Reconozco haberme presentado en más de una ocasión, entre la intimidad que te brinda un grupo de desconocidos, o no, entre la seguridad que tienes al hablarle de literatura a quien no está interesado por ésta (familiares, amigos), como admirador de Paul Auster.
Iré más lejos aún. Empecé a escribir por culpa de este autor, hará cosa de tres años.
Seguramente hubiese acabado haciéndolo de cualquier otra forma, pero resultó ser su trilogía de Nueva York el revulsivo justo que en aquél momento necesitaba para decidirme a escribir. Me fascinó. Supongo que fue la impresión causada por leer algo que me sonase distinto.
Fue el primer libro después de una despiadada sequía, tachonada eso sí por algún comic y mucha, mucha vida inmortal. De hecho, llegué a la trilogía de N. Y. a partir de la novela gráfica “la ciudad de cristal” surgida en la colaboración entre el mismo Auster, –que tanto gusta de estos experimentos- Paul Karasik y el dibujante David Mazzuchelli. Los tres relatos que recoge (la ciudad de cristal, fantasmas y la habitación cerrada) me hicieron incluir en mis lecturas alguno de sus libros, que, si bien me gustaron, no lograron dejar ese regusto agrio e hipnotizante que los argumentos de la trilogía sí produjeron. El país de las últimas cosas, quizá.
Un escritor que escribe sobre escritores hizo que yo acabase escribiendo.
Han pasado muchas cosas desde que empecé a escribir. No es hora de recuentos, pero puedo enumerar más de un cambio en mi manera de ver la literatura, de escribir (sobre todo de esto), los modos de llegar a un relato y de nutrirse, el combustible y la forma de consumirlo. También cambios como persona, pero esto por motivos externos, experiencias insustituibles y recuerdos que te flagelan hasta que aprendes a domarlos. La evolución ha sido curiosa. Nunca sabré si fructífera, pues hablar en términos de éxito sobre literatura (y vida) me parece arriesgado. Pero puedo decir que hoy por hoy escribir me deja más satisfecho que al principio. Escribo menos, pero soy franco conmigo mismo y con lo que escribo. Tengo ideas pobres, pero al menos tengo alguna idea y lo que escribo cada vez se parece más a lo que quiero conseguir.
Ya no huyo de monitor o del papel cada cinco minutos y luego me embarco en eternas correcciones que intentan disimular una embarazosa falta de fluidez.
Ahora es como ir al retrete. Si no sale, es mejor dejarlo para otro momento.
Está claro que ha sido un proceso. Y como todo proceso inconcluso debe continuar.
Auster me incitó. Bukowski me aburrió. Fueron necesarios unos cuantos autores suramericanos, pero ni yo sé por qué. También ha habido una gran sección de “varios”.
Estas navidades mi novia me ha regalado tres libros. La trilogía de Nueva York, historias de cronopios y de famas y Pedro Páramo. Sé que ha llegado el momento de dar otro paso en el proceso del que antes hablaba. Lo sé porque Pedro Páramo no me deja indiferente, responde al modelo de una novela que llevaba tiempo queriendo leer. La disfruto a cada página, precavido, temiendo que se me termine entre las manos. También releo la trilogía, el detonante. Y a Cortázar en versión corta, uno de esos suramericanos tan necesarios y que tan poco en serio hay que tomarse para no perder el norte y acabar a su merced. Menudo cóctel.
Sí, hay que dar un paso más. Hay que escribir cada día e intentarlo hacer mejor que el anterior. Aunque sea poco, hacerlo, como el beso de buenas noches. Adquirir una continuidad necesaria. Ser honesto con uno mismo. Y no esperar absolutamente nada.
Dejo tres fragmentos de los libros, por si a alguien le puede interesar:
“-No me oyes –pregunté en voz baja.
Y su voz me respondió:
-¿Dónde estás?
-Estoy aquí, en tu pueblo. Junto a tu gente. ¿No me ves?
-No, hijo, no te veo.
Su voz parecía abarcarlo todo. Se perdía más allá de la tierra.
-No te veo.”
Pedro Páramo. Juan Rulfo.
“Y luego lo más importante de todo: recordar quién soy. Recordar quién se supone que soy. No creo que esto sea un juego. Por otra parte nada está claro. Por ejemplo: ¿quién eres tú? Y si crees que lo sabes, ¿Por qué insistes al mentir al respecto? No tengo nignua respuesta. Lo único que puedo decir es esto: Escúchame. Mi nombre es Paul Auster. Ése no es mi verdadero nombre.”
La ciudad de cristal. Paul Auster.
“-Buenas tardes, fama. Tregua catala espera.
-¿Cronopio, cronopio?
-cronopio, cronopio.
-¿Hilo?
-Dos, pero uno azul.”
Historias de cronopios y de famas. Julio Cortázar.