Los demás habían huido de la ciudad, como es previsible en agosto, y nos vimos abocados a una tarde de sofocante aburrimiento tanto en casa como fuera, en el garito. Serví dos cafés con hielo y me puse a revolver en lo cajones sin ninguna razón, quizá la razón era la que me esperaba dentro de alguno, cuando apareció el machete y nos preguntamos de dónde carajo ha salido esto. Él me preguntó si cortaba y se lo pasé con desgana, pidiéndole que lo comprobara él mismo. Entonces recorrió el filo con la palma de la mano, apretando como un arado se hinca sobre la tierra. Apareció una linda línea roja que comenzó a brotar. Le increpé si estaba loco y él me respondió que no le había dolido. Así se encendió la mecha de esa competitividad que durante años nos había unido tanto como nos había enfrentado. Su mirada se convirtió en un desafío, tuve que arrebatarle el machete con un trae para acá. Lo apreté contra mi palma hasta que chillaron los huesos, brotó una diagonal roja que si se miraba de perfil era más profunda que la suya, contesté: Ah, pues tienes razón. No duele. En previsión de cómo íbamos a acabar, acerqué unos cordones para los torniquetes y gasas con yodo para el primero que se echara atrás. Fue bonito tener un rival a la altura, ver como acababa con las falanges de su mano izquierda, una a una, mientras me aguantaba la mirada y sudaba sangre, yo pidiendo un maza para partirme el brazo a la altura del codo porque si optaba por serrarlo tardaría una eternidad y no quería hacer esperar bajo ningún concepto, observar la caída de tiras de carne como si de un kebab se tratara y preguntar al tiempo: ¿tú no quería perder peso rápido? La tarde se nos pasó volando. Ninguno reculó, las gasas quedaron intactas, pero me quedé corto con los cordones y varias hemorragias incontroladas inundaron la habitación, haciendo flotar como gelatinas los coágulos producidos por las heridas con las que habíamos dado el start. Al final, desde el suelo, rodeado de miembros -ya no sé de quién-, la boca recortada en zigzag, comenzó a carcajearse de como lo habíamos puesto todo y dijo que le gustaría haberme dado la mano, ofreciendo tablas, pero no sabía donde estaba ninguna de las dos. Yo le acompañé en su risa antes de perder la conciencia. Me hacía sentir dichoso tener un amigo como él una tarde como esa.
Febrero 4, 2008 a 10:46 am
De como la casquería da para pasar con deleite y enseñanzas parte de nuestro tiempo. Enhorabuena.
Febrero 14, 2008 a 12:36 pm
Podría ser perfectamente real en la sociedad donde estamos ahora…
Febrero 17, 2008 a 9:38 am
Chillan los huesos al leerlo.