El dependiente se giró brevemente, él no tardó en decidirse.
-Me quedo con éste –dijo-. ¿Me lo puede envolver para regalo?
Había quedado con su padre. Iba con retraso. Ya en el coche aceleró.
Él le esperaba junto a la gasolinera, meneando una botella de agua mineral, tan caliente que resopló vapor al abrirse. No había cambiado mucho. El gesto torcido era tan amplio que le confería un aire de perpetuidad.
-¿Qué tal tu mujer?
El hijo no contestó. Giró por un desvío y el padre insistió que por ahí no se iba. Conocía un atajo, repuso. Los dos sabían a dónde. Siguieron un camino de tierra durante unos kilómetros. Frenó en medio de la nada.
-Baja.
-Claro, hijo.
-¿Quieres un poco? –preguntó señalando una petaca.
-No me vendría mal. –El hombre miró a su alrededor- Has elegido un buen sitio, hijo.
Arrugó el rostro por el licor.
-Toma, ponte esto en la cabeza. –Le acercó una bolsa de tela negra.
-Claro, hijo.
El padre se puso la bolsa en la cabeza y esperó de pie. El hijo abrió el maletero y sacó un regalo alargado.
El padre preguntó:
-¿Cómo lo vas a hacer?
-No tienes derecho a saberlo –respondió con la severidad obligada del juez novato.
-Claro, hijo.
-Se lo debo a mamá.
Comenzó a retirar el papel de regalo con la misma delicadeza que se destroza una flor. El bate de béisbol aún conservaba la etiqueta. En su parte más ancha una inscripción rezaba “Equipo América” en letra bastarda.
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Equipo América
Febrero 6, 2008La suerte del último
Febrero 5, 2008-Una tarde estábamos tomando una cerveza en el “panic”, creo que ahora se llama “good trip” o algo así, ya sabes, cambió de dueño y se infestó de pijos. El caso es que nos tomábamos una caña, él estaba liando un porro, qué mal los hacía el muy cabrón, acabábamos tosiendo todos y enseguida sabíamos quién lo había liado. Me dijo que iba a tener mil hijos de mil mujeres distintas. Pensé que al paso que iba ya podía ponerse las pilas, pero no dije nada porque me había invitado a la cerveza y, bueno, cómo se ponía por chorradas como esa. Miento, en realidad le dije qué se suponía que iba a hacer si de alguna le salían gemelos. No sé, a veces se le iba la olla y decía paridas del estilo, creo que ya nadie le tomaba en serio. Algunos dicen, se ha dicho mucha mierda por ahí, que era por la movida esa de que no había conocido a su padre, pero yo les digo: qué coño estáis diciendo si no hablabais con él ni borrachos, hijos de puta. Y se rajan. Pero en definitiva a la gente le gusta hablar. Qué vas a hacer. Tocaba la eléctrica y el bajo, mejor la eléctrica, era lo suyo, eso nadie lo niega. Le dieron una oportunidad esos punkarras que creían que se iban a comer el mundo y no se dieron cuenta que en lo suyo ya estaba todo inventado. Su bajo hacía mucho el gilipollas por ahí con la moto, era cuestión de tiempo, al final se rompió las dos muñecas y la cara, menuda hostia. A nosotros nos lo dijo una punkie llorosa, pero en cuanto nos cercioramos de que se pondría bien la peña se comenzó a partir el culo. Vale. Antes de cerciorarnos también. Esos tíos más que caernos bien nos hacían gracia. Pero al chaval se le encendió la bombilla. Esa música ni siquiera le iba, pero qué quieres, el grupo tenía cierto nombre en la ciudad, le dijimos que a ver si así follaba de una puta vez. Los tíos le hicieron una prueba y le admitieron sin honores; bah, ellos no le llegaban al forro del huevo izquierdo. Íbamos a los conciertos, los locales estaban llenos de tipos duros cuya existencia reside en sostener la barra, dar importancia a cosas que no la tienen y mirar mal a todo el mundo para no fallar. El repertorio se dejaba escuchar si estabas lo suficientemente borracho y gracias a que tocaba él. El speaker se olvidaba de su nombre al presentarlos. Empezaba a enumerar, llegaba a él, hacía una gran pausa para que le viniese a la cabeza y decía cualquier bobada en el micro. Nosotros gritábamos su nombre, el último se llama Carlos, y poníamos a parir al presentador. Más de una vez nos echaron del local. Ja, ja. Luego cada cual acababa con alguna incauta, pero él nada, ni las feas. Ni las niñas de quince con ganas de progresar. En fin. Nos tomábamos cervezas de vez en cuando, me dijo que había empezado un curso de cabuyería por internet. Me sonó a capullería y nos estuvimos riendo media tarde, menuda estupidez. Al día siguiente salió a la calle sin camiseta, gritando que había atado las cuerdas de su guitarra y que se iba a colgar. Jugó la baza de la desesperación más aguda. A algunas pavas les conmueve ver a un tío tan jodido, sienten compasión. Así han caído bragas de hierro. Joder, podía haberse ido a un puticlub. Cabrón. Ni por esas tuvo suerte.
-¿Se deshicieron los nudos? –pregunté.
-No, en lo de los hijos. Que yo sepa murió virgen.
Transatlántico
Febrero 4, 2008La grúa del camión de reciclaje efectuó un giro defectuoso; al abrirse el contenedor la mitad de su contenido cayó fuera del remolque. Los operarios revisaron el lugar, evaluaron y comunicaron algo por radio. Uno de ellos quiso discutir, se encaró. Un mal café. Recibieron orden de seguir y la cosa no fue a más. Llegaron buitres con mochila. Cinco muchachos atraídos por el caos se entretuvieron en el montón de revistas y cartones viejos. Pronto, de una patada propinada con cierto desdén surgió el hallazgo. Una publicación pelada por el tiempo y los dedos ansiosos. Los demás se le unieron formando un corro regular. Uy, uy, uy. Menuda antología mexicana, dijeron. Ésta se parece a puntos suspensivos. Hubo crujir de sonrisas. Los muchachos explotaban sin remedio. El maestro, asido a la verja como un ave rapaz, amenazó con horas y horas si no entraban a clase de inmediato. El de siempre se adelantó a vacilar, los otros se disolvieron con la cabeza gacha, manos al bolso. Lo dieron por perdido. El de la revista fue interrogado. Al comprobar el maestro que tan sólo se trataba de una publicación de literatura mexicana desclasificada, se mostró sorprendido e incluso revolvió el pelo del gallito con satisfacción. Los chicos celebraron la suerte del farol con picardías de toda índole. El cielo se estremeció y pronto las gotas rebotaron en todas las ventanas, excepto las del quinto curso que daban a un patio interior, parcialmente cubierto. La revista se dejó querer por todas las manos menos dos. De clase a clase, como pólvora, y más crujir, más manos en la boca, más “ah bueno, literatura mexicana”, y un solo buscar en los ojos. La revista no se leía normal. Le sobraban páginas. Alguno la giró, delatándose, y fue recriminado. A uno solo no le fue concedido el privilegio que a esas horas ya constituía la revista. Él no. Él no. Sonó la sirena, hubo estampida. Hay cosas más importantes. ¿Y ahora? No. Él no, él no. El chico no vio la revista. Al salir todo era rumor y el crujir de las sonrisas bajo las manos. Los ojos le buscaban. Al chico lo fue a buscar la madre porque llovía mucho. Ella contempló tantos ojos. Él contó el incidente mientras subían en el coche. Tú no. Tú no. Le dijo. Hay cosas que es mejor no ver. Recordó sobre le volante con cierto pesar, quizá arrepentida. Pero yo también quería reír, protestaba el muchacho. No ibas a reír. No, no, no. ¿Mexicana? ¿Estás seguro? Como de Dios, mamá. La madre, preocupada, pensó en un traslado inminente.
Yo más que tú
Febrero 3, 2008Los demás habían huido de la ciudad, como es previsible en agosto, y nos vimos abocados a una tarde de sofocante aburrimiento tanto en casa como fuera, en el garito. Serví dos cafés con hielo y me puse a revolver en lo cajones sin ninguna razón, quizá la razón era la que me esperaba dentro de alguno, cuando apareció el machete y nos preguntamos de dónde carajo ha salido esto. Él me preguntó si cortaba y se lo pasé con desgana, pidiéndole que lo comprobara él mismo. Entonces recorrió el filo con la palma de la mano, apretando como un arado se hinca sobre la tierra. Apareció una linda línea roja que comenzó a brotar. Le increpé si estaba loco y él me respondió que no le había dolido. Así se encendió la mecha de esa competitividad que durante años nos había unido tanto como nos había enfrentado. Su mirada se convirtió en un desafío, tuve que arrebatarle el machete con un trae para acá. Lo apreté contra mi palma hasta que chillaron los huesos, brotó una diagonal roja que si se miraba de perfil era más profunda que la suya, contesté: Ah, pues tienes razón. No duele. En previsión de cómo íbamos a acabar, acerqué unos cordones para los torniquetes y gasas con yodo para el primero que se echara atrás. Fue bonito tener un rival a la altura, ver como acababa con las falanges de su mano izquierda, una a una, mientras me aguantaba la mirada y sudaba sangre, yo pidiendo un maza para partirme el brazo a la altura del codo porque si optaba por serrarlo tardaría una eternidad y no quería hacer esperar bajo ningún concepto, observar la caída de tiras de carne como si de un kebab se tratara y preguntar al tiempo: ¿tú no quería perder peso rápido? La tarde se nos pasó volando. Ninguno reculó, las gasas quedaron intactas, pero me quedé corto con los cordones y varias hemorragias incontroladas inundaron la habitación, haciendo flotar como gelatinas los coágulos producidos por las heridas con las que habíamos dado el start. Al final, desde el suelo, rodeado de miembros -ya no sé de quién-, la boca recortada en zigzag, comenzó a carcajearse de como lo habíamos puesto todo y dijo que le gustaría haberme dado la mano, ofreciendo tablas, pero no sabía donde estaba ninguna de las dos. Yo le acompañé en su risa antes de perder la conciencia. Me hacía sentir dichoso tener un amigo como él una tarde como esa.
Los pezones planos
Febrero 1, 2008Hay una chavala desnuda, con los pechos sobre la ventana como fiambres de jamón york y los pezones planos, contenidos por el cristal. Le mira. Se ve a duras penas por el reflejo que produce la luz cenital del mediodía. Al fin y al cabo se ve. La puerta está abierta y el hombre de la calle pierde la paciencia. Recuerda cierta fama de loca. Ésta no lo parla. Entra con los pantalones por las rodillas. Mudita y mudito, piensa. No cuestiona su suerte. En la cocina de la misma casa el padre afila cuchillos con estoicismo, paladea con desasosiego los frutos de la prejubilación, se entretiene con el jamonero, éste le recuerda a una catana. Escucha la carrera en el zaguán. Será Carmen, se dice. Mira el reloj. Aún es pronto. A ver qué nos trae.
Quiere ser millonario
Febrero 1, 2008El presentador, con gesto solemne, enunció una pregunta y cuatro posibles opciones. El concursante se rascó la cabeza. Ángel, en su casa, se encogió de hombros y bajó la guardia. Una nausea le golpeó duro en el paladar. Tragó y se dijo que ya se acostumbraría. El concursante salió airoso. Resopló en el micrófono y el presentador puso mala cara ante la distorsión. Pasó, sin más dilación, a enunciar otra pregunta y cuatro posibles. Chilló la respuesta varias veces, derramó cerveza en el sillón. El concursante ajeno a sus gritos procedió con una respuesta incorrecta. Sacudió la cabeza, incrédulo, antes de que el concursante fuera enviado a casa con una sonrisa y los bolsillos vacíos. Él, satisfecho, recostó los pies sobre la mesa y apoyó la oreja en el hombro de la mujer. Se acostumbraría, se dijo una vez más, aún era pronto. Sonó el teléfono, se sobresaltó y dio un pequeño espasmo. La cabeza de la mujer se desprendió del torso, bajó entre sus piernas y continuó rodando hasta el centro del salón, removiéndose el pelo como el pompón de una cheerleader, cambiando su rumbo caprichosamente cada vez que, al girar, tropezaba con su propia nariz. Se detuvo de lado, mirándolo con mohín desgarbado. Ángel gritó que era la última vez que le hacía eso, alzó el puño y recordó con estupor que hacía tan solo tres noches había jurado que no volvería a pasar. Musitó un perdón y se encaminó hacia la cabeza. El teléfono seguía sonando. Cedió el contestador y una voz metálica inundó la casa.
Jungleland
Diciembre 26, 2007Cuando te quedas solo la jungla te mira. Te conoce como si te hubiera parido. Sabe de tus dudas y secretos. No hay nada que se le pueda ocultar a la jungla. Te recorre por dentro como una endoscopia salvaje, tachando con una equis todo aquello que no vas a necesitar para sobrevivir allí. A mí ya me ha quitado la voz. No la necesitaría. Por mucho que gritara nadie me iba a oír. La jungla es la sordina del dolor.
Te mide.
Te calla.
Te hace a su medida y luego, si aún sobrevives, te lanza a un ruedo verde para que te las apañes como puedas. Se oyen ruidos de movimiento entre la floresta de vez en cuando. Y es que no somos los únicos que tenemos hambre.
La jungla siempre tiene el estómago vacío.