Cuando tu padre viajó a Johannesburgo.

Enero 23, 2008

Soñaba con niños muertos. Todas las noches. Niños con kalashnikovs que mataban a otros niños, a sus propias familias. Los niños eran negros. Delgados y cabezudos, como cerillas de ébano. Él estaba allí, palpando el horror.  No hacía nada. Simplemente miraba. Y sobrevivía. Al blanco nunca le hacían daño. Le sonreían y le hacían muecas propias de un chaval de once años que empieza saber lo que es un coño de lejos, mientras sujetaban un machete chorreando sangre, con algún trozo de entraña clavado en la punta. Como en una barbacoa. Luego le pasaban a una joven mayor que ellos, a la que habían estado violando por turnos, formalmente, aguantando la ley de la selva,  y le volvían a hacer gestos obscenos. Le invitaban. Él no quería hacer eso con ella y se negaba. La chica reía y lloraba, enloquecida. El semen de varios cientos le escurría por las piernas como un río desbocado. De ella germinará más dolor. Luego los chicos encogían los hombros y seguían con su juego de mutilación y exterminio. Se disparaban. Algunos caían con la cabeza reventada. Él estaba de pie en medio del tiroteo. No le acertaba ninguna bala. Nada, ni queriendo. Los chicos caían y caían. Una granada. Vientres reventados. Estómagos vacíos, hinchados, volando por los aires.  Pero no había metralla con su nombre. Llegado un momento se acercaba  a ver el bando contrario. Quién disparaba. Entonces se encontraba con los mismos niños negros, las mismas armas y la misma muchacha violada por mil negritos y enloquecida. Dónde estaba él. Dónde. En los dos lados y en ninguno. Luego se despertaba, se sentía culpable por soñar con atrocidades y se secaba el sudor. Mares de sudor. Es difícil volver del infierno y no sudar. El sueño se repetía cada vez con más asiduidad, llegó a repetirse cada día. Era insoportable vivir así. Fuimos al siquiatra. Era un hombre de mediana edad. Evitó muecas de repulsión durante el relato de su sueño. Le recetó unos sedantes. Insinuó algo sobre el  stress. Le invitó a buscarse un hobby, a distraerse. Luego me quedé sola con el siquiatra. Me aconsejó que dejáramos de ver la televisión. Y eso que todavía no había un bombardeo mediático de barbaridades, como lo hay ahora. De hecho todavía no se sabía lo de los niños soldado. El siquiatra siguió hablando. Me tuteaba. Tú eres aún joven, no te puedes amargar. Me dio su teléfono personal, por si lo quería llamar a cualquier hora.  Sin compromiso. Un niñita hubiera pensado qué hombre más bueno, pero lo dos éramos adultos.

Las pastillas lo noqueaban. Cada noche moría, cada mañana resucitaba. Compramos una cámara fotográfica y montó un cuarto oscuro en el desván. Me hacía fotografías y las revelaba en el cuarto oscuro. Yo posaba para él y hacíamos el amor. Hicimos mucho el amor esa temporada. Me dio por pensar que follaba con un bote de pastillas. Nueve meses después naciste tú. No lo conociste. Hizo amistad con una panda de fotógrafos hippis que trabajaban en un periódico regional. Al poco estalló la crisis en Sudáfrica, las revueltas de Johannesburgo, el apartheid, mucha gente cabreada con razón. Toda una matanza. Cogió el primer avión y se presentó allí, con su cámara fotográfica. Años después conocí a otro hombre, un reportero, que coincidió allí con él. Me dijo que era impresionante verlo en medio de los tiroteos. No se protegía de las balas tras los parapetos improvisados. Simplemente andaba en una dirección entre el fuego cruzado y hacía sus fotos. Luego fotografiaba a los muertos y a las personas que lloraban a los muertos. Nadie le decía nada porque él mismo lloraba mientras tomaba sus fotos y eso imponía respeto. Salía ileso el muy cabrón, me dijo con cierta envidia. Sus fotos eran cojonudas.  Tu padre me escribió varias cartas. No le dije que estaba embarazada.  Se le notaba alterado, excitado, inmortal. Había conocido a los miembros del bang bang club y trabajaba con ellos. No se molestaba en explicarme ni quién componía ese club. Hablaba de su sueño y hacía comparaciones. No todo era igual. No todo. Yo sabía que acabaría muriendo, por lo que dejé de preocuparme. En Sudáfrica sí que había una bala con su nombre. El incidente salió en los noticiarios. Volvió en un cajón de pino bastante cutre, que enseguida cambiamos por otro más opulento. Su madre me llamó enfurecida. Le dije que estaba encinta, de tres meses, y se calmó. Tras el funeral busqué el número personal del siquiatra. Y hasta hoy. Bastaría con que lo llamases papá de vez en cuando. No sé que te cuesta.

4 comentarios para “Cuando tu padre viajó a Johannesburgo.”


  1. Un texto arriesgado. Los sueños, la muerte y la realidad, además del extrañamiento. Para poder escibir cada vez más de asuntos que nos afectan a todos y que no forman parte de nuestro espacio más inmediato. Buen comienzo.

  2. xrisstinah Dijo:

    En el centro del relato queda dudoso por un momento acerca de quién está hablando ella, en la transición entre la conversación con el psiquiatra y los amoríos con el ente especial que es el personaje principal, por unos segundos no se sabe con quién se lía.

  3. xrisstinah Dijo:

    De todas formas, el relato es muy bueno, or course!

  4. Diego Dijo:

    No le vendría mal un punto y aparte, no.


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