Radios

Diciembre 5, 2007

Empecé de vendedor con mi padre, aquí mismo, antes de que la guerra se llevara la música por un tiempo. Por entonces mi padre era un hombre joven, disciplinado y tenaz, consciente del riesgo de innovar y capaz de colocarle un radio transistor de último modelo al ciudadano más colmilludo. Era otra época, claro, y no se vendía calidad, ni estéreo, ni lector de mp3. Se vendía felicidad, pretensiones, drama. A secas. O eso es lo que vendía mi padre.

He pasado gran parte de mi vida tras este escaparate.  Primero cargando cajas y quitando el polvo de las estanterías de arriba. Luego bregando con los transportistas.
Así comencé a estudiar al cliente, sus gestos e inquietudes.
 La poca gente que venía de los pueblos quería música. El secreto radicaba en encontrar una emisora con ritmo. Los buscavidas de  ciudad, buscaban impresionar. Luego buscarían un picadero, pero lo más seguro es que no pudieran permitirse ninguna de las dos cosas. El más sibarita, se medio revolvía tras su sobretodo pardo ante tanto ingenio radiofónico similar. El cateto más ahorrador podría hacerse con uno igual o mejor que el suyo. A este tipo de cliente se le trataba con gran formalidad y deferencia. Yo actuaba de botones disciplinado y si era menester me ofrecía a limpiarle las botas. Mi padre lo medía con la mirada, decía: usted es un gran hombre, y tras un sobreactuado dudar lo llevaba a la trastienda, donde escondía mercancía para gente de su nivel.
Los modelos eran más caros, pero el esfuerzo de mi padre en cambiar de orden las letras metálicas de la marca de la radio, para crear una supuesta marca alemana de calidad superior, y de embellecer el dial con purpurina dorada, quedaba recompensado.
-Sé  austero. –Me decía siempre, cuando nos terminábamos de reír.

Lo he sido.

En la guerra, antes de irnos a Francia (donde mi padre fallecería), vendimos noticias de dos colores distintos. En Francia pasamos miedo, sin más.
Cuando volví, tuve la oportunidad de adquirir de nuevo el local que regentó mi padre y así recomenzar el negocio.  Un cliente antiguo me reconoció.  Tras sabernos los dos vivos, apagué todas las radios, y lloramos juntos. Hace más de treinta años de eso. Quizá desde hace treinta años  no he vuelto a llorar igual.

El mes pasado llegó a mis manos una carta del ayuntamiento. El edificio es más viejo que yo y lo tienen que derribar. Eso dicen. Mi tienda será trasladada a un barrio joven, a las afueras, hasta que me puedan devolver el equivalente en metros cuadrados útiles, en un nuevo edificio. Incluso ha venido un joven muy amable de patillas prominentes a explicármelo todo. Lo he mandado al carajo y luego me he disculpado por mi reacción. Sé lo suficiente como para tener la seguridad de que no veré el próximo local.

-Es usted mayor –me ha dicho- Jubílese, haga viajes con gente de su edad.
-He viajado lo suficiente –respondo- Moriré con las botas puestas.

Conozco cada aparato de esta tienda. Algunos clientes se sorprenden al verme hablar de tecnología digital con más agilidad de la que ellos tendrán.
 Conozco a los clientes. Hay un equipo de música para cada persona. A unos les conquisto con Radio Tres como sonido de fondo. Otros consideran ese  hecho como un hallazgo en sí mismo y me doy por satisfecho. A unos pocos les leo la letra pequeña del fabricante y a otros, los más, les engatuso con tecnologías inservibles. 
Ayer entró un hombre con traje, hablando a voces por su teléfono móvil, discriminando a gran velocidad lo que estaba a su altura y lo que no. Tan rápido como pude, tomé un paño y me agazapé para limpiar sus zapatos.
-Es usted un gran hombre –dije.
 El tipo desapareció corriendo. Parecía aterrado.

-Ya está todo –me dice el tipo de la mudanza. Es un hombre gordo y honrado. Escucha música clásica por su radio-transmisor.
Finjo, no haberlo escuchado y me concentro por última vez en los estantes vacíos de la tienda. Toda una vida allí.
-Ya está todo, -Insiste el hombre.
Entre las cajas de los equipos estéreo del camión,  queda un espacio.
-Falta algo, -respondo.  
Monto en el camión, amoldándome entre las cajas. El hombre cierra la puerta y sólo queda espacio para la luz y voz de un pequeño transistor portátil que antaño me regaló mi padre.
 


Volver.

Diciembre 3, 2007

Llega la hora de volver. Siempre llega la hora de volver, de no redimirse. O siempre se espera esa hora.

No dramaticemos.

El caso es que yo, por ejemplo, vuelvo. ¿A dónde? A este merendero, que con el tiempo (el mal tiempo) se ha ido quedando progresivamente marchito. Bueno, en realidad Cuenterías comenzó en verano, entre merendolas familiares y bosques de pino. En otoño se vació. Sólo lo visitaba algún corredor de fondo, en perpetuo entrenamiento. Ahora llega la navidad,  los niños vuelven al merendero a desalojar el otoño y crear muñecos de nieve. Muñecos que comienzan a moverse.

Alguien pregunta a los muñecos:

-Hombres de nieve ¿Dónde váis?

-¿Ir? -responden al unísono- Estamos de vuelta.

Coño, como yo. 

 Tengo un colega que insiste en decir que el escritor (o el que intenta verse como escritor) siempre escribe, aunque no sepa lo que es un bolígrafo desde hace años.  Supongo que sí. Que las historias que antes o después terminas por escribir son  un enjambre de abejas persiguiéndote. Un paso en falso y zas. Ya tienes el veneno en el cuerpo. Y no de una o de dos.

Habérlo pensado antes de meter la mano en la colmena.

 Para no perder las buenas costumbres, los hombres de nieve se han llevado todos los textos anteriores. También han guardado meticulósamente  esos comentarios, que en su día algún lector se molestó en redactar y que constituyen una información exquisita de mis debilidades como escribidor.

 El blog irá tomando forma, de poco en poco, ya que el tiempo es un bien escaso este invierno de hombresnieve y abejasgérmen. El formato será relajado, mas para eliminar la tensión del contador amordazado que por otra cosa. Los moldes indefinidos. La temática dispersa. Contar por contar. Qué hippy.

El objetivo es volver. ¿A donde lo dejaste? No, mucho antes. Quiero volver más atrás. ¿A donde empezaste? Más atrás aún.

Quiero volver a ese merendero, donde aprendí que la nieve puede hacerte arder las manos. Donde otros críos se volaban la cabeza a bolazos de nieve y sonreían. Allí yo hacía mis hombres de nieve. Tipos que me sacaban dos cabezas. Hombres que no se sabían nieve pura, si no una mezcla de barro y hielo, y aún así lo llevaban con una dignidad envidiable. Cuando les daba mi visto bueno, avanzaba hacia ellos y con una palmadita en la espalda les decía:

-Ahora muévete.

Y, creánme,  aquellos tipos de hielo perdían el culo.