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Molotov

Enero 31, 2008

Me lo prometió mi hermano en el hospital. Te voy a llevar por ahí de marcha, me dijo, cuando te recuperes de esta mierda. Todavía pasaron un par de meses en los que perdí la esperanza en que esto se produjera, esos meses en los que la gente pasa de preocuparse por tu cicatriz y contarte antecedentes, a preguntar una y otra vez qué tal estás, para al final mirarte con duda e interrogar precavidos si  acaso te han operado de algo últimamente. Que te notan distinto. Pero apareció un día en casa, cagándose en no sé qué del primer mundo y me dijo que nos íbamos a Berlín. Soltó lo necesario. “¿Estás ya bien?” y “coge justo para sobrevivir”.  Se había cortado la cresta y  dejaba crecer su pelo voluptuosamente. También había cambiado su chupa de cuero por una chaqueta de lana y los vaqueros ajustados por otros de pana que le daban un medido aire bohemio. Me dio un pasquín comunista y le pregunté si creía en eso. Él me miró con suficiencia, como si yo no comprendiera que detrás de toda la parafernalia panfletaria se escondía algo más importante que no supe determinar.
Entonces preguntó si lo quería pasar bien. 

Mi hermano no creía en nada. Eso no quiere decir que fuera un asesino.
A mi edad quizá creyó en algo, quizá se dejó engañar, pero por entonces lo único que le quedaba, más que las ganas de cambiar el mundo, era la adrenalina de correr delante de la policía y de tirarse a alguna revolucionaria liberal. Por otra parte yo no aspiraba más que a esas dos últimas cosas.
En Berlín nos esperaba un grupo, en su mayoría franceses, que vestían como mi hermano, lo cual les confería una uniformidad casi militar. Uno de ellos le miraba con recelo y se deshacía en morreos con una tal Chantal. Cuando él y mi hermano hablaban las cosas subían de intensidad. En el grupo también había una chavala de Sevilla, Ana, mona pero sin exagerar, con dos rastas que se me antojaron pueriles. Le caí bien desde la primera broma.  Dormiríamos en casa de unos estudiantes alemanes que habían cedido su piso a la causa. Allí mi hermano mayor ejerció como tal y me pidió que llevara siempre un par de limones y un pañuelo, para el lacrimógeno. No te dejes coger, me dijo, que luego es un coñazo. Le pregunté si alguna vez le habían cogido a él. Sí, en París, respondió, hace un par de años, y me dieron hostias hasta en el carné de identidad. Luego cambió de tema y me dio una ristra de condones. Las pensiones del centro no están mal, miró a Ana y me guiñó un ojo.

Por alguna razón mi hermano y yo jamás llegamos a conectar.
Nos tratamos siempre con camaradería e hicimos notables esfuerzos por ser colegas, pero los intentos terminaban como un torpe disimular  lo imposible. Y sin embargo nos caíamos bien, nos hacíamos gracia. Él tenía algo de mí y yo, indefectiblemente, algo suyo.
 Cuando volvía de algún viaje se pasaba días encerrado, taciturno, ido. Por las noches gritaba. Mis padres hablaban de las drogas que se habría tomado e intentaban hacerlo confesar. Pero él lo negaba.
Me inquietaba pensar si tendría algo que ver con esa faceta. Cómo se presentaría en mí.

Las protestas comenzaron de forma pacífica y espontánea.
Las manifestaciones son predecibles si hay gente con ganas de partirse la cara.  Se dijo por el noticiario que un manifestante había resultado herido, le sucedieron unas imágenes comprometedoras para las fuerzas del orden, y ya está. Cataplum. Ana se frotó las manos y se puso el pasamontañas. El resto del grupo, yo incluido, hicimos lo propio. Salimos a las calles, nos guiamos por los destrozos y comenzamos a cargar. Recuerdo que Chantal no le quitaba los ojos de encima a mi hermano. Se lo hice saber y él me comunicó que tenía un plan. Ana también me miraba, pero parecía preocupada en impresionarme gritando consignas. El francés que no tragaba a mi hermano, François, estaba concentrado en quemar contenedores. Actuaban ordenadamente, lo que me hizo pensar que sólo se reunían para ocasiones como ésta y que cada uno tenía claro su cometido. En comparación, el resto, una panda de punkarras y okupas y algún piquete obrero desorientado que miraba con desconfianza a todo el mundo, daban la impresión de ser unos aficionados, unos cristianos en el coliseo,  esperando a que soltaran los leones. Mi hermano arrancaba adoquines del pavimento y probaba puntería. Sonará simple, pero Chantal se derretía  como uno de esos contenedores cada vez que mi hermano hacía blanco. Ella se encargaba de los molotovs. Se lo tomaba con calma, la artillería era limitada.
Los antidisturbios eran cojonudos.  Llevaban dispositivos de alta tecnología, armaduras compactas, casi indestructibles, como un pushing humanoide. No se les veía la cara por lo que las posibilidades de tener remordimientos eran limitadas en caso de que el pretexto ideológico flojeara. Deberían llevar en el escudo o en la porra algún patrocinador, pensé. Sería una forma de hacer la oferta redonda. Esta lucha social la patrocina ikea, o algo así.
 Comenzaron los saqueos por parte de unos desaprensivos que ni allí tenían claro su papel y la cosa se puso fea de verdad. Yo, que había estado un tanto a la expectativa hasta ese momento, tomé la iniciativa con los adoquines. Los anarcos trabajaban las armaduras del personal con una señal de stop arrancada.  Mi hermano me aconsejó desparecer del mapa. Cada uno por su lado. Agarré a Ana de la mano y salimos cagando leches de allí. Uno de los aficionados había caído y los romanos se desquitaban con él. Al torcer la esquina nos deshicimos de los pasamontañas y entramos en un pub desierto. No hablamos, a ella le temblaba el labio inferior y no paraba de mirar a la calle. Luego le pregunté que hacía allí y no supo que contestar. Me besó. Estuvimos enrollándonos un  buen rato de forma aparatosa. El barman no sabía dónde meterse; propuso invitarnos a una ronda si nos controlábamos.
Le mandamos a tomar por el culo en un alemán amateur.

Me alegró encontrar de nuevo a mi hermano discutiendo acaloradamente con François en el piso de los alemanes. Chantal liaba un porro y alguien se había preocupado de llevar cerveza. Me hice con una. Ana me explicó que era abstemia cuando le ofrecí. Mi hermano me llevó un aparte, por lo visto la cosa había empeorado con cierta rapidez y se habían librado por los pelos. Me comentó que lo mejor era estarse tranquilo hasta el vuelo de regreso y no llamar la atención. François no estaba de acuerdo, pero François era un cretino. Le volví a preguntar si creía en algo y se echó a reír. Mira, me dijo, mañana da un discurso Simone (supuso que la conocía) y acudiremos. Bueno, acudiremos. Chantal y yo nos escaparemos a un sitio más apetecible. Me recomendó que hiciera lo mismo con Ana.
La velada se prolongó hasta las cinco de la madrugada. Se habló de muchas cosas, de la naturaleza humana, de nuestro papel en el mundo, pero no se llegó a ninguna conclusión. Nos despertamos por la tarde. Pronto nos vimos andando hacia el discurso de la tal Simone. Chantal y mi hermano desaparecieron. François no tardó en percatarse. A nadie le pasó desapercibido su gesto triste, desilusionado, como el de un estudiante brillante ante un examen facilón.
Comenzó la conferencia. Susurré algo a Ana y nos evaporamos. Las pensiones del centro no estaban mal y no eran caras. Por un momento pensé con cierta culpabilidad que podríamos coincidir con mi hermano y Chantal.  Qué hubiese importado. Nos habríamos sonreído pícaramente y cada uno por su lado. 
La tarde, qué tarde. Los dos teníamos algo de experiencia y nos desenvolvíamos con soltura.  Fue agradable y cálido, como el abrazo de una madre tras un berrinche sin importancia. Decidimos pasar la noche allí. Volvimos al piso de los alemanes por la mañana, agarrados por la cintura.

 Mi hermano apareció con ojeras.
 Fumaba un cigarrillo en el portal y lo vi llegar.
 Le pregunté si había sido una noche muy larga. Me contestó que ni me lo imaginaba. Eso refrenó mis ansias de contarle los detalles de la pensión  en la que había pasado la noche con Ana.  El tono fue lapidario, fúnebre. Qué coño pasa, le pregunté saltándome los preámbulos. Percibí su nerviosismo, cómo se le desdibujaba el rostro con cada palabra. Me dijo que había pasado algo, que no se lo explicaba. No habían tomado nada raro, sólo un poco de hachís. Le pregunté por Chantal. Esta mañana, me dijo, estaba helada. No se despertó. Simplemente no se despertó.
Había abandonado el cadáver en la pensión. No se lo podía explicar. Lo repetía continuamente. Luego habló de coger algún avión, de desaparecer una temporada. Me preguntó si podría volver a España solo y le contesté que no habría problema. ¿Tienes dinero? Le dije. No te preocupes, contestó, ya me pondré en contacto con papá. ¿La has matado? Pregunté. Se desmoronó llorando y juró que no. Dijo que nunca había tocado un muerto, frotándose las manos contra la chaqueta. Se marchó corriendo hacia un taxi.
Terminé el cigarrillo, al cabo llegó François. Me preguntó si había visto a Chantal. Contesté que no y encendí otro cigarrillo.

Cuando tu padre viajó a Johannesburgo.

Enero 23, 2008

Soñaba con niños muertos. Todas las noches. Niños con kalashnikovs que mataban a otros niños, a sus propias familias. Los niños eran negros. Delgados y cabezudos, como cerillas de ébano. Él estaba allí, palpando el horror.  No hacía nada. Simplemente miraba. Y sobrevivía. Al blanco nunca le hacían daño. Le sonreían y le hacían muecas propias de un chaval de once años que empieza saber lo que es un coño de lejos, mientras sujetaban un machete chorreando sangre, con algún trozo de entraña clavado en la punta. Como en una barbacoa. Luego le pasaban a una joven mayor que ellos, a la que habían estado violando por turnos, formalmente, aguantando la ley de la selva,  y le volvían a hacer gestos obscenos. Le invitaban. Él no quería hacer eso con ella y se negaba. La chica reía y lloraba, enloquecida. El semen de varios cientos le escurría por las piernas como un río desbocado. De ella germinará más dolor. Luego los chicos encogían los hombros y seguían con su juego de mutilación y exterminio. Se disparaban. Algunos caían con la cabeza reventada. Él estaba de pie en medio del tiroteo. No le acertaba ninguna bala. Nada, ni queriendo. Los chicos caían y caían. Una granada. Vientres reventados. Estómagos vacíos, hinchados, volando por los aires.  Pero no había metralla con su nombre. Llegado un momento se acercaba  a ver el bando contrario. Quién disparaba. Entonces se encontraba con los mismos niños negros, las mismas armas y la misma muchacha violada por mil negritos y enloquecida. Dónde estaba él. Dónde. En los dos lados y en ninguno. Luego se despertaba, se sentía culpable por soñar con atrocidades y se secaba el sudor. Mares de sudor. Es difícil volver del infierno y no sudar. El sueño se repetía cada vez con más asiduidad, llegó a repetirse cada día. Era insoportable vivir así. Fuimos al siquiatra. Era un hombre de mediana edad. Evitó muecas de repulsión durante el relato de su sueño. Le recetó unos sedantes. Insinuó algo sobre el  stress. Le invitó a buscarse un hobby, a distraerse. Luego me quedé sola con el siquiatra. Me aconsejó que dejáramos de ver la televisión. Y eso que todavía no había un bombardeo mediático de barbaridades, como lo hay ahora. De hecho todavía no se sabía lo de los niños soldado. El siquiatra siguió hablando. Me tuteaba. Tú eres aún joven, no te puedes amargar. Me dio su teléfono personal, por si lo quería llamar a cualquier hora.  Sin compromiso. Un niñita hubiera pensado qué hombre más bueno, pero lo dos éramos adultos.

Las pastillas lo noqueaban. Cada noche moría, cada mañana resucitaba. Compramos una cámara fotográfica y montó un cuarto oscuro en el desván. Me hacía fotografías y las revelaba en el cuarto oscuro. Yo posaba para él y hacíamos el amor. Hicimos mucho el amor esa temporada. Me dio por pensar que follaba con un bote de pastillas. Nueve meses después naciste tú. No lo conociste. Hizo amistad con una panda de fotógrafos hippis que trabajaban en un periódico regional. Al poco estalló la crisis en Sudáfrica, las revueltas de Johannesburgo, el apartheid, mucha gente cabreada con razón. Toda una matanza. Cogió el primer avión y se presentó allí, con su cámara fotográfica. Años después conocí a otro hombre, un reportero, que coincidió allí con él. Me dijo que era impresionante verlo en medio de los tiroteos. No se protegía de las balas tras los parapetos improvisados. Simplemente andaba en una dirección entre el fuego cruzado y hacía sus fotos. Luego fotografiaba a los muertos y a las personas que lloraban a los muertos. Nadie le decía nada porque él mismo lloraba mientras tomaba sus fotos y eso imponía respeto. Salía ileso el muy cabrón, me dijo con cierta envidia. Sus fotos eran cojonudas.  Tu padre me escribió varias cartas. No le dije que estaba embarazada.  Se le notaba alterado, excitado, inmortal. Había conocido a los miembros del bang bang club y trabajaba con ellos. No se molestaba en explicarme ni quién componía ese club. Hablaba de su sueño y hacía comparaciones. No todo era igual. No todo. Yo sabía que acabaría muriendo, por lo que dejé de preocuparme. En Sudáfrica sí que había una bala con su nombre. El incidente salió en los noticiarios. Volvió en un cajón de pino bastante cutre, que enseguida cambiamos por otro más opulento. Su madre me llamó enfurecida. Le dije que estaba encinta, de tres meses, y se calmó. Tras el funeral busqué el número personal del siquiatra. Y hasta hoy. Bastaría con que lo llamases papá de vez en cuando. No sé que te cuesta.

En un vaso de agua

Enero 18, 2008

No había pensado más que en Dolores, esos días, y en el agudo conflicto que ella me planteaba. Llovía, sí, llovía mucho, pero sólo los demás parecían darse cuenta de eso. Yo caminaba por la calle inundada, haciendo surcos como un fueraborda, contado los veintipocos años de Dolores. Pensaba en mi mujer y en mis hijos, y me sentía inmadurísimo, abocado a cometer una estupidez. Me pregunté si en realidad ella era la mujer de mi vida. Entonces dejó de llover y se conjuró una respuesta.

Qué sabía Dolores de mis tribulaciones. Ella apenas hablaba. A veces se le escurría un poco de miel en forma de palabras estúpidas por la barbilla y yo contestaba, a merced de sus ocurrencias. No me había enamorado de su locuacidad, claro. Eran sus ojos y su cara, que parecían echar a rodar en cualquier momento. Su fijación. Su seguridad, rallando lo ingenuo, lo idiota e impensable.  Sus veintipocos años me llevaban al abismo. 
Me infringía pequeñas laceraciones por la noche, en varios puntos del cuerpo a la vez, para recordar su nombre a fuego. Mi mujer  me veía retorciéndome en la cama y me preguntaba:
-Cariño ¿Qué pasa?
-Nada, nada. Lo de siempre.
 Mucho más tenía que decir.
 “Nuestro matrimonio se ha acabado. Quédate con los niños que yo paso. Iré a decirles que les quiero una vez al mes. Puedes hacerme quedar como el malo, si te apetece. Da igual.”
Pero callaba.
-Te lo tienes que ir a mirar.
-Ya cede, ya.
-¿Has visto? –me dijo- Hoy ha dejado de llover.
-Deberíamos apuntar a los niños a un curso de natación, por si las moscas.
-Ay, no. Quita, quita. Que se mojan.

También supe por esas fechas que alguien me seguía por la calle, al salir de la consulta. No me importaba, vivíamos en un país libre, y además me gustaba pensar que era Dolores quien lo hacía. Que se deshacía de su novio con alguna burda excusa, y que me esperaba entre los contenedores de enfrente de la consulta, mientras observaba mi silueta a través del cristal, dando chapa y pintura a la enésima caries, pensando en comprar alguna sábana opaca para la cama, (todas son opacas) o no, mejor con transparencias, para jugar, y a colación,  qué me dices de la mampara de la ducha.
Que yo salía con aire resignado y sexy, dejándome regar por una lluvia infatigable, surcando la calle cual titanic. Y ella detrás, con miedo a ahogarse en mí. Y delante yo, con miedo a ahogarme en ella.

-¿Cuándo? ¿Cuándo pasará Dolores por la consulta a que le revise su tardía ortodoncia? -Preguntaba al secretario. Acuñaba una mueca de desaprobación y decía que mañana. Suspiros.
-Ays.
-No es por meterme en nada pero…
-Pues no se meta.
-Punto en boca, jefe.
-¿Y qué tenemos para hoy?
-¿No huele la naftalina?

Alguna nube rota, nada más. Un cielo que invitaba al conformismo optimista.  La cohorte de viudas esperando sus dentaduras postizas avanzaba lentamente, cada una relatándome sus propios problemas de salud y los de sus allegados, como si por llevar bata fuese un superman del reuma. Ays, Dolores.
-¿No puede hacer nada, Doctor?
-No soy médico, soy dentista.
-¿Y? –me miraba la bata.
-Sería intrusismo laboral. Me metería en un lío.
-No me sea usted como el cura. Deje de decir cosas raras.
-¡Pero…!
-Claro, claro.
De claridad nada. Parecían no haberme oído y seguían con la perorata.
La sexta viuda se negó a pagarme el postizo.
-No se lo voy a pagar –me dijo.
Opté por escuchar. Las excusas siempre son interesantes.
-No merece la pena que le pague nada. A usté le sobra y lo que me ahorro me viene bien para disfrutar de lo que queda. Me voy a comer tres lechazos enteros. Sola.
Yo atónito, claro.
-Que sí. No me mire con cara de muerto, que no tengo nada contra usté, que ya sabe que lo aprecio mucho por su trabajo y dedicación, pero ya no me merece la pena pagar ná. Pero, ¿No se ha enterao?
-La verdad es que no.
-Lo dijo el cura el domingo. Y es verdad que los obispos están revueltos y de viajes y más viajes, que mi sobrino trabaja en el aeropuerto y ha visto mucho movimiento de santurrones últimamente.
-¿Puede concretar?
-¡Se nos acaba el mundo, don dientes! Va venir un segundo diluvio y nos va ahogar a todos.
-Si ya no llueve –me reí.
-No, diluvio, no. Que una está tonta con la edad. Inundación. El agua va a venir desde abajo y no va dejar ná con vida, se lo va a tragar todo desde abajo. El cura está muy preocupado. Y las demás se ríen, sí se ríen como usté, jajá, pero yo sé que de miedo. No usté no; usté se ríe porque es un incrédulo, pobrecillo. ¿Lo conoce usté al señor cura?
-Ah, sí. De vista.
-Pues eso. Que no le voy a pagar.
Y se marchó.

Quedé sentado, reflexivo. Hice pasar a las demás y no toleré más charla absurda. Alguna me llamó arisco, con ese desparpajo de la tercera edad. Fui desagradable. Luego lo lamenté sin demasiada convicción. Qué pensaría Dolores de mí. He podido espantar a su madre. Pero Dolores y yo no necesitábamos de la familia. Huiríamos de todo y de todos y nos dedicaríamos por completo el uno al otro. Imaginé situaciones, unas más sugerentes que otras, pero todas necesarias. Al terminar mi reflexión el secretario ya había desaparecido.  Me supe pueril y opté por marchar.
 
En la esquina donde se construía un edificio nuevo, un grupo de obreros se congregaba en torno a un charco. Alguien me seguía. Yo andaba feliz, pensando que era Dolores de nuevo, y el gesto de mi rostro contrastó con el semblante preocupado de los que rodeaban el charco. Los gamberros del centro recreativo que quedaba justo en frente, habían abandonado sus asuntos y fumaban en posición de punta de flecha, mirando con atención al charco. El cabecilla no decía nada; lo demás apenas escupían de vez en cuando. En un acto improvisado, me acerqué y metí un dedo en el agua, para luego chupármelo. Algún obrero me miró.
-Señores –les dije- ¿a cuanto queda el mar de esta ciudad?
-Unos cuatrocientos kilómetros, -respondió el más renegrido de ellos.
-Es un disparate –dije, y seguí andando.
Fuera quien fuese el o la que me seguía, desapareció. Pensé rápidamente dónde podían mis hijos aprender a nadar. Un curso intensivo. Antes de llegar al portal, me giré varias veces y pude comprobar como el charco crecía ostensiblemente. También pensé en Dolores y eso me ayudó a mantener la cordura. Dolores, Dolores, debemos darnos prisa,  predije. El mar se nos echa encima. O debajo.

 En la cama mi mujer me dijo:
-Cariño, ¿Te has fijado en el charco de la esquina?
-Sí, claro. Alguna fuga importante. Puede que mañana nos corten el agua a todos. Se les habrá ido la mano con el pico.
-No sé. Es raro. Además, se habla por ahí de…
-¿De qué?
-Nada. Habladurías.
-No hagas caso de todas las bobadas que circulan por ahí.
-Cariño –se puso seria-, si las cosas se ponen feas, agarramos el landrover y nos presentamos los cinco en casa de mi madre. Está a más altitud ¿No?
-  Sí, claro.
Pensé:
“Si la cosa se pone fea os vais los cuatro con tu madre a la estratosfera. Yo me quedo aquí, salvando a Dolores.”
Y luego:
“Si la cosa se pone fea y el agua nos llega a los talones de este quinto piso-bohardilla te ahogo con mis propias manos para ahorrarte la incertidumbre.”
Y:
“¡Por Dios!”
-Sabes -me dijo- hoy una anciana ha atracado una carnicería. Cómo está el patio.
Me dormí horrorizado.
No pude evitar sueños en los que unos cuerpos, que portaban cabezas de globos de helio, (hinchadas, redondas y neumáticas como la cara de Dolores) se acercaban hacia a mí y explosionaban. Todas eran grotescas versiones de Dolores y también lo era ninguna.

Desperté a la mañana siguiente de un desconcertante buen humor y miré por la ventana. Acto seguido decidí embutirme en las botas de vadear, que guardaba junto a un, proclive por falta de uso, equipo de pescador. Eran de neopreno, muy eficaces. Ninguneé el “dónde vas” atemorizado de mi esposa, me lancé a la calle. Allí se oían cada vez más voces de “ya lo decía don fulanito y…” y chapoteos de un agua que llegaba por las rodillas y hacía penosa la marcha.
 Pero yo tenía cita con  Dolores.
Dolores se personó en la consulta con su novio, contrariados los dos por el volumen hídrico. La consulta, un bajo, estaba inundada, pero no cejé. Fui irresponsable pues estaba enamorado, e hice esperar al novio en la sala de estar. Se mojó el culo al sentarse.

Dolores, pasa. Dolores, abre la boca. Y se hacía un agujero sonrosado dentro de la libidinosa redondez de su cara. Dolores, paciencia. Dolores, ahora voy a ajustarte la ortodoncia. Dolores: un sí, un parpadeo. Dolores: un no, dos parpadeos consecutivos.
-Dolores ¿Eres feliz?
Un parpadeo.
-No, no, pero no esa clase de felicidad. No la que tienes ahora. ¿Tú has visto como están las cosas?
Un parpadeo.
-Es momento de tomar decisiones –el nivel del agua subió de repente y me rozó los testículos. Lo pude notar a través del neopreno.
Un parpadeo.
-Dolores; huye conmigo.
Abrió mucho los ojos. Tanto que pensé que un ojo se le acabaría por salir y flotaría cual veleta de pescador en el inmenso charco en el que nos estábamos ahogando. Junto con mis botas, no era mal conjunto. Por suerte eso no pasó, pero tampoco contestó a mi proposición. No di pie a la decepción, aún era pronto.
Nos despedimos en la sala de espera mientras nos veíamos con el agua al cuello y el novio se interesaba por algún detalle de la intervención odontológica. Contesté sin perder la calma. Ella se ocultaba tras sus hombros, indecisa.
Resolví volver a casa nadando. Los macarras del recreativo continuaban en posición punta de flecha, impasibles, fumando su último cigarrillo, mirando hacia el origen del charco. Por enésima vez alguien me seguía. Los obreros habían abandonado el edificio, supongo que con cierto sentimiento de culpabilidad. La actitud de lo macarras me impresionó: ya no prestaban toda su atención a sus propias motos, a esas alturas inutilizadas. Simplemente una colección de cabezas engominadas al cenicero, miraba hacia un punto indeterminado. Di un par de brazadas y  las olas que produje apagaron varios cigarros. Temí represalias. Ni se movieron. Icebergs.

Debía esperar, me dije, debes esperar tras la esquina y desenmascarar todo esto. Dolores es tímida, cortadilla, y no ha sabido que responder antes. Si no la sorprendes ahora, la perderás para siempre. La pobre no deja de seguirte.
Me aposté tras la esquina, esperando al amor. Pude fantasear varias opciones durante la breve espera, cada una de ellas verdaderamente futurible.
-¡Ah! Se asuntó al verme de sopetón.
Pero el amor me fue esquivo. Hasta en el Apocalipsis. Era un hombre con gafas. Su rostro me resultaba familiar.
-Usted no me conoce –me dijo-, vengo a decirle algo importante.
-Sí que le conozco. Es el cura de la parroquia.
Hablábamos flotando. Los contenedores también flotaban y la mierda se desparramaba a nuestro alrededor. Dolores no estaba, ni estaría nunca.
-Qué quiere –le interrogué.
-Tengo algo que decirle.
-Usted predijo esto ¿No? y cómo lo…
-¡Serás el único!
-¿Cómo?
-Perdone, la emoción. Será el único que sobreviva.
- A qué se refiere.
-Me lo dijo Dios.
-Está loco ¿Por qué yo?
-Sólo Él –señalando al cielo y hundiéndose- lo sabe.
Dios tenía derecho a ser original.
-Prepare una balsa con lo que encuentre por casa, y provéase de conservas para un par de días. Será duro.
-Está loco. ¿Y Eva? Habrá que repoblar ¿No?
-Eso no lo sé.
Y se hundió con una sonrisa en los labios.

Entré en el edificio por la ventana del primer piso. En el recibidor había una nota de mi mujer, avisando de que me había cogido el coche, que estaban con su madre. Destrocé varios armarios y pergeñé una suerte de balsa. Asalté la despensa despiadadamente. Subí al tejado con todo el equipo y me tumbé sobre la balsa, a esperar las aguas. Comencé un padre nuestro, pero al santificar su nombre me di cuenta de que poco tenía que ver él con todo lo que estaba sucediendo. Que no habría Eva. El mundo se había caído en un vaso de agua y un cura se había equivocado de profesión.

Al cabo de unas horas, zarpé.

Una noche soñé con mis hijos:
-Papá -me preguntaban los tres al unísono- ¿Cuál es la mejor forma de flotar?
-Haciéndose el muerto –respondía yo.
Desperté con hambre y triste. Comí una fabada fría.
 No me atreví a mirar por la borda en ningún momento. A veces oía algún golpe blando e imaginaba a Dolores o a mi mujer y a mis hijos, por este orden, flotando, con el rostro hinchado, a punto de estallar.
Gemí sin eco.

El quinto día, desesperado, me tiré al agua. Hice pie y maldije mi suerte.
Las aguas se estaban retirando.
Lo hicieron rápidamente y cuando sólo quedaron vestigios de humedad, pura anécdota, pude observar un campo de cadáveres hinchados como globos de helio.
Lloré y lloré y lloré.
Más tarde me dediqué a besar los rechonchos ahogados que me recordaban al redondo rostro de Dolores.
 

Raíces

Enero 15, 2008

Hay dos alpinistas sin oxígeno en las escaleras, con una pesada carga, abriéndose paso hasta la tercera planta, hasta la misma puerta de esta casa, donde mi madre supongo les abrirá. Uno de los alpinistas es mi padre. Mi habitación queda junto a la escalera y puedo diferenciar perfectamente los crujidos de la madera que portan y que protesta cuando la fuerzan, los resoplidos, las caras sudadas y manchadas de tierra. Pronto cesa. El ruido se vuelve espeso. Lo arrastran por el suelo, encima de una manta quizá, para amortiguar el roce.
Llaman a la puerta. Mi madre se santigua antes de abrir.
-¡Manuel! –grita- ¡Ay Dios mío!, ¡¡Ay Dios mío!!
-Calla, coño. Y échame una mano.
Se puede apreciar un intercambio en el guión. El otro hombre desaparece en un ángulo del recibidor. Lo sé por sus pasos.
-Tú –dice la voz de mi padre-, puedes irte. –Hay un rozar de papel. Puede que sean billetes.
-Mañana más.
-¡Ay Dios mío!
El otro hombre se aleja y la puerta se cierra tras su sombra. Baja las escaleras ágil.  No me cuesta  imaginarlo contento.

Mi padre habla:
-Ya les dije a esos que no dejaba allí ni mi sombra. Na de na. Qué se han creído eso cabrones. ¡Qué!
-Pero Manuel, es demasiado. ¡Ay Dios mío de mi vida!
-¡Tú viste cómo me miraba el cura!, ¡Y el alcalde!, después de tantos asuntos… Son unos cabrones, eso es lo que son.
 
 Del último pueblo nos echaron a patadas. Para mi padre es el último, para mí el único. Persona non grata, dijeron a mi padre. Se nos prohíbe la entrada. Y eso no puede ser.
Yo nací allí y allí dejó mi abuelo la vida. Mi madre nació en la misma sala de partos que yo. Ella deja hermanas heridas en su honor, como  gallinas sangrantes en un pajar lleno de zorras. Si no son fuertes resultarán presa fácil de un enjambre de rumores. Puede que alguna mañana aparezcan en columna, emigrando hacia aquí.

Según me contaron un día de vinos y de lenguas flojas, mi padre y el padre de mi padre se dejaron caer por allí como una pelusa muerta. Un trabajo cualquiera, un pueblo más. Pero mi padre se enamoró. Y echaron raíces. Eso es todo lo que sé.

-No se arrancan las raíces ¡Qué no!                                         
-Manuel, podía haber sido peor. Don Álvaro me confesó que le dolía en el alma, pero que era la mejor solución pa todos.
-¡Si le faltó escupirme!
-Las apariencias, Manuel.
-¡Que se vaya él! A todos nos salpicó mierda.
-Esto es demasiao –dice mi madre. Parece que llora.

Es imposible que yo siga dormido. No con las voces que están dando. Si no salgo de la habitación ahora, mañana temprano mi padre caerá en la cuenta de que con los gritos que pegó anoche es imposible que yo durmiese, y si estaba despierto que por qué no lo dije, que menudo cagao que soy. Así que me calzo y salgo de la habitación.

-Y ahora éste –dice mi padre al verme- ¿Qué haces?
-Soñar con muertos.

Es de madera oscura y de casi dos metros de largo. Está maltratado por la humedad. Cruje sin que nadie lo toque. Ha sembrado de barro todo el recibidor. Junto a la puerta un par de palas.

-¿Es abuelo? –pregunto.
Mi padre asiente con la cabeza. Mi madre se tapa la cara.
-¿Puedo abrirlo? –pregunto.
Mi padre me abofetea duramente. No lloro. No soy un cagao.
-Quiero ayudar –digo-. No hace falta que pagues al otro hombre. Yo mismo iré.
Mi padre piensa. Mi madre dice:
-Os va a agarrar la guardia civil y… -se desmorona.
-Hay que buscar Campo Santo –dice mi padre- Eso mañana, en la noche. De momento el abuelo se queda aquí.
-¡Cómo!
-No molesta.  Hoy hay que aprovechar que hay luna y está despejado. Nos van a oír cavar muchas noches más, esos hijos de… No  vuelven a dormir bien. Por éstas que no. 
-Ay Dios mío, -dice mi madre mientras me agarra-, Manuel, el niño no.
Me cuesta desembarazarme de ella.
-Ya es hombre –dice mi padre.
 Me siento con los hombros más anchos,  dueño de una gran responsabilidad.

-Agarra las palas. Vamos que hay luna y buen tiempo.
Asiento y agarro.
-¿A quién ahora? –Implora mi madre-. Si no hay más.
 -Vamos a por el padre de Don Álvaro. Lo perderemos en la sierra, con lápida y todo. No va a tener huesos ese cabrón a los  que llorar. Aún tenemos noche para eso y para desaparecer. Pero me voy a comer las raíces de ese malnacío. Veremos si hay tiempo de más.
-Os van a matar. Os habrán oído y estarán esperando.
-Pues vete rezando, que puede que esto se llene de almas antes de que amanezca. Les vamos a dejar el cementerio lleno de hoyos. Así podrán guardar toda su mierda.
-¡Manuel!, ¡Os matan!, ¡Te digo que os matan!
-Nos vamos.

Hay luna suficiente, nos hace sombra. Arrancamos la camioneta. Creo que mi padre está orgulloso, pese a todo. No sé en que pensar durante el viaje.  Ya lo dijo mi madre. Nos esperan un motón de huesos y un puñado de balas.

Luto por el tercer gemelo

Diciembre 22, 2007

Compartimos un alma entre los tres. Lo supimos al nacer;  en el útero de nuestra madre no había espacio para más. Así crecimos, así vivimos y así ha muerto uno de los tres.  Pero la herida mortal la llevamos  en el mismo alma. Y nos escuece a los que quedamos vivos.

Si la herida ha de escocer, que escueza porque se está curando.  Hay dos tipos de dolores en esta vida. Suena sentencioso. Uno purifica y otro pudre. Por eso no lo sabemos. Puede que los dos que quedamos  nos estemos pudriendo o nos estemos curando.
Sospecho que cada uno tiene su teoría.
Mi otro hermano insinuó que el  tema estaba zanjado (no aclaró en que sentido). Acababa de pasar. Se giró, dejó atrás las puertas de la UVI y me dijo:
-Se acabó –se frotó las manos.
 Y no nos hemos vuelto a hablar. Ni falta que hace cuando se tienen ojos. De hecho él no ha vuelto a hablar con nadie. Vamos ahora los dos hermanos de luto integral, en un autobús urbano, sin mediar palabra.
Hay un viejo que nos mira mal por no dejarle asiento. Hay más asientos libres, pero él quiere el nuestro. Puede imaginármelo, cuando por fin lo consiga, presumiendo del asiento de los gemelos de luto.
 Y una muchacha que no sabe con cual de nosotros dos quedarse.  Yo no tengo vergüenza y mi alma escuece. Al bajar en la parada acerco mi cabeza y le digo a la muchacha:
-¿Ya te decidiste? –ella se sonroja-, pues antes éramos tres. Imagínate.
Tres con el mismo alma.
El viejo ocupa uno de los asientos que dejamos libre con un bufido.

Tenemos  que andar un rato, no demasiado.  El ambiente fúnebre, ya se puede adivinar. En la entrada, los vendedores de coronas no intentan nada  con nosotros. Se quedaron con nuestra cara, la semana pasada. Nada ha cambiado.
¿Y el alma?
 El alma escuece sin remisión.
-¿Creías que venir al cementerio iba a arreglar algo? –increpo a mi hermano.
No va responder. Ni me mira. Bueno, es mejor que estar en casa.

 Sabemos llegar hasta el nicho eficazmente; hace menos de una semana que enterramos aquí a nuestro tercer gemelo. 
Hemos venido por iniciativa de mi hermano vivo, aunque no hable. Camina derecho y serio. Hace una hora se comenzó a poner el traje y lo imité. Luego lo seguí hasta el autobús. No me gusta dejarlo solo.
Se para ante la lápida y no hace nada.
Esperamos.

La noche del incidente yo dormía. No había salido por ahí. Mis hermanos, en cambio, sí.  Estaban de marcha por distintas zona del centro.
Nunca salimos juntos. Cada uno tiene (él también tenía) su grupo de amigos y su zona. Sin embargo, si alguna vez nos encontrábamos en la calle, borrachos los tres, resultábamos un curioso reclamo para las mujeres. Si uno no era feo, ninguno lo era. Tres gemelos idénticos, dónde se ve eso.
Llamaron sobre las cuatro de la mañana. Oí como mi madre se ponía a llorar y mi padre se vestía rápidamente.
Mi padre me encontró sentado en la cama. Con las manos en el estómago.
-Es tu hermano –me dijo sin concretar. –Lo han apuñalado.
Fue a las tres y veinticinco, en una calle del barrio. Se me congeló el estómago y el frío me subió por la garganta, como si la mano desnuda de un nepalí masturbase mi esófago y luego tirase hacia abajo. Después el escozor. Mi tercer gemelo no duró mucho.
-Llama al otro, llama al otro –gritó mi padre.
No dudé a quién llamar.
En la UVI nos encontramos la familia al completo. El hospital de noche parece sumido en un coma indiferente. Mi hermano me agarró y me dijo eso de:
-Se acabó, -frotándose las manos. Tenía frío.

Escuece, escuece. El día que deje de escocer me temeré lo peor.
En el cementerio, como en todo, la rutina se impone. Hay trasiego de plañideras y enterradores bebidos. También hay un tipo que se encarga de recoger las flores más recientes e indefensas, y de revendérselas a los comerciantes de la entrada. Con este frío parece que duran más. Dos o tres entierros, calculo.
Para la ceremonia de mi hermano las elegimos de primera mano, yo mismo me encargué.

Han detenido a tres individuos que deambulaban por la zona, pero aún no se sabe nada.
También interrogaron a la familia, haciéndonos preguntas incómodas. Teníamos coartada. Mi hermano, aunque no ha respondido a ninguna pregunta (por el shock, según el sicólogo), tenía testigos, yo sueño. Mucho sueño. Los detectives de la policía no han tenido huevos para preguntar si teníamos alguna buena razón para matarlo. Pues claro que no. Por lo visto lo han matado tres individuos. Tres hombres: cada uno con su alma.

En casa el ambiente es sofocante.
Mi padre clama contra la inmigración, por si acaso.
Mi madre se encarga a  de recordarnos lo monos que éramos los tres de pequeños. Suele derrumbarse a los cinco minutos. Además, no hace falta. Nos acordamos de muchos detalles.
La tumba es de un color blanco nacarado, no está nada mal, pero prefiero que a mi cadáver lo incineren cuando llegue el momento. Soy claustrofóbico. Ayer lo comenté con mi padre, nunca se sabe. Mi  hermano no sé lo que habrá decidido al respecto.
De momento sigue ahí plantado.
Recuerdo que cuando mamá no miraba me decía:
-Tenemos que matarlo. Si no, él acabará con nosotros.
El otro siempre jugaba solo y nos miraba,  tramando algo. Era enrevesado. Calculador. Frío. Una pareja de hermanos por un lado y uno solo por otro, tirados por la alfombra del salón, jugando con el lego.
-Tenéis que jugar los tres juntos –decía la abuela.
Mi hermano cómplice hacía una pistola con los bloques y  apuntaba.
-¡Pun!, ¡pun!
El otro observaba en silencio. La misma historia cada vez.
A mí me parecía particularmente bien. El truco estaba en sobrevivir.
A los doce mi hermano compró un puñal en un tienda de empeños Me lo enseñó al llegar a casa, con secreta devoción, en la litera de arriba. Dormíamos en la misma habitación, por iniciativa propia. Ambos recorrimos su filo con entusiasmo. Lo escondió en alguna parte.
-Llegará el día, -me dijo.
Asentí.
Hasta la semana pasada nos hemos mirado igual. Dos hermanos sentados en un lado de la mesa para comer, uno en el otro lado. Un mismo alma para los tres platos. 
La abuela con el paso del tiempo lo acabó dejando estar.

Mi hermano saca algo del bolso.
Sé que es el puñal, porque lo ha estado buscando antes de que saliésemos de casa. Está recubierto de un paño blanco, tan inmaculado como el mármol de la tumba. Se asegura de que el tipo que roba flores no está mirando y lo entierra junto al sepulcro, a una decena de centímetros de la superficie. Cuando termina observo que las uñas le están sangrando.
Se gira, me mira y dice:
-Se nos adelantaron –titubea de cariño-. Mierda.
Asiento nuevamente. No acierto a adivinar con que connotaciones lo dice.

Puede que el escozor no dure siempre. Cesará al cabo de un tiempo, como una amputación. El alma seguirá siendo para dos, pero en vez de arrastrar un cadáver, poseerá un muñón. Me siento mejor al pensar esto último.
Tanto, que casi puedo palpar su futura ausencia.

El descanso del pescador

Diciembre 20, 2007

Disfrutar de un día de calma chicha en tierra, masticando el sedal de un palangre viejo. Y esperar nada. Que cambie el signo del cielo, quizá, o que la mar se enturbie y me mande a casa a despedirme de mi familia, pues mañana toca faenar y han predicho mar gruesa.
 Mi mujer y yo nos despedimos con devoción esas noches del trueno.
Me hacen gracia mis hijos, que acuñan gesto de hombres por lo que pueda pasar allá, lo que se quede para siempre en salazón o por lo que, quién sabe, no vuelva ni tieso a la playa.
La mar da, pero también quita demasiado.
El hombre allí recoge y muere.
En tierra roba o recoge -según sus oportunidades- y mata.
La mar se nos traga, pero perdonamos si los hombres le sacamos ventaja en eso de engullir vidas. Y todos sabemos que es así. Ahora más que nunca.
Hay mares de sangre ahí fuera. Pero el rojo no se ve por la noche y en la mañana lo diluyen las olas.

Por eso me gusta ver sentado un día de calma chicha, apoyado en el muro norte de la lonja. Es el reposo del pescador.
 
Hoy no hay jaleo, ni gente gritando. Huele a miedo en vez de a pescado vivo.
Yo no tengo miedo, para qué. No me ufano. Les he dicho a mis hijos que tampoco tengan miedo, que es mejor  no vivir que hacerlo con miedo. 

Ha llovido estos días. Nadie ha estado por faenar.
Las calles estás húmedas. La mar se quiso meter, pero al final no pudo. Hubo disparos y gritos. Mi vecino salvó la vida; dijo que al lado vivía un rojo. Mi mujer y yo nos despedimos con la misma devoción que un día de mar gruesa y mis hijos fueron hombres una vez más: entre los dos me empujaron al agujero que está al final del desván y lo cubrieron con un  armario.
Entraron en casa.
-¿¡Dónde está el rojo!? –preguntaron.
¿Rojo? Pensé. Lo rojo baja calle abajo y lo limpia el agua.
-Se hizo a la mar –contestó mi mujer.
La abofetearon.
-¿Con este tiempo? –dijeron.
-Prefiere morir allí. ¡Qué quiere!
Registraron la casa, las camas, abrieron el armario y nada. Yo respiraba en mi agujero.
Dijeron que volverían.
Las guerras deben ser así.

Pero, han parado las lluvias y llegado la calma, el sol. El reposo del pescador un día de calma chicha en tierra. Y yo me he cansado de estar en el agujero.
He salido a hurtadillas, no lo niego, y por la puerta de atrás. Mi familia no lo hubiera permitido. Estaban todos disimulando mi muerte en el zaguán. Ellos, mi último cabo en tierra. No lo me lo van a perdonar.
Salgo. Mejor dicho, zarpo.
Una mujer mayor, que me ha querido toda la vida me ha visto por la calle y señalándome ha dicho claramente:
-Muerte andando.
-Buena tarde, –he respondido. Demonios, hace una temperatura estupenda.
Camino hacia la lonja y me siento.
 La gente pasa a mí alrededor como fantasmas. Sólo mujeres y niños, a la expectativa e incrédulos de verme. Alguno se acerca y me dice que me vaya. Una niña se despega del brazo  de su madre e intenta levantarme tirando del mío. No le asustan las asperezas de mi mano.
-Yo sólo quiero mascar  sedal, -le digo, y se pone a llorar.
Aparece otro hombre. Nos conocemos, hemos compartido patrón. Toma asiento a mi lado.
-Buena tarde –me dice.
-Sí, -respondo.
Atardece rápidamente, como si el día tuviera prisa por irse y no ver más. El resto de la gente ha desaparecido. La lonja más muerta que de madrugada.
Es el descanso del pescador.

Al final llegan dos hombres, con camisas azules desabotonadas y fusiles. Caminan con decisión hacia nosotros, como un buque hacia su  naufragio. De cerca observo que no son de aquí, me lo dicen sus manos. El sol se va definitivamente.
Preguntan nuestros nombres y afirmamos con la cabeza. Nos obligan a levantarnos.
Ellos también tienen miedo, como  mi vecino, pero lo disimulan detrás de los gritos. No tendrán más de dieciocho años. Recuerdo lo que les dije a mis hijos y eso me reconforta.
Me atan las manos por la espalda.
Nos preguntan que dónde nos habíamos metido ayer.
-Nos hicimos a la mar –respondo.
-¿Con ese tiempo?
-Probamos nuestra suerte.
Mi compañero asiente.  De pronto nos están llevando a la playa.
El más joven de los dos se interesa:
-¿Por qué volvisteis?
Casi lo dice con tierna incomprensión.
-Chico, ¿Has visto qué día hace? –responde el otro hombre.

Hay marea baja. La mar está lisa como una cama recién hecha. Se podría caminar sobre ella.
En cambio los pies  se nos hunden en la arena.
-¡Quietos! -Grita uno.
Qué día.
Las playas no se tiñen de rojo. No de noche.

La broma

Diciembre 18, 2007

Tino no era el único en la oficina que no sabía hablar inglés, pero era el que peor lo llevaba. Ante un texto anglosajón se encontraba como un niño en una habitación oscura. Acudía a su rostro una palidez mórbida y la voz le temblaba, desconfiada, al pedirle a alguno de nosotros que por favor se lo tradujera. Antonio, por ejemplo, tampoco dominaba el inglés, pero pedía ayuda sin temor o se perdía durante horas entre los consejos de un diccionario bilingüe. Tino era incapaz. Si lo intentaba, devolvía el diccionario a su sitio con las páginas arrugadas por el sudor.
-Tino –le decíamos- ¿Un viajecito a Londres en el puente?
-Iros a cagar –respondía.
Por lo demás Tino era un tipo normal, jocundo incluso, ni feo ni guapo, que vivía solo en un apartamento sin  pretensiones de picadero, y que visitaba a sus padres (viven en otra ciudad) el primer domingo de cada mes.

La idea fue de Joaquín, el de marketing. Todos estuvimos de acuerdo. En realidad la chispa original no fue suya. Había leído algo sobre una experiencia parecida en internet y nos persuadió sobre lo bien que  podíamos llevarlo a cabo. Alguno se carcajeó pensando en el resultado, e inmediatamente fue reprimido por las miradas cómplices de los demás. Tino estaba a unos metros y la discreción resultaba ser un ingrediente fundamental. Joaquín conocía a la suficiente gente, sólo necesitaba tiempo para correr la voz. Pusimos una fecha límite. Lo que tuviera que ser que fuera. Luego cada uno desapareció detrás de su monitor con una sonrisa maliciosa.
Con el tiempo me he preguntado alguna vez qué fue lo que impulsó a Joaquín promover aquella descabellada  empresa. El hecho de que un tipo como él, con varias titulaciones en lengua extranjera y años en la escuela de idiomas a sus espaldas, se cebara con alguien como Tino debería haber hecho temblar a los demás, que nos ufanábamos  (y en menor medida seguimos haciendo) en exceso de nuestro, llamémoslo, burbujeo británico. Burbujeo, ya que es fácil ver como naufragamos en medio de  una conversación. Saber poco no es mejor que saber nada. Saber poco te hace pretender lo que aún no puedes y en consecuencia fracasar. Tino no sabía inglés. Los demás sabíamos poco inglés. Que un hombre docto en idiomas se confabulara con una panda de medio ignorantes para gastarle una broma al más ignorante de todos era sospechoso, pero nadie lo vio así. Puede que Joaquín empezara de esta manera su particular exterminio. Y bien pensado, cualquiera puede ser el siguiente.

¿La broma? Bueno, cabría declarar que la receta para el éxito de cualquier broma es la sencillez. Esparcir un bote de nocilla por el picaporte interior de un baño público en el que todavía queda gente y dar un portazo desde fuera es sencillo y tiene una alta probabilidad de éxito. Por extensión, llevar a término una broma en la que participará gran cantidad de personas, debe regirse por la misma norma: sencillez. Algo que todos puedan entender y acatar.
Otra de las claves de una broma reside en conocer el punto débil del embromado. Algo que poder explotar. Con Tino fue fácil. La fase de la observación nos la saltamos.
Joaquín se esmeró en lo suyo. Contactó  con toda la gente que fue necesaria, incluso con más. Llegó a convencer a los padres de Tino para que colaboraran. La totalidad de sus amigos ayudó con gusto, clientes, incluso una ex novia en la que Tino aún confiaba. Sus vecinos, la gente con la que habitualmente se encontraba cuando iba al trabajo (por suerte vivía cerca) y los dependientes de todos los establecimientos abiertos en esa ruta también aceptaron participar. La gente solía anteponer la desconfianza a la colaboración, como si fueran ellos la víctima de la broma, pero la sonrisa de Joaquín y sus dotes como orador entusiasmado disuadían al más cetrino.
-¿Conocéis a Tino? –preguntaba.
Si la respuesta era afirmativa, les explicaba el asunto. Si no era así, les entregaba una fotocopia de una foto reciente.
-Y –continuaba- ¿sabéis algo de inglés?

Todos hablaríamos inglés durante un día. Todos, todos, todos. Desde el bedel de la comunidad de Tino hasta el más que mostrenco dependiente de la ferretería “Dolmen” que hacía esquina frente al que fue su apartamento. Daba igual que no supiéramos nada del idioma. Tino tampoco. Con que barbotáramos cuatro palabras ininteligibles entre las que luciera un universal “yes” o “house”, bastaba. Joaquín nos aprovisionó a todos de un lista de palabras recurrentes, por si las moscas. Incluso recomendó a varios de los medio- ignorantes, yo incluido, que si nos atascábamos, no dudásemos en decir cualquier incoherencia léxica, con tal de no perder la fluidez.
Tino, previsiblemente, enloquecería ante dicha circunstancia, y alguno disimuló una cámara por la oficina con el fin de inmortalizar el momento.
A nadie se le ocurrió que se nos pudiera ir la mano y, llegado el momento,  nadie tuvo valor de terminar con ello antes de que, efectivamente, se nos fuera de las manos.
Todos, todos, todos hablamos inglés hasta el final.

Llegó la fecha.
Tino despertó como todos los días. No encendió la radio, ni la televisión, aborrecía de esas cosas por la mañana. Desayunó de pie, un vaso de leche sola y un par de galletas maría. Se duchó, vistió y salió a la calle. El bedel, que a esas horas fregaba el portal lo despidió con un sonoro “goodbye” que a Tino  extrañó y pareció excesivo a partes iguales.
Durante el trayecto se topó con un grupo de escolares camino al colegio, que canturreaban una canción infantil en inglés. Tino sacudió la cabeza, contrariado.
En la oficina,  esperábamos su llegada. Alguno practicaba frente al espejo del baño el genitivo sajón.
Lo saludamos.
-Hello.
-Good morning.
-How are you?
Etcétera.
No pusimos demasiada afectación. Hubo unos bostezos y fingimos estar demasiado ocupados para bromear, como todas las mañanas a primera hora. Lo observamos por el rabillo del ojo, viendo como se quedaba un momento mirando a su alrededor, conteniendo para sí un comentario malhumorado. Aguantamos la risa. Se sentó y comenzó a trabajar.
Tras resolver sus tareas, aún cabreado, se dispuso a revisar la correspondencia de la empresa. Completamente en inglés. Los clientes que escribían eran patrios, pero la correspondencia estaba en inglés. De la primera a la última línea.
-Mecagüendios –se escuchó por la oficina.
Aquí empezó el grueso de la farsa.
Tino se dirigió a Joaquín para que le tradujese las dichosas cartas y éste le contestó que todo estaba bien, que dónde estaba el problema. En inglés, claro.
-What´s the problem? –dijo.
Tino palideció, sumiso, y volvió a su plaza. El resto comenzó a interactuar fingidamente como si de un lobby anglosajón se tratase. “What´s up” por allí, “let´s go” por allá. Colabrorábamos con Tino como si de un día normal se tratase, pidiendo los encargos normales  que él solía hacer, con la particularidad de que ese día  lo pedíamos en inglés o, en su defecto, en un dialecto ininteligible. Ante nuestra sorpresa Tino, blanco como el mármol de una tumba recién puesta, continuó con sus quehaceres diarios, fingiendo normalidad, pero con un temblor preocupante en las cejas. No se molestaba en hablar, sólo asentía.
Sudaba. A lo largo de la mañana visitó varias veces el baño, víctima de un apretón o una nausea. Luego comenzó con las llamadas telefónicas. Cada poco salía de la oficina, marcaba un número en su móvil y tras intentar hablar con alguien, colgaba.
Por lo que sabemos habló o intentó hablar con todos sus amigos, también con su más reciente  ex novia. Nadie se había olvidado de la fecha y todos actuaron con sutileza y efectividad. Habíamos dado en el clavo. Tino caminaba con el rostro desencajado y circuló una nota por la oficina pidiendo que termináramos con la broma. Joaquín se negó.
Faltaba la familia, pero Tino, que ya a esas horas se habría convencido de su locura se opuso a llamarles.
A las tres en punto propusimos “some beer” en el bar de al lado, que frecuentábamos, y donde habíamos adoctrinado a los parroquianos para que nos siguieran  el juego. Allí la broma debía alcanzar su punto álgido y finalizar. Para ganarnos su perdón lo invitaríamos a comer.
Contra todo pronóstico (¿contra todo?) Tino huyó hacia su casa sin tan siquiera despedirse. Algunos lo seguimos a cierta distancia, preocupados por su estado. Joaquín se enfadó.
-Ya se le pasará, –dijo- mañana nos disculpamos y fin.
Una vez más Joaquín fue convincente.

A Tino no lo hemos vuelto a ver.

Hizo escala en la ferretería, donde compró, tras entenderse a duras penas con el dependiente,  tres metros de soga gruesa.  El tipo  se reía mientras nos lo contaba.
Que si menuda cara ponía cuando  le dijo “damacahcu jamien yes jello” o algo así. Sospechamos que al dependiente le faltaba un hervor. Venderle una soga a un hombre tan desquiciado como lo fue Tino aquel día. Uno de nosotros quiso abofetearlo.
-¿Por qué? –preguntó tras la narración- ¿aún seguís con la bromita?

Otros testigos (pues medio barrio lo conocía  e incluso es probable que alguno guarde la fotocopia de su fotografía  que Joaquín se encargó de repartir) aseguran haber estado muy al tanto de sus movimientos tras su salida de la oficina.
Andaba desvaído, como borracho. Si interpelaba a alguien éste le respondía en inglés. Luego entró en la ferretería y media calle aprovechó para reírse y compartir impresiones sobre la buena marcha de la broma. Completos desconocidos hablaban entre sí sobre otro desconocido y le sacaban punta al asunto. Cuando salió de la ferretería, armado con la soga, hubo malas caras, pero nadie se atrevió a pararle los pies.
Dobló la esquina, enfiló su portal y un matrimonio de inmigrantes suramericanos le preguntó sobre la localización de cierta calle.
Eran las primeras palabras en castellano que Tino escuchaba ese día.
Resolvió su duda y, presto, subió a casa.
El bedel lo recibió con un sonoro “hello”.

Ya era tarde cuando escuchamos todo esto, pero igualmente salimos corriendo hacia su casa y tiramos la puerta abajo. Vi a alguno de mis compañeros llorar de miedo. En el apartamento encontramos la soga con un dogal a medio a hacer, pero de Tino, vivo o muerto, ni rastro.
Lo más real de la vida viene con la muerte, pero ya es demasiado tarde, pensé.
Tino, medio loco, había encontrado otra opción.
-¿Dónde está? –gritó alguien -¿Dónde?
Joaquín nos esperó en la oficina, y repasó nuestras miradas de una en una.
-Nadie está libre de pecado –dijo temiéndose lo peor.

Sus padres comenzaron a llamar y nadie quiso contestar al teléfono.

El coche de Tino apareció días después cerca del aeropuerto internacional de Lisboa. Desde allí había  comprado un billete de ida  hacia una importante capital suramericana castellano-hablante, según nos informó el mismo aeropuerto. No podían decirnos más, entraba en conflicto con la confidencialidad de datos de la aerolínea.

Mi vecino

Diciembre 12, 2007

Mi vecino tiene un don con las mujeres. Es fascinante.  Cada fin de semana registro tres tipos de voces femeninas distintas al otro lado del tabique que compartimos. Voces que se van tornando gemidos con el paso de las horas. Gritos que me hacen abandonar los libros de contabilidad y empañan mis gafas.
Unos el viernes, en la noche. Otros el sábado, también en la noche. Los terceros el domingo, después del vermú. Quizá sean estos los más desgarradores de los tres. En cualquier caso mi vecino es un tipo organizado. Nunca tiene deslices entre semana. Su trabajo es un misterio para mí.
Con frecuencia me topo con las susodichas tras lo que parece una frugal despedida, que poco tiene que ver con lo que se escucha tras la pared. Cada vez más, de un tiempo a esta parte, ya que un servidor se ha encargado de propiciar estos encuentros.  Más que nada por comprobar si se trataba de profesionales, y así, lo que parecía un auténtico donjuanismo  extremo, podía haberse visto reducido a una generosa cuenta en los numerosos burdeles de la ciudad. Con el plus del servicio a domicilio, además.
Pero no.
La mayoría, chicas jóvenes, (de intachable  virtud), con perfil universitario, atractivas y casi atractivas. Todas serias al entrar y serias al salir. Mujeres que me sacan la lengua con total solemnidad cuando coincido con ellas en el ascensor. También alguna mujer madura. En cuanto a esto último (no son las más usuales) supuse que cuando no le quedara más remedio, tendría que sumergirse en las profundidades de un local oscuro, donde divorciadas y solteronas luchasen por el mismo pez gordo. Un lugar donde valiese lo mismo una visa oro que un curso de ilusionismo sobre las visas oro, y cómo parecer el poseedor de una de ellas.
Pues tampoco.
Una observación más escrupulosa me reportó la sorpresa de que las maduras eran mujeres casadas, con alianza, (ergo de intachable virtud) curtidas en el cuadrilátero del casto y salvaje lecho marital. Por supuesto, se  encaraban conmigo en el ascensor o en el rellano de la escalera y, graves, sacaban su lengua con un leve siseo.
Una de experiencia y dos de tersa novedad, me dije. Menudo pastel.
Y qué tiene de extraño.
Pensaréis: es un guaperas, les hace tilín a todas con su segunda frase. Se parece a George Clooney. Y en luna llena a Brad Pitt.
Qué no.
No es muy alto, ronda los cincuenta, su ropa interior amarillea y esa chupa de cuero que insiste en vestir, ha dejado de luchar por su color original. Lo de la ropa interior lo sé por el tendedero. Intimidades vecinales.
Yo, mientras, a dos velas.

Es verdad que no se puede convivir demasiado tiempo con una duda. No con una que puedes resolver. Así que un viernes me puse manos a la obra. Chupa de cuero, calzoncillos amarillentos y las gafas de lejos.  Diez pasos más atrás de lo que iba él.
Dejé que utilizara el ascensor, salí de casa y bajé las escaleras andando. Al trote por no perder detalle. Lo seguí hasta un bar. Allí se pidió una copa, y yo pedí que me sirvieran lo mismo. Los camareros me miraban extrañados y sorteé el asunto haciendo vagas referencias a una falsa apuesta. Luego lo seguí a otro bar y, de nuevo, tomé lo mismo que él. No hacía ascos a nada. Dulce y cítrico. Repetimos la misma jugada por incontables antros de la ciudad. Para mi asombro no hacía nada. Simplemente bebía mirando hacia el interior de la barra y cambiaba de sitio. Tenía una gran tolerancia al alcohol.
En el décimo o undécimo bar yo ya caminaba como en un velero, a merced de la tempestad.
Ebrio perdido, asumí mi fracaso e intenté abandonar mi vigilancia. Fue entonces que (esto lo entreví a duras penas y en un inicio lo quise atribuir a mi borrachera) levantó la cabeza, olisqueó un par de veces al azar, para finalmente  girarse hacia una muchacha unos veinticinco años menor que él. Susurró unas palabras. Inmediatamente pagó su consumición y ambos abandonaron el bar. Él delante, a unos dos metros de su nueva presa, serios y en silencio.
Al pasar por mi lado se percató de mi presencia y con voz cazallera me dijo algo jovial. Me limité a sonreír, beodo perdido. Ella, en cambio, sacó su lengua y siseó.
 La resaca fue bíblica.
No cejé. La respuesta podía encontrarla en su profesión. Lamentablemente las búsquedas de su nombre en las páginas amarillas resultaron infructuosas.
 La sensación de haber dejado las cosas a medias me carcomía, por lo que no encontré mejor remedio que fingir una gripe y ausentarme un par de días del trabajo. El jefe me llamó, notablemente preocupado, pero al conocer mi dolencia no dudó en concederme otro par de días libres. Recupérese, me dijo, la salud lo primero.  
Sólo así pude averiguar a qué se dedicaba mi vecino.
Salía de casa a las seis,  una hora antes de la  que yo llegaba del trabajo, razón por la que me había sido imposible localizarlo antes. Andando, recorría media ciudad, hasta un café espectáculo de la periferia. Allí lo perdí en la puerta trasera.
Paciente esperé a que abrieran el garito en cuestión. Eso fue sobre las ocho. Tomé asiento al final de la barra, lejos del escenario y, precavido, pedí una fanta. Luego otra.
Hacia las diez fue llegando más gente. Apagaron la música y las luces, dejando sólo un haz hacia el escenario.  Apareció mi vecino, con sus canas y su chupa de cuero, también con los ojos vendados, solitario cual depredador. 
El camarero dejó lo que estaba haciendo y portó un cesto de mimbre hacia el escenario.
Encendió un cigarro y tomó un par de caladas, resignado. Su cara parecía decir: todo vale, vaya. A continuación abrió el cesto y derramó su contenido alrededor de mi vecino.
Aquello no era  un truco de pega. Las serpientes eran de verdad.
 La tensión aterió a los presentes.
Él, con los ojos vendados y rodeado de serpientes que parecían venenosas, olisqueó un par de veces en derredor.  Agachó la cabeza hasta casi rozar a una de ellas (soy un profano del tema, pero me pareció una cobra) y susurró unas palabras, las palabras.
El animal se dejó hacer a partir de ese momento.
 Mi vecino comenzó a jugar con un animal potencialmente  mortal como si se tratase de una marioneta. Tras depositarlo de nuevo en el suelo, la cobra se giró hacia el resto del garito, sacó su lengua bífida y siseó. Las demás serpientes parecían distraídas.

El público rompió el silencio reinante con un fuerte aplauso.

Rebeca, ¿estás?

Diciembre 9, 2007

Tengo costumbre de  doblar la esquina por donde la plaza de San Pablo concluye en un puesto de castañas, que a estas horas humea. Antes lo regentaba una anciana, pero últimamente parece haber cambiado de dueño. Cuando hace frío  me gusta respirar por la boca y que el vaho me dé en la cara. Parezco un viejo vapor con bufanda,  hecho un manojo de nervios, mirando  atrás cada poco.
Además hoy me he dejado los guantes en el trabajo y las manos se están volviendo moradas por momentos.
Utiliza el vapor, Don Locomotora, pienso.
 Es peor. Al llevarme las manos a la cara me percato de que las uñas han crecido y me felicito por ello, pero dos calles más tarde apenas resisten intactas las de ambos pulgares. 

No he pensado en Rebeca durante el día. Por la noche es distinto, el cielo no te distrae. En invierno el ambiente se conjura y anochece antes.

-¿Ha llegado Rebeca? –pregunto al llegar a casa. Mi madre está bordando.
-No –tuerce el gesto- no ha llegado.
Llevo un par de meses viviendo con mi madre. Insistió al principio y no me pude negar. A veces recuerdo la época en que murió papá y nos dejó solos a los dos. Al volver a casa del instituto nos abrazábamos y  prometíamos salir adelante. Lo hicimos. No fue una época fácil. 
-¿Sabes dónde está? –insisto. Cuando era pequeño mi madre lo sabía todo.
-Se la llevó el río. –responde.
-Ah.
No sé qué quiere decirme con eso.
-Voy a bajar a tomar algo con los del trabajo, –miento. No le gusta que salga solo por ahí. Mi madre sigue siendo una mujer severa, a pesar de los años. Los míos y los suyos.
-Está bien. No vuelvas tarde.
-No, mamá.

A veces no recuerdo con claridad el rostro de Rebeca y me gusta asociar sus invocaciones  con cosas agradables. Un chocolate caliente, la lluvia en el tejado, el vaho en mi cara.  Otras veces, siento que me clava la mirada en la nuca y me pongo nervioso. Y me muerdo las uñas.

Atravieso San Pablo por segunda vez, en esta ocasión en dirección contraria. Creo reconocer en la castañera novata un semblante alucinado, pillado in fraganti, pero un nuevo reconocimiento indica lo contrario. Ya no es una anciana. Ahora es una mujer joven. Su nieta quizá.
Está disimulando, pienso. Sabe dónde está Rebeca.
Un acceso de timidez me impide preguntárselo. Aún así, rodeo la caseta, por si acaso.
Nada.

De San Pablo al trabajo hay cinco minutos. Todavía hay luz.
-Francisco, -me interpela el bedel al verme llegar- ¿qué haces aquí? Estoy a punto de cerrar.
-Me he dejado los guantes –respondo mirándome las manos- Será un momento.
Asiente con la cabeza y paso dentro. La oficina está muerta a estas horas.
Al salir, enguantado, me dirijo al bedel de nuevo. Se llama Tomás y ambos sentimos una simpatía recíproca por el otro. Desde el primer día.  A veces me habla de sus hijos, que atraviesan una conflictiva edad del pavo.
-Tomás ¿Has visto a Rebeca?, pregunto.
Deja a un lado la fregona y se frota la cara con las dos manos, lentamente.
-No –responde.
Ah, pienso.
-Paco, –dice bajando la voz y agarrándome del hombro- se la llevó el río.
Ah.
Dicen que se la llevó el río.

Pero yo hablo con Rebeca por las noches. Tenemos los dos dieciséis años. No se inquieta al verme llegar.
-¿Jugamos al escondite? –le digo.
-¿A nuestra edad?-responde.
Los dos nos reímos y yo empiezo a contar desde cien. A mí no me cuesta encontrarla. A ella no le cuesta besarme.
Otras veces es en nuestra casa y los dos somos ya algo más mayores. Mi madre aún no ha venido a vivir conmigo. Estamos desnudos, pero sentimos un gran calor dentro. Y nos buscamos sin parar.
-Rebeca, -le pregunto entonces- dicen que te llevó el río.
Ella me tapa los ojos y dice:
-Cuenta hasta cien.
Cuando los abro ya no está. Sin embargo siento que me mira sin que pueda verla, y me como las uñas.

Del trabajo a San Pablo hay cinco minutos. Tengo las manos calientes y me olvido de la timidez.
-¿Has visto a Rebeca? Le pregunto a la joven castañera. Ella, nerviosa, comienza a reírse.
-¿Quiere castañas? –responde.
-Sé que es trampa, pero me da igual. No tiene por qué enterarse. ¿Dónde está?
Ahora se ríe a carcajada limpia. Es baja, pizpireta y al reír se le disparan unos coloretes gratificantes.
-Espera –me dice en un tono misterioso- A lo mejor podemos encontrarla juntos.
Me da un cucurucho de castañas. En el fondo del cono de papel, su teléfono.
Empiezo a sospechar que  no sabe dónde está Rebeca.

Así que vuelvo a casa.
-Mamá, traigo castañas.
-No has tardado mucho.
-Ya. He cambiado de idea por el camino, -respondo y pelo una castaña- Están calientes.
Mi madre no despega la vista de bordado que desde hace una semana acomete.
-¿Ha llegado Rebeca? –pregunto.
-No.  –responde.
-Se la llevó el río, ¿no? –me anticipo.

Dicen que no llegará, que se la llevó el río.
Pero a veces hablamos por la noche, mientras duermo. A veces no tenemos edad.
 -Rebeca, ¿estás?
-Sí.
-Déjate ver
Ella  cambia de tema.
-Cariño, deberías dejar de morderte las uñas -me dice- mira qué desastre de dedos.
-Pues sal. Y deja de mirarme.

Radios

Diciembre 5, 2007

Empecé de vendedor con mi padre, aquí mismo, antes de que la guerra se llevara la música por un tiempo. Por entonces mi padre era un hombre joven, disciplinado y tenaz, consciente del riesgo de innovar y capaz de colocarle un radio transistor de último modelo al ciudadano más colmilludo. Era otra época, claro, y no se vendía calidad, ni estéreo, ni lector de mp3. Se vendía felicidad, pretensiones, drama. A secas. O eso es lo que vendía mi padre.

He pasado gran parte de mi vida tras este escaparate.  Primero cargando cajas y quitando el polvo de las estanterías de arriba. Luego bregando con los transportistas.
Así comencé a estudiar al cliente, sus gestos e inquietudes.
 La poca gente que venía de los pueblos quería música. El secreto radicaba en encontrar una emisora con ritmo. Los buscavidas de  ciudad, buscaban impresionar. Luego buscarían un picadero, pero lo más seguro es que no pudieran permitirse ninguna de las dos cosas. El más sibarita, se medio revolvía tras su sobretodo pardo ante tanto ingenio radiofónico similar. El cateto más ahorrador podría hacerse con uno igual o mejor que el suyo. A este tipo de cliente se le trataba con gran formalidad y deferencia. Yo actuaba de botones disciplinado y si era menester me ofrecía a limpiarle las botas. Mi padre lo medía con la mirada, decía: usted es un gran hombre, y tras un sobreactuado dudar lo llevaba a la trastienda, donde escondía mercancía para gente de su nivel.
Los modelos eran más caros, pero el esfuerzo de mi padre en cambiar de orden las letras metálicas de la marca de la radio, para crear una supuesta marca alemana de calidad superior, y de embellecer el dial con purpurina dorada, quedaba recompensado.
-Sé  austero. –Me decía siempre, cuando nos terminábamos de reír.

Lo he sido.

En la guerra, antes de irnos a Francia (donde mi padre fallecería), vendimos noticias de dos colores distintos. En Francia pasamos miedo, sin más.
Cuando volví, tuve la oportunidad de adquirir de nuevo el local que regentó mi padre y así recomenzar el negocio.  Un cliente antiguo me reconoció.  Tras sabernos los dos vivos, apagué todas las radios, y lloramos juntos. Hace más de treinta años de eso. Quizá desde hace treinta años  no he vuelto a llorar igual.

El mes pasado llegó a mis manos una carta del ayuntamiento. El edificio es más viejo que yo y lo tienen que derribar. Eso dicen. Mi tienda será trasladada a un barrio joven, a las afueras, hasta que me puedan devolver el equivalente en metros cuadrados útiles, en un nuevo edificio. Incluso ha venido un joven muy amable de patillas prominentes a explicármelo todo. Lo he mandado al carajo y luego me he disculpado por mi reacción. Sé lo suficiente como para tener la seguridad de que no veré el próximo local.

-Es usted mayor –me ha dicho- Jubílese, haga viajes con gente de su edad.
-He viajado lo suficiente –respondo- Moriré con las botas puestas.

Conozco cada aparato de esta tienda. Algunos clientes se sorprenden al verme hablar de tecnología digital con más agilidad de la que ellos tendrán.
 Conozco a los clientes. Hay un equipo de música para cada persona. A unos les conquisto con Radio Tres como sonido de fondo. Otros consideran ese  hecho como un hallazgo en sí mismo y me doy por satisfecho. A unos pocos les leo la letra pequeña del fabricante y a otros, los más, les engatuso con tecnologías inservibles. 
Ayer entró un hombre con traje, hablando a voces por su teléfono móvil, discriminando a gran velocidad lo que estaba a su altura y lo que no. Tan rápido como pude, tomé un paño y me agazapé para limpiar sus zapatos.
-Es usted un gran hombre –dije.
 El tipo desapareció corriendo. Parecía aterrado.

-Ya está todo –me dice el tipo de la mudanza. Es un hombre gordo y honrado. Escucha música clásica por su radio-transmisor.
Finjo, no haberlo escuchado y me concentro por última vez en los estantes vacíos de la tienda. Toda una vida allí.
-Ya está todo, -Insiste el hombre.
Entre las cajas de los equipos estéreo del camión,  queda un espacio.
-Falta algo, -respondo.  
Monto en el camión, amoldándome entre las cajas. El hombre cierra la puerta y sólo queda espacio para la luz y voz de un pequeño transistor portátil que antaño me regaló mi padre.