ahogar a todos.
-Si ya no llueve –me reí.
-No, diluvio, no. Que una está tonta con la edad. Inundación. El agua va a venir desde abajo y no va dejar ná con vida, se lo va a tragar todo desde abajo. El cura está muy preocupado. Y las demás se ríen, sí se ríen como usté, jajá, pero yo sé que de miedo. No usté no; usté se ríe porque es un incrédulo, pobrecillo. ¿Lo conoce usté al señor cura?
-Ah, sí. De vista.
-Pues eso. Que no le voy a pagar.
Y se marchó.

Quedé sentado, reflexivo. Hice pasar a las demás y no toleré más charla absurda. Alguna me llamó arisco, con ese desparpajo de la tercera edad. Fui desagradable. Luego lo lamenté sin demasiada convicción. Qué pensaría Dolores de mí. He podido espantar a su madre. Pero Dolores y yo no necesitábamos de la familia. Huiríamos de todo y de todos y nos dedicaríamos por completo el uno al otro. Imaginé situaciones, unas más sugerentes que otras, pero todas necesarias. Al terminar mi reflexión el secretario ya había desaparecido.  Me supe pueril y opté por marchar.
 
En la esquina donde se construía un edificio nuevo, un grupo de obreros se congregaba en torno a un charco. Alguien me seguía. Yo andaba feliz, pensando que era Dolores de nuevo, y el gesto de mi rostro contrastó con el semblante preocupado de los que rodeaban el charco. Los gamberros del centro recreativo que quedaba justo en frente, habían abandonado sus asuntos y fumaban en posición de punta de flecha, mirando con atención al charco. El cabecilla no decía nada; lo demás apenas escupían de vez en cuando. En un acto improvisado, me acerqué y metí un dedo en el agua, para luego chupármelo. Algún obrero me miró.
-Señores –les dije- ¿a cuanto queda el mar de esta ciudad?
-Unos cuatrocientos kilómetros, -respondió el más renegrido de ellos.
-Es un disparate –dije, y seguí andando.
Fuera quien fuese el o la que me seguía, desapareció. Pensé rápidamente dónde podían mis hijos aprender a nadar. Un curso intensivo. Antes de llegar al portal, me giré varias veces y pude comprobar como el charco crecía ostensiblemente. También pensé en Dolores y eso me ayudó a mantener la cordura. Dolores, Dolores, debemos darnos prisa,  predije. El mar se nos echa encima. O debajo.

 En la cama mi mujer me dijo:
-Cariño, ¿Te has fijado en el charco de la esquina?
-Sí, claro. Alguna fuga importante. Puede que mañana nos corten el agua a todos. Se les habrá ido la mano con el pico.
-No sé. Es raro. Además, se habla por ahí de…
-¿De qué?
-Nada. Habladurías.
-No hagas caso de todas las bobadas que circulan por ahí.
-Cariño –se puso seria-, si las cosas se ponen feas, agarramos el landrover y nos presentamos los cinco en casa de mi madre. Está a más altitud ¿No?
-  Sí, claro.
Pensé:
“Si la cosa se pone fea os vais los cuatro con tu madre a la estratosfera. Yo me quedo aquí, salvando a Dolores.”
Y luego:
“Si la cosa se pone fea y el agua nos llega a los talones de este quinto piso-bohardilla te ahogo con mis propias manos para ahorrarte la incertidumbre.”
Y:
“¡Por Dios!”
-Sabes -me dijo- hoy una anciana ha atracado una carnicería. Cómo está el patio.
Me dormí horrorizado.
No pude evitar sueños en los que unos cuerpos, que portaban cabezas de globos de helio, (hinchadas, redondas y neumáticas como la cara de Dolores) se acercaban hacia a mí y explosionaban. Todas eran grotescas versiones de Dolores y también lo era ninguna.

Desperté a la mañana siguiente de un desconcertante buen humor y miré por la ventana. Acto seguido decidí embutirme en las botas de vadear, que guardaba junto a un, proclive por falta de uso, equipo de pescador. Eran de neopreno, muy eficaces. Ninguneé el “dónde vas” atemorizado de mi esposa, me lancé a la calle. Allí se oían cada vez más voces de “ya lo decía don fulanito y…” y chapoteos de un agua que llegaba por las rodillas y hacía penosa la marcha.
 Pero yo tenía cita con  Dolores.
Dolores se personó en la consulta con su novio, contrariados los dos por el volumen hídrico. La consulta, un bajo, estaba inundada, pero no cejé. Fui irresponsable pues estaba enamorado, e hice esperar al novio en la sala de estar. Se mojó el culo al sentarse.

Dolores, pasa. Dolores, abre la boca. Y se hacía un agujero sonrosado dentro de la libidinosa redondez de su cara. Dolores, paciencia. Dolores, ahora voy a ajustarte la ortodoncia. Dolores: un sí, un parpadeo. Dolores: un no, dos parpadeos consecutivos.
-Dolores ¿Eres feliz?
Un parpadeo.
-No, no, pero no esa clase de felicidad. No la que tienes ahora. ¿Tú has visto como están las cosas?
Un parpadeo.
-Es momento de tomar decisiones –el nivel del agua subió de repente y me rozó los testículos. Lo pude notar a través del neopreno.
Un parpadeo.
-Dolores; huye conmigo.
Abrió mucho los ojos. Tanto que pensé que un ojo se le acabaría por salir y flotaría cual veleta de pescador en el inmenso charco en el que nos estábamos ahogando. Junto con mis botas, no era mal conjunto. Por suerte eso no pasó, pero tampoco contestó a mi proposición. No di pie a la decepción, aún era pronto.
Nos despedimos en la sala de espera mientras nos veíamos con el agua al cuello y el novio se interesaba por algún detalle de la intervención odontológica. Contesté sin perder la calma. Ella se ocultaba tras sus hombros, indecisa.
Resolví volver a casa nadando. Los macarras del recreativo continuaban en posición punta de flecha, impasibles, fumando su último cigarrillo, mirando hacia el origen del charco. Por enésima vez alguien me seguía. Los obreros habían abandonado el edificio, supongo que con cierto sentimiento de culpabilidad. La actitud de lo macarras me impresionó: ya no prestaban toda su atención a sus propias motos, a esas alturas inutilizadas. Simplemente una colección de cabezas engominadas al cenicero, miraba hacia un punto indeterminado. Di un par de brazadas y  las olas que produje apagaron varios cigarros. Temí represalias. Ni se movieron. Icebergs.

Debía esperar, me dije, debes esperar tras la esquina y desenmascarar todo esto. Dolores es tímida, cortadilla, y no ha sabido que responder antes. Si no la sorprendes ahora, la perderás para siempre. La pobre no deja de seguirte.
Me aposté tras la esquina, esperando al amor. Pude fantasear varias opciones durante la breve espera, cada una de ellas verdaderamente futurible.
-¡Ah! Se asuntó al verme de sopetón.
Pero el amor me fue esquivo. Hasta en el Apocalipsis. Era un hombre con gafas. Su rostro me resultaba familiar.
-Usted no me conoce –me dijo-, vengo a decirle algo importante.
-Sí que le conozco. Es el cura de la parroquia.
Hablábamos flotando. Los contenedores también flotaban y la mierda se desparramaba a nuestro alrededor. Dolores no estaba, ni estaría nunca.
-Qué quiere –le interrogué.
-Tengo algo que decirle.
-Usted predijo esto ¿No? y cómo lo…
-¡Serás el único!
-¿Cómo?
-Perdone, la emoción. Será el único que sobreviva.
- A qué se refiere.
-Me lo dijo Dios.
-Está loco ¿Por qué yo?
-Sólo Él –señalando al cielo y hundiéndose- lo sabe.
Dios tenía derecho a ser original.
-Prepare una balsa con lo que encuentre por casa, y provéase de conservas para un par de días. Será duro.
-Está loco. ¿Y Eva? Habrá que repoblar ¿No?
-Eso no lo sé.
Y se hundió con una sonrisa en los labios.

Entré en el edificio por la ventana del primer piso. En el recibidor había una nota de mi mujer, avisando de que me había cogido el coche, que estaban con su madre. Destrocé varios armarios y pergeñé una suerte de balsa. Asalté la despensa despiadadamente. Subí al tejado con todo el equipo y me tumbé sobre la balsa, a esperar las aguas. Comencé un padre nuestro, pero al santificar su nombre me di cuenta de que poco tenía que ver él con todo lo que estaba sucediendo. Que no habría Eva. El mundo se había caído en un vaso de agua y un cura se había equivocado de profesión.

Al cabo de unas horas, zarpé.

Una noche soñé con mis hijos:
-Papá -me preguntaban los tres al unísono- ¿Cuál es la mejor forma de flotar?
-Haciéndose el muerto –respondía yo.
Desperté con hambre y triste. Comí una fabada fría.
 No me atreví a mirar por la borda en ningún momento. A veces oía algún golpe blando e imaginaba a Dolores o a mi mujer y a mis hijos, por este orden, flotando, con el rostro hinchado, a punto de estallar.
Gemí sin eco.

El quinto día, desesperado, me tiré al agua. Hice pie y maldije mi suerte.
Las aguas se estaban retirando.
Lo hicieron rápidamente y cuando sólo quedaron vestigios de humedad, pura anécdota, pude observar un campo de cadáveres hinchados como globos de helio.
Lloré y lloré y lloré.
Más tarde me dediqué a besar los rechonchos ahogados que me recordaban al redondo rostro de Dolores.
 

19:05

Enero 16, 2008

Son las siete y cinco y
las manecillas del reloj forman
 una línea recta que apunta a un
 lugar oblicuo, al
 cual no me
dirijo.
 Tendré que esperar  las
seis en punto -o  las doce y
media- para saber que
 voy de frente.

Raíces

Enero 15, 2008

Hay dos alpinistas sin oxígeno en las escaleras, con una pesada carga, abriéndose paso hasta la tercera planta, hasta la misma puerta de esta casa, donde mi madre supongo les abrirá. Uno de los alpinistas es mi padre. Mi habitación queda junto a la escalera y puedo diferenciar perfectamente los crujidos de la madera que portan y que protesta cuando la fuerzan, los resoplidos, las caras sudadas y manchadas de tierra. Pronto cesa. El ruido se vuelve espeso. Lo arrastran por el suelo, encima de una manta quizá, para amortiguar el roce.
Llaman a la puerta. Mi madre se santigua antes de abrir.
-¡Manuel! –grita- ¡Ay Dios mío!, ¡¡Ay Dios mío!!
-Calla, coño. Y échame una mano.
Se puede apreciar un intercambio en el guión. El otro hombre desaparece en un ángulo del recibidor. Lo sé por sus pasos.
-Tú –dice la voz de mi padre-, puedes irte. –Hay un rozar de papel. Puede que sean billetes.
-Mañana más.
-¡Ay Dios mío!
El otro hombre se aleja y la puerta se cierra tras su sombra. Baja las escaleras ágil.  No me cuesta  imaginarlo contento.

Mi padre habla:
-Ya les dije a esos que no dejaba allí ni mi sombra. Na de na. Qué se han creído eso cabrones. ¡Qué!
-Pero Manuel, es demasiado. ¡Ay Dios mío de mi vida!
-¡Tú viste cómo me miraba el cura!, ¡Y el alcalde!, después de tantos asuntos… Son unos cabrones, eso es lo que son.
 
 Del último pueblo nos echaron a patadas. Para mi padre es el último, para mí el único. Persona non grata, dijeron a mi padre. Se nos prohíbe la entrada. Y eso no puede ser.
Yo nací allí y allí dejó mi abuelo la vida. Mi madre nació en la misma sala de partos que yo. Ella deja hermanas heridas en su honor, como  gallinas sangrantes en un pajar lleno de zorras. Si no son fuertes resultarán presa fácil de un enjambre de rumores. Puede que alguna mañana aparezcan en columna, emigrando hacia aquí.

Según me contaron un día de vinos y de lenguas flojas, mi padre y el padre de mi padre se dejaron caer por allí como una pelusa muerta. Un trabajo cualquiera, un pueblo más. Pero mi padre se enamoró. Y echaron raíces. Eso es todo lo que sé.

-No se arrancan las raíces ¡Qué no!                                         
-Manuel, podía haber sido peor. Don Álvaro me confesó que le dolía en el alma, pero que era la mejor solución pa todos.
-¡Si le faltó escupirme!
-Las apariencias, Manuel.
-¡Que se vaya él! A todos nos salpicó mierda.
-Esto es demasiao –dice mi madre. Parece que llora.

Es imposible que yo siga dormido. No con las voces que están dando. Si no salgo de la habitación ahora, mañana temprano mi padre caerá en la cuenta de que con los gritos que pegó anoche es imposible que yo durmiese, y si estaba despierto que por qué no lo dije, que menudo cagao que soy. Así que me calzo y salgo de la habitación.

-Y ahora éste –dice mi padre al verme- ¿Qué haces?
-Soñar con muertos.

Es de madera oscura y de casi dos metros de largo. Está maltratado por la humedad. Cruje sin que nadie lo toque. Ha sembrado de barro todo el recibidor. Junto a la puerta un par de palas.

-¿Es abuelo? –pregunto.
Mi padre asiente con la cabeza. Mi madre se tapa la cara.
-¿Puedo abrirlo? –pregunto.
Mi padre me abofetea duramente. No lloro. No soy un cagao.
-Quiero ayudar –digo-. No hace falta que pagues al otro hombre. Yo mismo iré.
Mi padre piensa. Mi madre dice:
-Os va a agarrar la guardia civil y… -se desmorona.
-Hay que buscar Campo Santo –dice mi padre- Eso mañana, en la noche. De momento el abuelo se queda aquí.
-¡Cómo!
-No molesta.  Hoy hay que aprovechar que hay luna y está despejado. Nos van a oír cavar muchas noches más, esos hijos de… No  vuelven a dormir bien. Por éstas que no. 
-Ay Dios mío, -dice mi madre mientras me agarra-, Manuel, el niño no.
Me cuesta desembarazarme de ella.
-Ya es hombre –dice mi padre.
 Me siento con los hombros más anchos,  dueño de una gran responsabilidad.

-Agarra las palas. Vamos que hay luna y buen tiempo.
Asiento y agarro.
-¿A quién ahora? –Implora mi madre-. Si no hay más.
 -Vamos a por el padre de Don Álvaro. Lo perderemos en la sierra, con lápida y todo. No va a tener huesos ese cabrón a los  que llorar. Aún tenemos noche para eso y para desaparecer. Pero me voy a comer las raíces de ese malnacío. Veremos si hay tiempo de más.
-Os van a matar. Os habrán oído y estarán esperando.
-Pues vete rezando, que puede que esto se llene de almas antes de que amanezca. Les vamos a dejar el cementerio lleno de hoyos. Así podrán guardar toda su mierda.
-¡Manuel!, ¡Os matan!, ¡Te digo que os matan!
-Nos vamos.

Hay luna suficiente, nos hace sombra. Arrancamos la camioneta. Creo que mi padre está orgulloso, pese a todo. No sé en que pensar durante el viaje.  Ya lo dijo mi madre. Nos esperan un motón de huesos y un puñado de balas.

De Paul a Juan: tres años.

Enero 13, 2008

Reconozco haberme presentado en más de una ocasión, entre la intimidad que te brinda un grupo de desconocidos, o no, entre la seguridad que tienes al hablarle de literatura a quien no está interesado por ésta (familiares, amigos), como admirador de Paul Auster.
Iré más lejos aún. Empecé a escribir por culpa de este autor, hará cosa de tres años.
Seguramente hubiese acabado haciéndolo de cualquier otra forma, pero resultó ser su trilogía de Nueva York el revulsivo justo que en aquél momento necesitaba para decidirme a escribir. Me fascinó. Supongo que fue la impresión causada por leer algo que me sonase distinto.
Fue el primer libro después de una despiadada sequía, tachonada eso sí por algún comic y mucha, mucha vida inmortal. De hecho, llegué a la trilogía de N. Y. a partir de la novela gráfica “la ciudad de cristal” surgida en la colaboración entre el mismo Auster, –que tanto gusta de estos experimentos-  Paul Karasik y el dibujante  David Mazzuchelli. Los tres relatos que recoge (la ciudad de cristal, fantasmas y la habitación cerrada) me hicieron incluir en mis lecturas alguno de sus libros, que, si bien me gustaron, no lograron dejar ese regusto agrio e hipnotizante que los argumentos de la trilogía sí produjeron.  El país de las últimas cosas, quizá.
Un escritor que escribe sobre escritores hizo que yo acabase escribiendo.

Han pasado muchas cosas desde que empecé a escribir. No es hora de recuentos, pero puedo enumerar más de un cambio en mi manera de ver la literatura, de escribir (sobre todo de esto), los modos de llegar a un relato y de nutrirse, el combustible y la forma de consumirlo. También cambios como persona,  pero esto por motivos externos, experiencias insustituibles y recuerdos que te flagelan hasta que aprendes a domarlos. La evolución ha sido curiosa. Nunca sabré si fructífera, pues hablar en términos de éxito sobre literatura (y vida) me parece arriesgado.  Pero puedo decir que hoy por hoy escribir me deja más satisfecho que al principio. Escribo menos,  pero soy franco conmigo mismo y con lo que escribo. Tengo ideas pobres, pero al menos tengo alguna idea y lo que escribo cada vez se parece más a lo que quiero conseguir.
Ya  no huyo de monitor o del papel cada cinco minutos y luego me embarco en eternas correcciones que intentan disimular una embarazosa falta de fluidez.

Ahora es como ir al retrete. Si no sale, es mejor dejarlo para otro momento.

Está claro que ha sido un proceso. Y como todo proceso inconcluso debe continuar.
Auster me incitó. Bukowski me aburrió. Fueron necesarios unos cuantos autores suramericanos, pero ni yo sé por qué. También  ha habido una gran sección de “varios”.

Estas navidades mi novia me ha regalado tres libros. La trilogía de Nueva York,  historias de cronopios y de famas y Pedro Páramo. Sé que ha llegado el momento de dar otro paso en el proceso del que antes hablaba. Lo sé porque Pedro Páramo no me deja indiferente, responde al modelo de una novela que llevaba tiempo queriendo leer. La disfruto a cada página, precavido, temiendo que se me termine entre las manos. También releo  la trilogía, el detonante. Y a Cortázar en versión corta, uno de esos suramericanos tan necesarios y que tan poco en serio hay que tomarse para no perder el norte y acabar a su merced. Menudo cóctel.

Sí, hay que dar un paso más. Hay que escribir cada día e intentarlo hacer mejor que el anterior. Aunque sea poco, hacerlo, como el beso de buenas noches. Adquirir una continuidad necesaria. Ser honesto con uno mismo. Y no esperar absolutamente nada.

Dejo tres fragmentos de los libros, por si a alguien le puede interesar:

“-No me oyes –pregunté en voz baja.
Y su voz me respondió:
-¿Dónde estás?
-Estoy aquí, en tu pueblo. Junto a tu gente. ¿No me ves?
-No, hijo, no te veo.
Su voz parecía abarcarlo todo. Se perdía más allá de la tierra.
-No te veo.”

Pedro Páramo. Juan Rulfo.

“Y luego lo más importante de todo: recordar quién soy. Recordar quién se supone que soy. No creo que esto sea un juego. Por otra parte nada está claro. Por ejemplo: ¿quién eres tú? Y si crees que lo sabes, ¿Por qué insistes al mentir al respecto? No tengo nignua respuesta. Lo único que puedo decir es esto: Escúchame. Mi nombre es Paul Auster. Ése no es mi verdadero nombre.”

La ciudad de cristal. Paul Auster.
“-Buenas tardes, fama. Tregua catala espera.
-¿Cronopio, cronopio?
-cronopio, cronopio.
-¿Hilo?
-Dos, pero uno azul.”

Historias de cronopios y de famas. Julio Cortázar.