Equipo América

febrero 6, 2008

El dependiente se giró brevemente, él no tardó en decidirse.
-Me quedo con éste –dijo-. ¿Me lo puede envolver para regalo? 
Había quedado con su padre. Iba con retraso. Ya en el coche aceleró.
Él le esperaba junto a la gasolinera, meneando una botella de agua mineral, tan caliente que resopló vapor al abrirse.  No había cambiado mucho. El gesto torcido era tan amplio que le confería un aire de perpetuidad.
-¿Qué tal tu mujer?
El hijo no contestó. Giró por un desvío y el padre insistió que por ahí no se iba. Conocía un atajo, repuso. Los dos sabían a dónde. Siguieron un camino de tierra durante unos kilómetros. Frenó en medio de la nada.
-Baja.
-Claro, hijo.
-¿Quieres un poco? –preguntó señalando una petaca.
-No me vendría mal. –El hombre miró a su alrededor- Has elegido un buen sitio, hijo.
Arrugó el rostro por el licor.
-Toma, ponte esto en la cabeza. –Le acercó una bolsa de tela negra.
-Claro, hijo.
El padre se puso la bolsa en la cabeza y esperó de pie. El hijo abrió el maletero y sacó un regalo alargado.
El padre preguntó:
-¿Cómo lo vas a hacer?
-No tienes derecho a saberlo –respondió con la severidad obligada del juez novato.
-Claro, hijo.
-Se lo debo a mamá.
Comenzó a retirar el papel de regalo con la misma delicadeza que se destroza una flor. El bate de béisbol  aún conservaba la etiqueta. En su parte más ancha una inscripción rezaba “Equipo América” en letra bastarda.


La suerte del último

febrero 5, 2008

-Una tarde estábamos tomando una cerveza en el “panic”, creo que ahora se llama “good trip” o algo así, ya sabes, cambió de dueño y se infestó de pijos. El caso es que nos tomábamos una caña, él estaba liando un porro, qué mal los hacía el muy cabrón, acabábamos tosiendo todos y enseguida sabíamos quién lo había liado. Me dijo que iba a tener mil hijos de mil mujeres distintas.  Pensé que al paso que iba ya podía ponerse las pilas, pero no dije nada porque me había invitado a la cerveza y, bueno,  cómo se ponía por chorradas como esa. Miento, en realidad le dije qué se suponía que iba a hacer si de alguna le salían gemelos. No sé, a veces se le iba la olla y decía paridas del estilo, creo que ya nadie le tomaba en serio. Algunos dicen, se ha dicho mucha mierda por ahí, que era por la movida esa de que no había conocido a su padre, pero yo les digo: qué coño estáis diciendo si no hablabais con él ni borrachos, hijos de puta. Y se rajan. Pero en definitiva a la gente le gusta hablar. Qué vas a hacer. Tocaba la eléctrica y el bajo, mejor la eléctrica, era lo suyo, eso nadie lo niega. Le dieron una oportunidad esos punkarras  que creían que se iban a comer el mundo y no se dieron cuenta que en lo suyo ya estaba todo inventado. Su bajo hacía mucho el gilipollas por ahí con la moto, era cuestión de tiempo, al final se rompió las dos muñecas y la cara, menuda hostia. A nosotros nos lo dijo una punkie llorosa, pero en cuanto nos cercioramos de que se pondría bien la peña se comenzó a partir el culo. Vale. Antes de cerciorarnos también. Esos tíos más que caernos bien nos hacían gracia. Pero al chaval se le encendió la bombilla. Esa música ni siquiera le iba, pero qué quieres, el grupo tenía cierto nombre en la ciudad, le dijimos que a ver si así follaba de una puta vez. Los tíos le hicieron una prueba y le admitieron sin honores; bah, ellos no le llegaban al forro del huevo izquierdo. Íbamos a los conciertos, los locales estaban llenos de tipos duros cuya existencia reside en sostener la barra, dar importancia a cosas que no la tienen y mirar mal a todo el mundo para no fallar. El repertorio se dejaba escuchar si estabas lo suficientemente borracho y gracias a que tocaba él. El speaker se olvidaba de su nombre al presentarlos. Empezaba a enumerar,  llegaba a él, hacía una gran pausa para que le viniese a la cabeza y decía cualquier bobada en el micro. Nosotros gritábamos su nombre, el último se llama Carlos, y poníamos a parir al presentador. Más de una vez nos echaron del local. Ja, ja. Luego cada cual acababa con alguna incauta, pero él nada, ni las feas. Ni las niñas de quince con ganas de progresar. En fin. Nos tomábamos cervezas de vez en cuando, me dijo que había empezado un curso de cabuyería por internet. Me sonó a capullería y nos estuvimos riendo media tarde, menuda estupidez. Al día siguiente salió a la calle sin camiseta, gritando que había atado las cuerdas de su guitarra y que se iba a colgar.  Jugó la baza de la desesperación más aguda. A algunas pavas les conmueve ver a un tío tan jodido, sienten compasión. Así han caído bragas de hierro. Joder, podía haberse ido a un puticlub. Cabrón. Ni por esas tuvo  suerte.
-¿Se deshicieron los nudos? –pregunté.
-No, en lo de los hijos. Que yo sepa murió virgen.


Transatlántico

febrero 4, 2008

La grúa del camión de reciclaje efectuó un giro defectuoso; al abrirse el contenedor la mitad de su contenido cayó fuera del remolque. Los operarios revisaron el lugar, evaluaron y comunicaron algo por radio. Uno de ellos quiso discutir, se encaró. Un mal café. Recibieron orden de seguir y la cosa no fue a más. Llegaron buitres con mochila. Cinco muchachos atraídos por el caos se entretuvieron en el montón de revistas y cartones viejos. Pronto, de una patada propinada con cierto desdén surgió el hallazgo. Una publicación pelada por el tiempo y los dedos ansiosos. Los demás se le unieron formando un corro regular. Uy, uy, uy. Menuda antología mexicana, dijeron. Ésta se parece a puntos suspensivos.  Hubo crujir de sonrisas. Los muchachos explotaban sin remedio. El maestro, asido a la verja como un ave rapaz, amenazó con horas y horas si no entraban a clase de inmediato. El de siempre se adelantó a vacilar, los otros se disolvieron con la cabeza gacha, manos al bolso. Lo dieron por perdido. El de la revista fue interrogado. Al comprobar el maestro que tan sólo se trataba de una publicación de literatura mexicana desclasificada, se mostró sorprendido e incluso revolvió el pelo del gallito con satisfacción.  Los chicos celebraron la suerte del farol con picardías de toda índole. El cielo se estremeció y pronto las gotas rebotaron en todas las ventanas, excepto las del quinto curso que daban a un patio interior, parcialmente cubierto. La revista se dejó querer por todas las manos menos dos.  De clase a clase, como pólvora, y más crujir, más manos en la boca, más “ah bueno, literatura mexicana”, y un solo buscar en los ojos. La revista no se leía normal. Le sobraban páginas. Alguno la giró, delatándose, y  fue recriminado. A uno solo no le fue concedido el privilegio que a esas horas ya constituía la revista. Él no. Él no. Sonó la sirena, hubo estampida. Hay cosas más importantes. ¿Y ahora? No. Él no, él no. El chico no vio la revista. Al salir todo era rumor y el crujir de las sonrisas bajo las manos. Los ojos le buscaban. Al chico lo fue a buscar la madre porque llovía mucho. Ella contempló tantos ojos. Él contó el incidente mientras subían en el coche. Tú no. Tú no. Le dijo. Hay cosas que es mejor no ver. Recordó sobre le volante con cierto pesar, quizá arrepentida.  Pero yo también quería reír, protestaba el muchacho. No ibas a reír. No, no, no. ¿Mexicana? ¿Estás seguro? Como de Dios, mamá. La madre, preocupada, pensó en un traslado inminente.


Yo más que tú

febrero 3, 2008

Los demás habían huido de la ciudad, como es previsible en agosto, y nos vimos abocados a una tarde de sofocante aburrimiento tanto en casa como fuera, en el garito. Serví dos cafés con hielo y me puse a revolver en lo cajones sin ninguna razón, quizá la razón era la que me esperaba dentro de alguno, cuando apareció el machete y nos preguntamos de dónde carajo ha salido esto. Él me preguntó si cortaba y se lo pasé con desgana, pidiéndole que lo comprobara él mismo. Entonces recorrió el filo con la palma de la mano, apretando como un arado se hinca sobre la tierra. Apareció una linda línea roja que comenzó a brotar. Le increpé si estaba loco y él me respondió que no le había dolido. Así se encendió la mecha de esa competitividad que durante  años nos había unido tanto como nos había enfrentado. Su mirada se convirtió en un desafío, tuve que arrebatarle el machete con un trae para acá. Lo apreté contra mi palma hasta que chillaron los huesos, brotó una diagonal roja que si se miraba de perfil era más profunda que la suya, contesté: Ah, pues tienes razón. No duele. En previsión de cómo íbamos a acabar, acerqué unos cordones para los torniquetes y  gasas con yodo para el primero que se echara atrás. Fue bonito tener un rival a la altura, ver como acababa con las falanges de su mano izquierda, una a una, mientras me aguantaba la mirada y sudaba sangre, yo pidiendo un maza para partirme el brazo a la altura del codo porque si optaba por serrarlo tardaría una eternidad y no quería hacer esperar bajo ningún concepto, observar la caída de tiras de carne como si de un kebab se tratara y preguntar al tiempo: ¿tú no quería perder peso rápido? La tarde se nos pasó volando. Ninguno reculó, las gasas quedaron intactas, pero me quedé corto con los cordones y varias hemorragias incontroladas inundaron la habitación, haciendo flotar como gelatinas los coágulos producidos por las heridas con las que habíamos dado el start. Al final, desde el suelo, rodeado de miembros -ya no sé de quién-, la boca recortada en zigzag, comenzó a carcajearse de como lo habíamos puesto todo y dijo que le gustaría haberme dado la mano, ofreciendo tablas, pero  no sabía donde estaba ninguna de las dos. Yo le acompañé en su risa antes de perder la conciencia. Me hacía sentir dichoso tener un amigo como él una tarde como esa.


Los pezones planos

febrero 1, 2008

Hay una chavala desnuda, con los pechos sobre la ventana como fiambres de jamón york y los pezones planos, contenidos por el cristal. Le mira. Se ve a duras penas por el reflejo que produce la luz cenital del mediodía. Al fin y al cabo se ve. La puerta está abierta y el hombre de la calle pierde la paciencia. Recuerda cierta fama de loca. Ésta no lo parla. Entra con los pantalones por las rodillas. Mudita y mudito, piensa. No cuestiona su suerte. En la cocina de la misma casa el  padre afila  cuchillos con estoicismo, paladea con desasosiego los frutos de la prejubilación, se entretiene con el jamonero, éste le recuerda a una catana. Escucha la carrera en el zaguán. Será Carmen, se dice. Mira el reloj. Aún es pronto. A ver qué nos trae.


Quiere ser millonario

febrero 1, 2008

El presentador, con gesto solemne, enunció una  pregunta y cuatro posibles opciones. El concursante se rascó la cabeza. Ángel, en su casa, se encogió de hombros y bajó la guardia. Una nausea le golpeó duro en el paladar. Tragó y se dijo que ya se acostumbraría. El concursante salió airoso. Resopló en el micrófono y el presentador puso mala cara ante la distorsión. Pasó, sin más dilación, a enunciar otra pregunta y cuatro posibles. Chilló la respuesta varias veces, derramó cerveza en el sillón. El concursante ajeno a sus gritos procedió con una respuesta incorrecta. Sacudió la cabeza, incrédulo, antes de que el concursante fuera enviado a casa con una sonrisa y los bolsillos vacíos. Él, satisfecho, recostó los pies sobre la mesa y apoyó la oreja en el hombro de la mujer. Se acostumbraría, se dijo una vez más, aún era pronto. Sonó el teléfono, se sobresaltó y dio un pequeño espasmo. La cabeza de la mujer se desprendió del torso, bajó entre sus piernas y continuó rodando hasta el centro del salón, removiéndose el pelo como el pompón de una cheerleader, cambiando su rumbo caprichosamente cada vez que, al girar, tropezaba con su propia nariz. Se detuvo de lado, mirándolo con mohín desgarbado. Ángel gritó que era la última vez que le hacía eso, alzó el puño y recordó con estupor que hacía tan solo tres noches  había jurado que no volvería a pasar. Musitó un perdón y se encaminó hacia la cabeza. El teléfono seguía sonando. Cedió el contestador y una voz metálica inundó la casa.


Molotov

enero 31, 2008

Me lo prometió mi hermano en el hospital. Te voy a llevar por ahí de marcha, me dijo, cuando te recuperes de esta mierda. Todavía pasaron un par de meses en los que perdí la esperanza en que esto se produjera, esos meses en los que la gente pasa de preocuparse por tu cicatriz y contarte antecedentes, a preguntar una y otra vez qué tal estás, para al final mirarte con duda e interrogar precavidos si  acaso te han operado de algo últimamente. Que te notan distinto. Pero apareció un día en casa, cagándose en no sé qué del primer mundo y me dijo que nos íbamos a Berlín. Soltó lo necesario. “¿Estás ya bien?” y “coge justo para sobrevivir”.  Se había cortado la cresta y  dejaba crecer su pelo voluptuosamente. También había cambiado su chupa de cuero por una chaqueta de lana y los vaqueros ajustados por otros de pana que le daban un medido aire bohemio. Me dio un pasquín comunista y le pregunté si creía en eso. Él me miró con suficiencia, como si yo no comprendiera que detrás de toda la parafernalia panfletaria se escondía algo más importante que no supe determinar.
Entonces preguntó si lo quería pasar bien. 

Mi hermano no creía en nada. Eso no quiere decir que fuera un asesino.
A mi edad quizá creyó en algo, quizá se dejó engañar, pero por entonces lo único que le quedaba, más que las ganas de cambiar el mundo, era la adrenalina de correr delante de la policía y de tirarse a alguna revolucionaria liberal. Por otra parte yo no aspiraba más que a esas dos últimas cosas.
En Berlín nos esperaba un grupo, en su mayoría franceses, que vestían como mi hermano, lo cual les confería una uniformidad casi militar. Uno de ellos le miraba con recelo y se deshacía en morreos con una tal Chantal. Cuando él y mi hermano hablaban las cosas subían de intensidad. En el grupo también había una chavala de Sevilla, Ana, mona pero sin exagerar, con dos rastas que se me antojaron pueriles. Le caí bien desde la primera broma.  Dormiríamos en casa de unos estudiantes alemanes que habían cedido su piso a la causa. Allí mi hermano mayor ejerció como tal y me pidió que llevara siempre un par de limones y un pañuelo, para el lacrimógeno. No te dejes coger, me dijo, que luego es un coñazo. Le pregunté si alguna vez le habían cogido a él. Sí, en París, respondió, hace un par de años, y me dieron hostias hasta en el carné de identidad. Luego cambió de tema y me dio una ristra de condones. Las pensiones del centro no están mal, miró a Ana y me guiñó un ojo.

Por alguna razón mi hermano y yo jamás llegamos a conectar.
Nos tratamos siempre con camaradería e hicimos notables esfuerzos por ser colegas, pero los intentos terminaban como un torpe disimular  lo imposible. Y sin embargo nos caíamos bien, nos hacíamos gracia. Él tenía algo de mí y yo, indefectiblemente, algo suyo.
 Cuando volvía de algún viaje se pasaba días encerrado, taciturno, ido. Por las noches gritaba. Mis padres hablaban de las drogas que se habría tomado e intentaban hacerlo confesar. Pero él lo negaba.
Me inquietaba pensar si tendría algo que ver con esa faceta. Cómo se presentaría en mí.

Las protestas comenzaron de forma pacífica y espontánea.
Las manifestaciones son predecibles si hay gente con ganas de partirse la cara.  Se dijo por el noticiario que un manifestante había resultado herido, le sucedieron unas imágenes comprometedoras para las fuerzas del orden, y ya está. Cataplum. Ana se frotó las manos y se puso el pasamontañas. El resto del grupo, yo incluido, hicimos lo propio. Salimos a las calles, nos guiamos por los destrozos y comenzamos a cargar. Recuerdo que Chantal no le quitaba los ojos de encima a mi hermano. Se lo hice saber y él me comunicó que tenía un plan. Ana también me miraba, pero parecía preocupada en impresionarme gritando consignas. El francés que no tragaba a mi hermano, François, estaba concentrado en quemar contenedores. Actuaban ordenadamente, lo que me hizo pensar que sólo se reunían para ocasiones como ésta y que cada uno tenía claro su cometido. En comparación, el resto, una panda de punkarras y okupas y algún piquete obrero desorientado que miraba con desconfianza a todo el mundo, daban la impresión de ser unos aficionados, unos cristianos en el coliseo,  esperando a que soltaran los leones. Mi hermano arrancaba adoquines del pavimento y probaba puntería. Sonará simple, pero Chantal se derretía  como uno de esos contenedores cada vez que mi hermano hacía blanco. Ella se encargaba de los molotovs. Se lo tomaba con calma, la artillería era limitada.
Los antidisturbios eran cojonudos.  Llevaban dispositivos de alta tecnología, armaduras compactas, casi indestructibles, como un pushing humanoide. No se les veía la cara por lo que las posibilidades de tener remordimientos eran limitadas en caso de que el pretexto ideológico flojeara. Deberían llevar en el escudo o en la porra algún patrocinador, pensé. Sería una forma de hacer la oferta redonda. Esta lucha social la patrocina ikea, o algo así.
 Comenzaron los saqueos por parte de unos desaprensivos que ni allí tenían claro su papel y la cosa se puso fea de verdad. Yo, que había estado un tanto a la expectativa hasta ese momento, tomé la iniciativa con los adoquines. Los anarcos trabajaban las armaduras del personal con una señal de stop arrancada.  Mi hermano me aconsejó desparecer del mapa. Cada uno por su lado. Agarré a Ana de la mano y salimos cagando leches de allí. Uno de los aficionados había caído y los romanos se desquitaban con él. Al torcer la esquina nos deshicimos de los pasamontañas y entramos en un pub desierto. No hablamos, a ella le temblaba el labio inferior y no paraba de mirar a la calle. Luego le pregunté que hacía allí y no supo que contestar. Me besó. Estuvimos enrollándonos un  buen rato de forma aparatosa. El barman no sabía dónde meterse; propuso invitarnos a una ronda si nos controlábamos.
Le mandamos a tomar por el culo en un alemán amateur.

Me alegró encontrar de nuevo a mi hermano discutiendo acaloradamente con François en el piso de los alemanes. Chantal liaba un porro y alguien se había preocupado de llevar cerveza. Me hice con una. Ana me explicó que era abstemia cuando le ofrecí. Mi hermano me llevó un aparte, por lo visto la cosa había empeorado con cierta rapidez y se habían librado por los pelos. Me comentó que lo mejor era estarse tranquilo hasta el vuelo de regreso y no llamar la atención. François no estaba de acuerdo, pero François era un cretino. Le volví a preguntar si creía en algo y se echó a reír. Mira, me dijo, mañana da un discurso Simone (supuso que la conocía) y acudiremos. Bueno, acudiremos. Chantal y yo nos escaparemos a un sitio más apetecible. Me recomendó que hiciera lo mismo con Ana.
La velada se prolongó hasta las cinco de la madrugada. Se habló de muchas cosas, de la naturaleza humana, de nuestro papel en el mundo, pero no se llegó a ninguna conclusión. Nos despertamos por la tarde. Pronto nos vimos andando hacia el discurso de la tal Simone. Chantal y mi hermano desaparecieron. François no tardó en percatarse. A nadie le pasó desapercibido su gesto triste, desilusionado, como el de un estudiante brillante ante un examen facilón.
Comenzó la conferencia. Susurré algo a Ana y nos evaporamos. Las pensiones del centro no estaban mal y no eran caras. Por un momento pensé con cierta culpabilidad que podríamos coincidir con mi hermano y Chantal.  Qué hubiese importado. Nos habríamos sonreído pícaramente y cada uno por su lado. 
La tarde, qué tarde. Los dos teníamos algo de experiencia y nos desenvolvíamos con soltura.  Fue agradable y cálido, como el abrazo de una madre tras un berrinche sin importancia. Decidimos pasar la noche allí. Volvimos al piso de los alemanes por la mañana, agarrados por la cintura.

 Mi hermano apareció con ojeras.
 Fumaba un cigarrillo en el portal y lo vi llegar.
 Le pregunté si había sido una noche muy larga. Me contestó que ni me lo imaginaba. Eso refrenó mis ansias de contarle los detalles de la pensión  en la que había pasado la noche con Ana.  El tono fue lapidario, fúnebre. Qué coño pasa, le pregunté saltándome los preámbulos. Percibí su nerviosismo, cómo se le desdibujaba el rostro con cada palabra. Me dijo que había pasado algo, que no se lo explicaba. No habían tomado nada raro, sólo un poco de hachís. Le pregunté por Chantal. Esta mañana, me dijo, estaba helada. No se despertó. Simplemente no se despertó.
Había abandonado el cadáver en la pensión. No se lo podía explicar. Lo repetía continuamente. Luego habló de coger algún avión, de desaparecer una temporada. Me preguntó si podría volver a España solo y le contesté que no habría problema. ¿Tienes dinero? Le dije. No te preocupes, contestó, ya me pondré en contacto con papá. ¿La has matado? Pregunté. Se desmoronó llorando y juró que no. Dijo que nunca había tocado un muerto, frotándose las manos contra la chaqueta. Se marchó corriendo hacia un taxi.
Terminé el cigarrillo, al cabo llegó François. Me preguntó si había visto a Chantal. Contesté que no y encendí otro cigarrillo.


Cuando tu padre viajó a Johannesburgo.

enero 23, 2008

Soñaba con niños muertos. Todas las noches. Niños con kalashnikovs que mataban a otros niños, a sus propias familias. Los niños eran negros. Delgados y cabezudos, como cerillas de ébano. Él estaba allí, palpando el horror.  No hacía nada. Simplemente miraba. Y sobrevivía. Al blanco nunca le hacían daño. Le sonreían y le hacían muecas propias de un chaval de once años que empieza saber lo que es un coño de lejos, mientras sujetaban un machete chorreando sangre, con algún trozo de entraña clavado en la punta. Como en una barbacoa. Luego le pasaban a una joven mayor que ellos, a la que habían estado violando por turnos, formalmente, aguantando la ley de la selva,  y le volvían a hacer gestos obscenos. Le invitaban. Él no quería hacer eso con ella y se negaba. La chica reía y lloraba, enloquecida. El semen de varios cientos le escurría por las piernas como un río desbocado. De ella germinará más dolor. Luego los chicos encogían los hombros y seguían con su juego de mutilación y exterminio. Se disparaban. Algunos caían con la cabeza reventada. Él estaba de pie en medio del tiroteo. No le acertaba ninguna bala. Nada, ni queriendo. Los chicos caían y caían. Una granada. Vientres reventados. Estómagos vacíos, hinchados, volando por los aires.  Pero no había metralla con su nombre. Llegado un momento se acercaba  a ver el bando contrario. Quién disparaba. Entonces se encontraba con los mismos niños negros, las mismas armas y la misma muchacha violada por mil negritos y enloquecida. Dónde estaba él. Dónde. En los dos lados y en ninguno. Luego se despertaba, se sentía culpable por soñar con atrocidades y se secaba el sudor. Mares de sudor. Es difícil volver del infierno y no sudar. El sueño se repetía cada vez con más asiduidad, llegó a repetirse cada día. Era insoportable vivir así. Fuimos al siquiatra. Era un hombre de mediana edad. Evitó muecas de repulsión durante el relato de su sueño. Le recetó unos sedantes. Insinuó algo sobre el  stress. Le invitó a buscarse un hobby, a distraerse. Luego me quedé sola con el siquiatra. Me aconsejó que dejáramos de ver la televisión. Y eso que todavía no había un bombardeo mediático de barbaridades, como lo hay ahora. De hecho todavía no se sabía lo de los niños soldado. El siquiatra siguió hablando. Me tuteaba. Tú eres aún joven, no te puedes amargar. Me dio su teléfono personal, por si lo quería llamar a cualquier hora.  Sin compromiso. Un niñita hubiera pensado qué hombre más bueno, pero lo dos éramos adultos.

Las pastillas lo noqueaban. Cada noche moría, cada mañana resucitaba. Compramos una cámara fotográfica y montó un cuarto oscuro en el desván. Me hacía fotografías y las revelaba en el cuarto oscuro. Yo posaba para él y hacíamos el amor. Hicimos mucho el amor esa temporada. Me dio por pensar que follaba con un bote de pastillas. Nueve meses después naciste tú. No lo conociste. Hizo amistad con una panda de fotógrafos hippis que trabajaban en un periódico regional. Al poco estalló la crisis en Sudáfrica, las revueltas de Johannesburgo, el apartheid, mucha gente cabreada con razón. Toda una matanza. Cogió el primer avión y se presentó allí, con su cámara fotográfica. Años después conocí a otro hombre, un reportero, que coincidió allí con él. Me dijo que era impresionante verlo en medio de los tiroteos. No se protegía de las balas tras los parapetos improvisados. Simplemente andaba en una dirección entre el fuego cruzado y hacía sus fotos. Luego fotografiaba a los muertos y a las personas que lloraban a los muertos. Nadie le decía nada porque él mismo lloraba mientras tomaba sus fotos y eso imponía respeto. Salía ileso el muy cabrón, me dijo con cierta envidia. Sus fotos eran cojonudas.  Tu padre me escribió varias cartas. No le dije que estaba embarazada.  Se le notaba alterado, excitado, inmortal. Había conocido a los miembros del bang bang club y trabajaba con ellos. No se molestaba en explicarme ni quién componía ese club. Hablaba de su sueño y hacía comparaciones. No todo era igual. No todo. Yo sabía que acabaría muriendo, por lo que dejé de preocuparme. En Sudáfrica sí que había una bala con su nombre. El incidente salió en los noticiarios. Volvió en un cajón de pino bastante cutre, que enseguida cambiamos por otro más opulento. Su madre me llamó enfurecida. Le dije que estaba encinta, de tres meses, y se calmó. Tras el funeral busqué el número personal del siquiatra. Y hasta hoy. Bastaría con que lo llamases papá de vez en cuando. No sé que te cuesta.


Plan para el sábado

enero 20, 2008

Saboteaba naves en dique seco,
tras calafatear.
Te gustaba.
Juntos íbamos a ver los naufragios
 al atardecer.
A condecorar a los náufragos
que sabían nadar.
A los otros les condecoraban
el mar y las rocas.
 


En un vaso de agua

enero 18, 2008

No había pensado más que en Dolores, esos días, y en el agudo conflicto que ella me planteaba. Llovía, sí, llovía mucho, pero sólo los demás parecían darse cuenta de eso. Yo caminaba por la calle inundada, haciendo surcos como un fueraborda, contado los veintipocos años de Dolores. Pensaba en mi mujer y en mis hijos, y me sentía inmadurísimo, abocado a cometer una estupidez. Me pregunté si en realidad ella era la mujer de mi vida. Entonces dejó de llover y se conjuró una respuesta.

Qué sabía Dolores de mis tribulaciones. Ella apenas hablaba. A veces se le escurría un poco de miel en forma de palabras estúpidas por la barbilla y yo contestaba, a merced de sus ocurrencias. No me había enamorado de su locuacidad, claro. Eran sus ojos y su cara, que parecían echar a rodar en cualquier momento. Su fijación. Su seguridad, rallando lo ingenuo, lo idiota e impensable.  Sus veintipocos años me llevaban al abismo. 
Me infringía pequeñas laceraciones por la noche, en varios puntos del cuerpo a la vez, para recordar su nombre a fuego. Mi mujer  me veía retorciéndome en la cama y me preguntaba:
-Cariño ¿Qué pasa?
-Nada, nada. Lo de siempre.
 Mucho más tenía que decir.
 “Nuestro matrimonio se ha acabado. Quédate con los niños que yo paso. Iré a decirles que les quiero una vez al mes. Puedes hacerme quedar como el malo, si te apetece. Da igual.”
Pero callaba.
-Te lo tienes que ir a mirar.
-Ya cede, ya.
-¿Has visto? –me dijo- Hoy ha dejado de llover.
-Deberíamos apuntar a los niños a un curso de natación, por si las moscas.
-Ay, no. Quita, quita. Que se mojan.

También supe por esas fechas que alguien me seguía por la calle, al salir de la consulta. No me importaba, vivíamos en un país libre, y además me gustaba pensar que era Dolores quien lo hacía. Que se deshacía de su novio con alguna burda excusa, y que me esperaba entre los contenedores de enfrente de la consulta, mientras observaba mi silueta a través del cristal, dando chapa y pintura a la enésima caries, pensando en comprar alguna sábana opaca para la cama, (todas son opacas) o no, mejor con transparencias, para jugar, y a colación,  qué me dices de la mampara de la ducha.
Que yo salía con aire resignado y sexy, dejándome regar por una lluvia infatigable, surcando la calle cual titanic. Y ella detrás, con miedo a ahogarse en mí. Y delante yo, con miedo a ahogarme en ella.

-¿Cuándo? ¿Cuándo pasará Dolores por la consulta a que le revise su tardía ortodoncia? -Preguntaba al secretario. Acuñaba una mueca de desaprobación y decía que mañana. Suspiros.
-Ays.
-No es por meterme en nada pero…
-Pues no se meta.
-Punto en boca, jefe.
-¿Y qué tenemos para hoy?
-¿No huele la naftalina?

Alguna nube rota, nada más. Un cielo que invitaba al conformismo optimista.  La cohorte de viudas esperando sus dentaduras postizas avanzaba lentamente, cada una relatándome sus propios problemas de salud y los de sus allegados, como si por llevar bata fuese un superman del reuma. Ays, Dolores.
-¿No puede hacer nada, Doctor?
-No soy médico, soy dentista.
-¿Y? –me miraba la bata.
-Sería intrusismo laboral. Me metería en un lío.
-No me sea usted como el cura. Deje de decir cosas raras.
-¡Pero…!
-Claro, claro.
De claridad nada. Parecían no haberme oído y seguían con la perorata.
La sexta viuda se negó a pagarme el postizo.
-No se lo voy a pagar –me dijo.
Opté por escuchar. Las excusas siempre son interesantes.
-No merece la pena que le pague nada. A usté le sobra y lo que me ahorro me viene bien para disfrutar de lo que queda. Me voy a comer tres lechazos enteros. Sola.
Yo atónito, claro.
-Que sí. No me mire con cara de muerto, que no tengo nada contra usté, que ya sabe que lo aprecio mucho por su trabajo y dedicación, pero ya no me merece la pena pagar ná. Pero, ¿No se ha enterao?
-La verdad es que no.
-Lo dijo el cura el domingo. Y es verdad que los obispos están revueltos y de viajes y más viajes, que mi sobrino trabaja en el aeropuerto y ha visto mucho movimiento de santurrones últimamente.
-¿Puede concretar?
-¡Se nos acaba el mundo, don dientes! Va venir un segundo diluvio y nos va ahogar a todos.
-Si ya no llueve –me reí.
-No, diluvio, no. Que una está tonta con la edad. Inundación. El agua va a venir desde abajo y no va dejar ná con vida, se lo va a tragar todo desde abajo. El cura está muy preocupado. Y las demás se ríen, sí se ríen como usté, jajá, pero yo sé que de miedo. No usté no; usté se ríe porque es un incrédulo, pobrecillo. ¿Lo conoce usté al señor cura?
-Ah, sí. De vista.
-Pues eso. Que no le voy a pagar.
Y se marchó.

Quedé sentado, reflexivo. Hice pasar a las demás y no toleré más charla absurda. Alguna me llamó arisco, con ese desparpajo de la tercera edad. Fui desagradable. Luego lo lamenté sin demasiada convicción. Qué pensaría Dolores de mí. He podido espantar a su madre. Pero Dolores y yo no necesitábamos de la familia. Huiríamos de todo y de todos y nos dedicaríamos por completo el uno al otro. Imaginé situaciones, unas más sugerentes que otras, pero todas necesarias. Al terminar mi reflexión el secretario ya había desaparecido.  Me supe pueril y opté por marchar.
 
En la esquina donde se construía un edificio nuevo, un grupo de obreros se congregaba en torno a un charco. Alguien me seguía. Yo andaba feliz, pensando que era Dolores de nuevo, y el gesto de mi rostro contrastó con el semblante preocupado de los que rodeaban el charco. Los gamberros del centro recreativo que quedaba justo en frente, habían abandonado sus asuntos y fumaban en posición de punta de flecha, mirando con atención al charco. El cabecilla no decía nada; lo demás apenas escupían de vez en cuando. En un acto improvisado, me acerqué y metí un dedo en el agua, para luego chupármelo. Algún obrero me miró.
-Señores –les dije- ¿a cuanto queda el mar de esta ciudad?
-Unos cuatrocientos kilómetros, -respondió el más renegrido de ellos.
-Es un disparate –dije, y seguí andando.
Fuera quien fuese el o la que me seguía, desapareció. Pensé rápidamente dónde podían mis hijos aprender a nadar. Un curso intensivo. Antes de llegar al portal, me giré varias veces y pude comprobar como el charco crecía ostensiblemente. También pensé en Dolores y eso me ayudó a mantener la cordura. Dolores, Dolores, debemos darnos prisa,  predije. El mar se nos echa encima. O debajo.

 En la cama mi mujer me dijo:
-Cariño, ¿Te has fijado en el charco de la esquina?
-Sí, claro. Alguna fuga importante. Puede que mañana nos corten el agua a todos. Se les habrá ido la mano con el pico.
-No sé. Es raro. Además, se habla por ahí de…
-¿De qué?
-Nada. Habladurías.
-No hagas caso de todas las bobadas que circulan por ahí.
-Cariño –se puso seria-, si las cosas se ponen feas, agarramos el landrover y nos presentamos los cinco en casa de mi madre. Está a más altitud ¿No?
–  Sí, claro.
Pensé:
“Si la cosa se pone fea os vais los cuatro con tu madre a la estratosfera. Yo me quedo aquí, salvando a Dolores.”
Y luego:
“Si la cosa se pone fea y el agua nos llega a los talones de este quinto piso-bohardilla te ahogo con mis propias manos para ahorrarte la incertidumbre.”
Y:
“¡Por Dios!”
-Sabes -me dijo- hoy una anciana ha atracado una carnicería. Cómo está el patio.
Me dormí horrorizado.
No pude evitar sueños en los que unos cuerpos, que portaban cabezas de globos de helio, (hinchadas, redondas y neumáticas como la cara de Dolores) se acercaban hacia a mí y explosionaban. Todas eran grotescas versiones de Dolores y también lo era ninguna.

Desperté a la mañana siguiente de un desconcertante buen humor y miré por la ventana. Acto seguido decidí embutirme en las botas de vadear, que guardaba junto a un, proclive por falta de uso, equipo de pescador. Eran de neopreno, muy eficaces. Ninguneé el “dónde vas” atemorizado de mi esposa, me lancé a la calle. Allí se oían cada vez más voces de “ya lo decía don fulanito y…” y chapoteos de un agua que llegaba por las rodillas y hacía penosa la marcha.
 Pero yo tenía cita con  Dolores.
Dolores se personó en la consulta con su novio, contrariados los dos por el volumen hídrico. La consulta, un bajo, estaba inundada, pero no cejé. Fui irresponsable pues estaba enamorado, e hice esperar al novio en la sala de estar. Se mojó el culo al sentarse.

Dolores, pasa. Dolores, abre la boca. Y se hacía un agujero sonrosado dentro de la libidinosa redondez de su cara. Dolores, paciencia. Dolores, ahora voy a ajustarte la ortodoncia. Dolores: un sí, un parpadeo. Dolores: un no, dos parpadeos consecutivos.
-Dolores ¿Eres feliz?
Un parpadeo.
-No, no, pero no esa clase de felicidad. No la que tienes ahora. ¿Tú has visto como están las cosas?
Un parpadeo.
-Es momento de tomar decisiones –el nivel del agua subió de repente y me rozó los testículos. Lo pude notar a través del neopreno.
Un parpadeo.
-Dolores; huye conmigo.
Abrió mucho los ojos. Tanto que pensé que un ojo se le acabaría por salir y flotaría cual veleta de pescador en el inmenso charco en el que nos estábamos ahogando. Junto con mis botas, no era mal conjunto. Por suerte eso no pasó, pero tampoco contestó a mi proposición. No di pie a la decepción, aún era pronto.
Nos despedimos en la sala de espera mientras nos veíamos con el agua al cuello y el novio se interesaba por algún detalle de la intervención odontológica. Contesté sin perder la calma. Ella se ocultaba tras sus hombros, indecisa.
Resolví volver a casa nadando. Los macarras del recreativo continuaban en posición punta de flecha, impasibles, fumando su último cigarrillo, mirando hacia el origen del charco. Por enésima vez alguien me seguía. Los obreros habían abandonado el edificio, supongo que con cierto sentimiento de culpabilidad. La actitud de lo macarras me impresionó: ya no prestaban toda su atención a sus propias motos, a esas alturas inutilizadas. Simplemente una colección de cabezas engominadas al cenicero, miraba hacia un punto indeterminado. Di un par de brazadas y  las olas que produje apagaron varios cigarros. Temí represalias. Ni se movieron. Icebergs.

Debía esperar, me dije, debes esperar tras la esquina y desenmascarar todo esto. Dolores es tímida, cortadilla, y no ha sabido que responder antes. Si no la sorprendes ahora, la perderás para siempre. La pobre no deja de seguirte.
Me aposté tras la esquina, esperando al amor. Pude fantasear varias opciones durante la breve espera, cada una de ellas verdaderamente futurible.
-¡Ah! Se asuntó al verme de sopetón.
Pero el amor me fue esquivo. Hasta en el Apocalipsis. Era un hombre con gafas. Su rostro me resultaba familiar.
-Usted no me conoce –me dijo-, vengo a decirle algo importante.
-Sí que le conozco. Es el cura de la parroquia.
Hablábamos flotando. Los contenedores también flotaban y la mierda se desparramaba a nuestro alrededor. Dolores no estaba, ni estaría nunca.
-Qué quiere –le interrogué.
-Tengo algo que decirle.
-Usted predijo esto ¿No? y cómo lo…
-¡Serás el único!
-¿Cómo?
-Perdone, la emoción. Será el único que sobreviva.
– A qué se refiere.
-Me lo dijo Dios.
-Está loco ¿Por qué yo?
-Sólo Él –señalando al cielo y hundiéndose- lo sabe.
Dios tenía derecho a ser original.
-Prepare una balsa con lo que encuentre por casa, y provéase de conservas para un par de días. Será duro.
-Está loco. ¿Y Eva? Habrá que repoblar ¿No?
-Eso no lo sé.
Y se hundió con una sonrisa en los labios.

Entré en el edificio por la ventana del primer piso. En el recibidor había una nota de mi mujer, avisando de que me había cogido el coche, que estaban con su madre. Destrocé varios armarios y pergeñé una suerte de balsa. Asalté la despensa despiadadamente. Subí al tejado con todo el equipo y me tumbé sobre la balsa, a esperar las aguas. Comencé un padre nuestro, pero al santificar su nombre me di cuenta de que poco tenía que ver él con todo lo que estaba sucediendo. Que no habría Eva. El mundo se había caído en un vaso de agua y un cura se había equivocado de profesión.

Al cabo de unas horas, zarpé.

Una noche soñé con mis hijos:
-Papá -me preguntaban los tres al unísono- ¿Cuál es la mejor forma de flotar?
-Haciéndose el muerto –respondía yo.
Desperté con hambre y triste. Comí una fabada fría.
 No me atreví a mirar por la borda en ningún momento. A veces oía algún golpe blando e imaginaba a Dolores o a mi mujer y a mis hijos, por este orden, flotando, con el rostro hinchado, a punto de estallar.
Gemí sin eco.

El quinto día, desesperado, me tiré al agua. Hice pie y maldije mi suerte.
Las aguas se estaban retirando.
Lo hicieron rápidamente y cuando sólo quedaron vestigios de humedad, pura anécdota, pude observar un campo de cadáveres hinchados como globos de helio.
Lloré y lloré y lloré.
Más tarde me dediqué a besar los rechonchos ahogados que me recordaban al redondo rostro de Dolores.