La suerte del último

Febrero 5, 2008

-Una tarde estábamos tomando una cerveza en el “panic”, creo que ahora se llama “good trip” o algo así, ya sabes, cambió de dueño y se infestó de pijos. El caso es que nos tomábamos una caña, él estaba liando un porro, qué mal los hacía el muy cabrón, acabábamos tosiendo todos y enseguida sabíamos quién lo había liado. Me dijo que iba a tener mil hijos de mil mujeres distintas.  Pensé que al paso que iba ya podía ponerse las pilas, pero no dije nada porque me había invitado a la cerveza y, bueno,  cómo se ponía por chorradas como esa. Miento, en realidad le dije qué se suponía que iba a hacer si de alguna le salían gemelos. No sé, a veces se le iba la olla y decía paridas del estilo, creo que ya nadie le tomaba en serio. Algunos dicen, se ha dicho mucha mierda por ahí, que era por la movida esa de que no había conocido a su padre, pero yo les digo: qué coño estáis diciendo si no hablabais con él ni borrachos, hijos de puta. Y se rajan. Pero en definitiva a la gente le gusta hablar. Qué vas a hacer. Tocaba la eléctrica y el bajo, mejor la eléctrica, era lo suyo, eso nadie lo niega. Le dieron una oportunidad esos punkarras  que creían que se iban a comer el mundo y no se dieron cuenta que en lo suyo ya estaba todo inventado. Su bajo hacía mucho el gilipollas por ahí con la moto, era cuestión de tiempo, al final se rompió las dos muñecas y la cara, menuda hostia. A nosotros nos lo dijo una punkie llorosa, pero en cuanto nos cercioramos de que se pondría bien la peña se comenzó a partir el culo. Vale. Antes de cerciorarnos también. Esos tíos más que caernos bien nos hacían gracia. Pero al chaval se le encendió la bombilla. Esa música ni siquiera le iba, pero qué quieres, el grupo tenía cierto nombre en la ciudad, le dijimos que a ver si así follaba de una puta vez. Los tíos le hicieron una prueba y le admitieron sin honores; bah, ellos no le llegaban al forro del huevo izquierdo. Íbamos a los conciertos, los locales estaban llenos de tipos duros cuya existencia reside en sostener la barra, dar importancia a cosas que no la tienen y mirar mal a todo el mundo para no fallar. El repertorio se dejaba escuchar si estabas lo suficientemente borracho y gracias a que tocaba él. El speaker se olvidaba de su nombre al presentarlos. Empezaba a enumerar,  llegaba a él, hacía una gran pausa para que le viniese a la cabeza y decía cualquier bobada en el micro. Nosotros gritábamos su nombre, el último se llama Carlos, y poníamos a parir al presentador. Más de una vez nos echaron del local. Ja, ja. Luego cada cual acababa con alguna incauta, pero él nada, ni las feas. Ni las niñas de quince con ganas de progresar. En fin. Nos tomábamos cervezas de vez en cuando, me dijo que había empezado un curso de cabuyería por internet. Me sonó a capullería y nos estuvimos riendo media tarde, menuda estupidez. Al día siguiente salió a la calle sin camiseta, gritando que había atado las cuerdas de su guitarra y que se iba a colgar.  Jugó la baza de la desesperación más aguda. A algunas pavas les conmueve ver a un tío tan jodido, sienten compasión. Así han caído bragas de hierro. Joder, podía haberse ido a un puticlub. Cabrón. Ni por esas tuvo  suerte.
-¿Se deshicieron los nudos? –pregunté.
-No, en lo de los hijos. Que yo sepa murió virgen.

2 comentarios para “La suerte del último”

  1. xrisstinah Dijo:

    Pues se me ha puesto la cresta morada por tu flexibilidad para imitar lenguajes.
    Escribe uno de castellanas viejas, anda.


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