La grúa del camión de reciclaje efectuó un giro defectuoso; al abrirse el contenedor la mitad de su contenido cayó fuera del remolque. Los operarios revisaron el lugar, evaluaron y comunicaron algo por radio. Uno de ellos quiso discutir, se encaró. Un mal café. Recibieron orden de seguir y la cosa no fue a más. Llegaron buitres con mochila. Cinco muchachos atraídos por el caos se entretuvieron en el montón de revistas y cartones viejos. Pronto, de una patada propinada con cierto desdén surgió el hallazgo. Una publicación pelada por el tiempo y los dedos ansiosos. Los demás se le unieron formando un corro regular. Uy, uy, uy. Menuda antología mexicana, dijeron. Ésta se parece a puntos suspensivos. Hubo crujir de sonrisas. Los muchachos explotaban sin remedio. El maestro, asido a la verja como un ave rapaz, amenazó con horas y horas si no entraban a clase de inmediato. El de siempre se adelantó a vacilar, los otros se disolvieron con la cabeza gacha, manos al bolso. Lo dieron por perdido. El de la revista fue interrogado. Al comprobar el maestro que tan sólo se trataba de una publicación de literatura mexicana desclasificada, se mostró sorprendido e incluso revolvió el pelo del gallito con satisfacción. Los chicos celebraron la suerte del farol con picardías de toda índole. El cielo se estremeció y pronto las gotas rebotaron en todas las ventanas, excepto las del quinto curso que daban a un patio interior, parcialmente cubierto. La revista se dejó querer por todas las manos menos dos. De clase a clase, como pólvora, y más crujir, más manos en la boca, más “ah bueno, literatura mexicana”, y un solo buscar en los ojos. La revista no se leía normal. Le sobraban páginas. Alguno la giró, delatándose, y fue recriminado. A uno solo no le fue concedido el privilegio que a esas horas ya constituía la revista. Él no. Él no. Sonó la sirena, hubo estampida. Hay cosas más importantes. ¿Y ahora? No. Él no, él no. El chico no vio la revista. Al salir todo era rumor y el crujir de las sonrisas bajo las manos. Los ojos le buscaban. Al chico lo fue a buscar la madre porque llovía mucho. Ella contempló tantos ojos. Él contó el incidente mientras subían en el coche. Tú no. Tú no. Le dijo. Hay cosas que es mejor no ver. Recordó sobre le volante con cierto pesar, quizá arrepentida. Pero yo también quería reír, protestaba el muchacho. No ibas a reír. No, no, no. ¿Mexicana? ¿Estás seguro? Como de Dios, mamá. La madre, preocupada, pensó en un traslado inminente.