No había pensado más que en Dolores, esos días, y en el agudo conflicto que ella me planteaba. Llovía, sí, llovía mucho, pero sólo los demás parecían darse cuenta de eso. Yo caminaba por la calle inundada, haciendo surcos como un fueraborda, contado los veintipocos años de Dolores. Pensaba en mi mujer y en mis hijos, y me sentía inmadurísimo, abocado a cometer una estupidez. Me pregunté si en realidad ella era la mujer de mi vida. Entonces dejó de llover y se conjuró una respuesta.
Qué sabía Dolores de mis tribulaciones. Ella apenas hablaba. A veces se le escurría un poco de miel en forma de palabras estúpidas por la barbilla y yo contestaba, a merced de sus ocurrencias. No me había enamorado de su locuacidad, claro. Eran sus ojos y su cara, que parecían echar a rodar en cualquier momento. Su fijación. Su seguridad, rallando lo ingenuo, lo idiota e impensable. Sus veintipocos años me llevaban al abismo.
Me infringía pequeñas laceraciones por la noche, en varios puntos del cuerpo a la vez, para recordar su nombre a fuego. Mi mujer me veía retorciéndome en la cama y me preguntaba:
-Cariño ¿Qué pasa?
-Nada, nada. Lo de siempre.
Mucho más tenía que decir.
“Nuestro matrimonio se ha acabado. Quédate con los niños que yo paso. Iré a decirles que les quiero una vez al mes. Puedes hacerme quedar como el malo, si te apetece. Da igual.”
Pero callaba.
-Te lo tienes que ir a mirar.
-Ya cede, ya.
-¿Has visto? –me dijo- Hoy ha dejado de llover.
-Deberíamos apuntar a los niños a un curso de natación, por si las moscas.
-Ay, no. Quita, quita. Que se mojan.
También supe por esas fechas que alguien me seguía por la calle, al salir de la consulta. No me importaba, vivíamos en un país libre, y además me gustaba pensar que era Dolores quien lo hacía. Que se deshacía de su novio con alguna burda excusa, y que me esperaba entre los contenedores de enfrente de la consulta, mientras observaba mi silueta a través del cristal, dando chapa y pintura a la enésima caries, pensando en comprar alguna sábana opaca para la cama, (todas son opacas) o no, mejor con transparencias, para jugar, y a colación, qué me dices de la mampara de la ducha.
Que yo salía con aire resignado y sexy, dejándome regar por una lluvia infatigable, surcando la calle cual titanic. Y ella detrás, con miedo a ahogarse en mí. Y delante yo, con miedo a ahogarme en ella.
-¿Cuándo? ¿Cuándo pasará Dolores por la consulta a que le revise su tardía ortodoncia? -Preguntaba al secretario. Acuñaba una mueca de desaprobación y decía que mañana. Suspiros.
-Ays.
-No es por meterme en nada pero…
-Pues no se meta.
-Punto en boca, jefe.
-¿Y qué tenemos para hoy?
-¿No huele la naftalina?
Alguna nube rota, nada más. Un cielo que invitaba al conformismo optimista. La cohorte de viudas esperando sus dentaduras postizas avanzaba lentamente, cada una relatándome sus propios problemas de salud y los de sus allegados, como si por llevar bata fuese un superman del reuma. Ays, Dolores.
-¿No puede hacer nada, Doctor?
-No soy médico, soy dentista.
-¿Y? –me miraba la bata.
-Sería intrusismo laboral. Me metería en un lío.
-No me sea usted como el cura. Deje de decir cosas raras.
-¡Pero…!
-Claro, claro.
De claridad nada. Parecían no haberme oído y seguían con la perorata.
La sexta viuda se negó a pagarme el postizo.
-No se lo voy a pagar –me dijo.
Opté por escuchar. Las excusas siempre son interesantes.
-No merece la pena que le pague nada. A usté le sobra y lo que me ahorro me viene bien para disfrutar de lo que queda. Me voy a comer tres lechazos enteros. Sola.
Yo atónito, claro.
-Que sí. No me mire con cara de muerto, que no tengo nada contra usté, que ya sabe que lo aprecio mucho por su trabajo y dedicación, pero ya no me merece la pena pagar ná. Pero, ¿No se ha enterao?
-La verdad es que no.
-Lo dijo el cura el domingo. Y es verdad que los obispos están revueltos y de viajes y más viajes, que mi sobrino trabaja en el aeropuerto y ha visto mucho movimiento de santurrones últimamente.
-¿Puede concretar?
-¡Se nos acaba el mundo, don dientes! Va venir un segundo diluvio y nos va ahogar a todos.
-Si ya no llueve –me reí.
-No, diluvio, no. Que una está tonta con la edad. Inundación. El agua va a venir desde abajo y no va dejar ná con vida, se lo va a tragar todo desde abajo. El cura está muy preocupado. Y las demás se ríen, sí se ríen como usté, jajá, pero yo sé que de miedo. No usté no; usté se ríe porque es un incrédulo, pobrecillo. ¿Lo conoce usté al señor cura?
-Ah, sí. De vista.
-Pues eso. Que no le voy a pagar.
Y se marchó.
Quedé sentado, reflexivo. Hice pasar a las demás y no toleré más charla absurda. Alguna me llamó arisco, con ese desparpajo de la tercera edad. Fui desagradable. Luego lo lamenté sin demasiada convicción. Qué pensaría Dolores de mí. He podido espantar a su madre. Pero Dolores y yo no necesitábamos de la familia. Huiríamos de todo y de todos y nos dedicaríamos por completo el uno al otro. Imaginé situaciones, unas más sugerentes que otras, pero todas necesarias. Al terminar mi reflexión el secretario ya había desaparecido. Me supe pueril y opté por marchar.
En la esquina donde se construía un edificio nuevo, un grupo de obreros se congregaba en torno a un charco. Alguien me seguía. Yo andaba feliz, pensando que era Dolores de nuevo, y el gesto de mi rostro contrastó con el semblante preocupado de los que rodeaban el charco. Los gamberros del centro recreativo que quedaba justo en frente, habían abandonado sus asuntos y fumaban en posición de punta de flecha, mirando con atención al charco. El cabecilla no decía nada; lo demás apenas escupían de vez en cuando. En un acto improvisado, me acerqué y metí un dedo en el agua, para luego chupármelo. Algún obrero me miró.
-Señores –les dije- ¿a cuanto queda el mar de esta ciudad?
-Unos cuatrocientos kilómetros, -respondió el más renegrido de ellos.
-Es un disparate –dije, y seguí andando.
Fuera quien fuese el o la que me seguía, desapareció. Pensé rápidamente dónde podían mis hijos aprender a nadar. Un curso intensivo. Antes de llegar al portal, me giré varias veces y pude comprobar como el charco crecía ostensiblemente. También pensé en Dolores y eso me ayudó a mantener la cordura. Dolores, Dolores, debemos darnos prisa, predije. El mar se nos echa encima. O debajo.
En la cama mi mujer me dijo:
-Cariño, ¿Te has fijado en el charco de la esquina?
-Sí, claro. Alguna fuga importante. Puede que mañana nos corten el agua a todos. Se les habrá ido la mano con el pico.
-No sé. Es raro. Además, se habla por ahí de…
-¿De qué?
-Nada. Habladurías.
-No hagas caso de todas las bobadas que circulan por ahí.
-Cariño –se puso seria-, si las cosas se ponen feas, agarramos el landrover y nos presentamos los cinco en casa de mi madre. Está a más altitud ¿No?
- Sí, claro.
Pensé:
“Si la cosa se pone fea os vais los cuatro con tu madre a la estratosfera. Yo me quedo aquí, salvando a Dolores.”
Y luego:
“Si la cosa se pone fea y el agua nos llega a los talones de este quinto piso-bohardilla te ahogo con mis propias manos para ahorrarte la incertidumbre.”
Y:
“¡Por Dios!”
-Sabes -me dijo- hoy una anciana ha atracado una carnicería. Cómo está el patio.
Me dormí horrorizado.
No pude evitar sueños en los que unos cuerpos, que portaban cabezas de globos de helio, (hinchadas, redondas y neumáticas como la cara de Dolores) se acercaban hacia a mí y explosionaban. Todas eran grotescas versiones de Dolores y también lo era ninguna.
Desperté a la mañana siguiente de un desconcertante buen humor y miré por la ventana. Acto seguido decidí embutirme en las botas de vadear, que guardaba junto a un, proclive por falta de uso, equipo de pescador. Eran de neopreno, muy eficaces. Ninguneé el “dónde vas” atemorizado de mi esposa, me lancé a la calle. Allí se oían cada vez más voces de “ya lo decía don fulanito y…” y chapoteos de un agua que llegaba por las rodillas y hacía penosa la marcha.
Pero yo tenía cita con Dolores.
Dolores se personó en la consulta con su novio, contrariados los dos por el volumen hídrico. La consulta, un bajo, estaba inundada, pero no cejé. Fui irresponsable pues estaba enamorado, e hice esperar al novio en la sala de estar. Se mojó el culo al sentarse.
Dolores, pasa. Dolores, abre la boca. Y se hacía un agujero sonrosado dentro de la libidinosa redondez de su cara. Dolores, paciencia. Dolores, ahora voy a ajustarte la ortodoncia. Dolores: un sí, un parpadeo. Dolores: un no, dos parpadeos consecutivos.
-Dolores ¿Eres feliz?
Un parpadeo.
-No, no, pero no esa clase de felicidad. No la que tienes ahora. ¿Tú has visto como están las cosas?
Un parpadeo.
-Es momento de tomar decisiones –el nivel del agua subió de repente y me rozó los testículos. Lo pude notar a través del neopreno.
Un parpadeo.
-Dolores; huye conmigo.
Abrió mucho los ojos. Tanto que pensé que un ojo se le acabaría por salir y flotaría cual veleta de pescador en el inmenso charco en el que nos estábamos ahogando. Junto con mis botas, no era mal conjunto. Por suerte eso no pasó, pero tampoco contestó a mi proposición. No di pie a la decepción, aún era pronto.
Nos despedimos en la sala de espera mientras nos veíamos con el agua al cuello y el novio se interesaba por algún detalle de la intervención odontológica. Contesté sin perder la calma. Ella se ocultaba tras sus hombros, indecisa.
Resolví volver a casa nadando. Los macarras del recreativo continuaban en posición punta de flecha, impasibles, fumando su último cigarrillo, mirando hacia el origen del charco. Por enésima vez alguien me seguía. Los obreros habían abandonado el edificio, supongo que con cierto sentimiento de culpabilidad. La actitud de lo macarras me impresionó: ya no prestaban toda su atención a sus propias motos, a esas alturas inutilizadas. Simplemente una colección de cabezas engominadas al cenicero, miraba hacia un punto indeterminado. Di un par de brazadas y las olas que produje apagaron varios cigarros. Temí represalias. Ni se movieron. Icebergs.
Debía esperar, me dije, debes esperar tras la esquina y desenmascarar todo esto. Dolores es tímida, cortadilla, y no ha sabido que responder antes. Si no la sorprendes ahora, la perderás para siempre. La pobre no deja de seguirte.
Me aposté tras la esquina, esperando al amor. Pude fantasear varias opciones durante la breve espera, cada una de ellas verdaderamente futurible.
-¡Ah! Se asuntó al verme de sopetón.
Pero el amor me fue esquivo. Hasta en el Apocalipsis. Era un hombre con gafas. Su rostro me resultaba familiar.
-Usted no me conoce –me dijo-, vengo a decirle algo importante.
-Sí que le conozco. Es el cura de la parroquia.
Hablábamos flotando. Los contenedores también flotaban y la mierda se desparramaba a nuestro alrededor. Dolores no estaba, ni estaría nunca.
-Qué quiere –le interrogué.
-Tengo algo que decirle.
-Usted predijo esto ¿No? y cómo lo…
-¡Serás el único!
-¿Cómo?
-Perdone, la emoción. Será el único que sobreviva.
- A qué se refiere.
-Me lo dijo Dios.
-Está loco ¿Por qué yo?
-Sólo Él –señalando al cielo y hundiéndose- lo sabe.
Dios tenía derecho a ser original.
-Prepare una balsa con lo que encuentre por casa, y provéase de conservas para un par de días. Será duro.
-Está loco. ¿Y Eva? Habrá que repoblar ¿No?
-Eso no lo sé.
Y se hundió con una sonrisa en los labios.
Entré en el edificio por la ventana del primer piso. En el recibidor había una nota de mi mujer, avisando de que me había cogido el coche, que estaban con su madre. Destrocé varios armarios y pergeñé una suerte de balsa. Asalté la despensa despiadadamente. Subí al tejado con todo el equipo y me tumbé sobre la balsa, a esperar las aguas. Comencé un padre nuestro, pero al santificar su nombre me di cuenta de que poco tenía que ver él con todo lo que estaba sucediendo. Que no habría Eva. El mundo se había caído en un vaso de agua y un cura se había equivocado de profesión.
Al cabo de unas horas, zarpé.
Una noche soñé con mis hijos:
-Papá -me preguntaban los tres al unísono- ¿Cuál es la mejor forma de flotar?
-Haciéndose el muerto –respondía yo.
Desperté con hambre y triste. Comí una fabada fría.
No me atreví a mirar por la borda en ningún momento. A veces oía algún golpe blando e imaginaba a Dolores o a mi mujer y a mis hijos, por este orden, flotando, con el rostro hinchado, a punto de estallar.
Gemí sin eco.
El quinto día, desesperado, me tiré al agua. Hice pie y maldije mi suerte.
Las aguas se estaban retirando.
Lo hicieron rápidamente y cuando sólo quedaron vestigios de humedad, pura anécdota, pude observar un campo de cadáveres hinchados como globos de helio.
Lloré y lloré y lloré.
Más tarde me dediqué a besar los rechonchos ahogados que me recordaban al redondo rostro de Dolores.
Enero 20, 2008 a 10:00 am
Ays, qué relato, creo que voy a ir a confesarme por si las moscas. Oye, ¿y tú crees que si voy a comprarme un coche y les suelto lo de que no se lo pago, por lo de la inundación sin tsunami, colará la excusa?
Enero 20, 2008 a 10:39 am
Todo es probar. Hoy -lástima que sea domingo- está nublado por aquí.
Gracias por tus comentarios, Xriss. Espero impaciente una réplica de textos frescos en tu blog.
Un saludo.
Enero 22, 2008 a 10:44 am
Muy divertido.